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jueves, 21 de marzo de 2013

Cardenal Bergoglio: Despojarse de todo lo que haga lenta y pesada evangelización

 

BUENOS AIRES, 24 Ago. 08 / 11:15 pm (ACI).- El Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio, aseguró que para que la nueva evangelización sea fructífera "tenemos, que habituarnos al infatigable esfuerzo del discernimiento comunitario que nos ayude a despojarnos de todo aquello que haga lento, viejo y pesado nuestro ser discípulos misioneros".
"Necesitamos de la experiencia fundante de una fe sencilla, que se hace vida y cultura", destacó el Purpurado en una reciente Eucaristía por el día del catequista.
En ese sentido, recordó la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida y señaló que todos "fuimos conducidos al ‘Santuario’ para que la experiencia de la fe de nuestro pueblo fortaleciera nuestras rodillas vacilantes, para que la crisis de nuestras respuestas y recetas ayudasen a forjar el auténtico discípulo que, conciente de no tener las respuestas, se acerca con mirada humilde al único Maestro y escucha con atención sus palabras".
Tras agradecer a Dios por "la entrega de sus vidas y por el don de este ministerio eclesial" (de la catequesis), el Cardenal Bergoglio hizo referencia a un documento que escribió hace un tiempo donde da algunas "pistas a tener en cuenta para asumir nuevas actitudes y formas de evangelización" como el vivir "la pasión por el Reino como centro de la vida y acción eclesial", pues la Iglesia "evangeliza y es evangelizada constantemente desde el anuncio del Kerigma".
También precisaba que esto solo se "sostiene por la Palabra y apunta al encuentro con Jesús que lleva al cambio personal y a la creación de certezas profundas que iluminan tanto la vida personal como social".
El Purpurado finalizó su homilía rogando a San Pablo que "nos ayude a no achicarnos para que podamos hacerle frente a esta encrucijada de la historia con la misma audacia y fervor misionero de aquél que anunció el evangelio como necesidad imperiosa, no para gloria suya, sino como fruto de una misión que se le había confiado".

Sobre la resolución para abortos no punibles

Autor: Card. Jorge Mario Bergoglio | Fuente: AICA
Comunicado del Card. Bergoglio sobre la resolución para abortos no punibles
Mensaje en el marco de la aprobación del protocolo para la actuación de profesionales del subsector estatal de la salud de la ciudad de Buenos Aires ante los casos de abortos no punibles (ANP) previstos en el artículo 86 incisos 1 y 2 del Código Penal

Comunicado del Card. Bergoglio sobre la resolución para abortos no punibles
Comunicado del Card. Bergoglio sobre la resolución para abortos no punibles
El arzobispo de Buenos aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, dio a conocer hoy un mensaje en el marco de la aprobación del protocolo para la actuación de profesionales del subsector estatal de la salud de la ciudad de Buenos Aires ante los casos de abortos no punibles (ANP) previstos en el artículo 86 incisos 1 y 2 del Código Penal.

El comunicado dice lo siguiente:

Ante la reglamentación del procedimiento sobre los casos de abortos no punibles (ANP) en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, percibimos una vez mas que se avanza deliberadamente en limitar y eliminar el valor supremo de la vida e ignorar los derechos de los niños por nacer. Al hablar de una madre embarazada hablamos de dos vidas; ambas deben ser preservadas y respetadas pues la vida es de un valor absoluto.

“La biología manifiesta de modo contundente a través del ADN, con la secuenciación del genoma humano, que desde el momento de la concepción existe una nueva vida humana que ha de ser tutelada jurídicamente. El derecho a la vida es el derecho humano fundamental.” (CEA. “No una vida sino dos”. 2011).

El aborto nunca es una solución. Debemos escuchar, acompañar y comprender desde nuestro lugar a fin de salvar las dos vidas: respetar al ser humano más pequeño e indefenso, adoptar medidas que pueden preservar su vida, permitir su nacimiento y luego ser creativos en la búsqueda de caminos que lo lleven a su pleno desarrollo.

Esta decisión que amplía la despenalización del aborto cediendo a la presión del fallo de la Corte Suprema de la Nación, la cual excediendo sus competencias exhortó a aprobar protocolos, afectando de esta manera la división de poderes y vulnerando el federalismo, tiene consecuencias jurídicas, culturales y éticas porque las leyes configuran la cultura de los pueblos y una legislación que no protege la vida favorece una “cultura de la muerte” (Evangelium vitae, n° 21).

Ante esta lamentable decisión hacemos un llamado a todas las partes involucradas, a los fieles y ciudadanos para que, en un clima de máximo respeto, adoptemos medidas positivas de promoción y protección de la madre y su niño en todos los casos, a favor siempre del derecho a la vida humana.
Que así sea.

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Luján, 7 de octubre de 2012

miércoles, 20 de marzo de 2013

Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires al inicio de la Cuaresma 2013

Cuaresma 2013

A los sacerdotes, consagrados y laicos de la Arquidiócesis.
Rasguen su corazón y no sus vestidos; vuelvan ahora al Señor su Dios, porque Él es compasivo y clemente, lento para la ira, rico en misericordia...

Poco a poco nos acostumbramos a oír y a ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de la sociedad contemporánea, presentada casi con un perverso regocijo, y también nos acostumbramos a tocarla y a sentirla a nuestro alrededor y en nuestra propia carne. El drama está en la calle, en el barrio, en nuestra casa y, por qué no, en nuestro corazón. Convivimos con la violencia que mata, que destruye familias, aviva guerras y conflictos en tantos países del mundo. Convivimos con la envidia, el odio, la calumnia, la mundanidad en nuestro corazón. El sufrimiento de inocentes y pacíficos no deja de abofetearnos; el desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos más frágiles no nos son tan lejanos; el imperio del dinero con sus demoníacos efectos como la droga, la corrupción, la trata de personas - incluso de niños - junto con la miseria material y moral son moneda corriente. La destrucción del trabajo digno, las emigraciones dolorosas y la falta de futuro se unen también a esta sinfonía. Nuestros errores y pecados como Iglesia tampoco quedan fuera de este gran panorama. Los egoísmos más personales justificados, y no por ello más pequeños, la falta de valores éticos dentro de una sociedad que hace metástasis en las familias, en la convivencia de los barrios, pueblos y ciudades, nos hablan de nuestra limitación, de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad para poder transformar esta lista innumerable de realidades destructoras.

La trampa de la impotencia nos lleva a pensar: ¿Tiene sentido tratar de cambiar todo esto? ¿Podemos hacer algo frente a esta situación? ¿Vale la pena intentarlo si el mundo sigue su danza carnavalesca disfrazando todo por un rato? Sin embargo, cuando se cae la máscara, aparece la verdad y, aunque para muchos suene anacrónico decirlo, vuelve a aparecer el pecado, que hiere nuestra carne con toda su fuerza destructora torciendo los destinos del mundo y de la historia.

La Cuaresma se nos presenta como grito de verdad y de esperanza cierta que nos viene a responder que sí, que es posible no maquillarnos y dibujar sonrisas de plástico como si nada pasara. Sí, es posible que todo sea nuevo y distinto porque Dios sigue siendo "rico en bondad y misericordia, siempre dispuesto a perdonar" y nos anima a empezar una y otra vez. Hoy nuevamente somos invitados a emprender un camino pascual hacia la Vida, camino que incluye la cruz y la renuncia; que será incómodo pero no estéril. Somos invitados a reconocer que algo no va bien en nosotros mismos, en la sociedad o en la Iglesia, a cambiar a dar un viraje, a convertirnos.

En este día, son fuertes y desafiantes las palabras del profeta Joel: Rasguen el corazón, no los vestidos: conviértanse al Señor su Dios. Son una invitación a todo pueblo, nadie está excluido.

Rasguen el corazón y no los vestidos de una penitencia artificial sin garantías de futuro.

Rasguen el corazón y no los vestidos de un ayuno formal y de cumplimiento que nos sigue manteniendo satisfechos.

Rasguen el corazón y no los vestidos de una oración superficial y egoísta que no llega a las entrañas de la propia vida para dejarla tocar por Dios.

Rasguen los corazones para decir con el salmista: "hemos pecado". "La herida del alma es el pecado: ¡Oh pobre herido, reconoce a tu Médico! Muéstrale las llagas de tus culpas. Y puesto que a Él no se le esconden nuestros secretos pensamientos, hazle sentir el gemido de tu corazón. Muévele a compasión con tus lágrimas, con tu insistencia, ¡importúnale! Que oiga tus suspiros, que tu dolor llegue hasta Él de modo que, al fin, pueda decirte: El Señor ha perdonado tu pecado". (San Gregorio Magno)


 Ésta es la realidad de nuestra condición humana. Ésta es la verdad que puede acercarnos a la auténtica reconciliación... con Dios y con los hombres. No se trata de desacreditar la autoestima sino de penetrar en lo más hondo de nuestro corazón y hacernos cargo del misterio del sufrimiento y el dolor que nos ata desde hace siglos, miles de años... desde siempre.

Rasguen los corazones para que por esa hendidura podamos mirarnos de verdad.

Rasguen los corazones, abran sus corazones, porque sólo en un corazón rasgado y abierto puede entrar el amor misericordioso del Padre que nos ama y nos sana.

Rasguen los corazones dice el profeta, y Pablo nos pide casi de rodillas "déjense reconciliar con Dios". Cambiar el modo de vivir es el signo y fruto de este corazón desgarrado y reconciliado por un amor que nos sobrepasa.

Ésta es la invitación, frente a tantas heridas que nos dañan y que nos pueden llevar a la tentación de endurecernos: Rasguen los corazones para experimentar en la oración silenciosa y serena la suavidad de la ternura de Dios.

Rasguen los corazones para sentir ese eco de tantas vidas desgarradas y que la indiferencia no nos deje inertes.

Rasguen los corazones para poder amar con el amor con que somos amados, consolar con el consuelo que somos consolados y compartir lo que hemos recibido.

Este tiempo litúrgico que inicia hoy la Iglesia no es sólo para nosotros, sino también para la transformación de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia, de nuestra Patria, del mundo entero. Son cuarenta días para que nos convirtamos hacia la santidad misma de Dios; nos convirtamos en colaboradores que recibimos la gracia y la posibilidad de reconstruir la vida humana para que todo hombre experimente la salvación que Cristo nos ganó con su muerte y resurrección.

Junto a la oración y a la penitencia, como signo de nuestra fe en la fuerza de la Pascua que todo lo transforma, también nos disponemos a iniciar igual que otros años nuestro "Gesto cuaresmal solidario". Como Iglesia en Buenos Aires que marcha hacia la Pascua y que cree que el Reino de Dios es posible necesitamos que, de nuestros corazones desgarrados por el deseo de conversión y por el amor, brote la gracia y el gesto eficaz que alivie el dolor de tantos hermanos que caminan junto a nosotros. «Ningún acto de virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande». (San Juan Crisóstomo)

Este año de la fe que transitamos es también la oportunidad que Dios nos regala para crecer y madurar en el encuentro con el Señor que se hace visible en el rostro sufriente de tantos chicos sin futuro, en la manos temblorosas de los ancianos olvidados y en las rodillas vacilantes de tantas familias que siguen poniéndole el pecho a la vida sin encontrar quien los sostenga.

Les deseo una santa Cuaresma, penitencial y fecunda Cuaresma y, por favor, les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.

Paternalmente

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires

“Madre enséñanos a trabajar por la Justicia”

Autor: AICA | Fuente: AICA
 
Para ser personas justas hay que mirar la vida desde Dios, es mirar la vida con Dios, que es El justo, el gran Justo.
“Madre enséñanos a trabajar por la Justicia”
  






Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, con motivo de la 38ª Peregrinación Juvenil a Luján.

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo:
«Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. (San Juan 19, 25-27)

Hoy terminamos esta peregrinación a la Casa de la Virgen y como hacemos en cada visita, nos quedamos en silencio ante su Imagen. La tenemos cerca, nos recibe en la entrada de su Casa este año, ésta Casa que están terminando de poner linda. Por eso estamos tan agradecidos a todos aquellos que han puesto su esfuerzo para esto. Pero lo más importante es que tenemos esta necesidad de rezar y contarle a nuestra Madre todo lo que compartimos en nuestra vida, y lo que compartimos con tantos peregrinos en el camino. Ahora, al escuchar el Evangelio que nos cuenta ese momento sagrado en el que Jesús nos deja a su Madre para que nos proteja, miramos la cruz y nos aferramos a su compañía, la compañía de la Virgen y la de Jesús. Nuestros caminos están protegidos por ellos dos. Nuestra fe está en ellos, nuestra fe está aquí, esta es la Casa de la fe de nuestra Patria! Por eso ahora rezamos y sentimos como late nuestro corazón porque estamos en la Casa de nuestra Madre, en la Casa de la fe de nuestra Patria.


Y hoy, en la Casa de nuestra Madre le venimos a hacer un pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia. ¿Saben ustedes a quién se le ocurrió hacer este pedido? A ustedes mismos. Sí, porque en las oraciones que escriben cuando visitan Luján fue apareciendo esta oración que hoy es el lema: “Madre, enseñanos a trabajar por la justicia”. Es un lema que late en el corazón de los peregrinos de la Virgen y que se ha hecho oración. Peregrinos que somos los hijos de esta querida patria nuestra. Luján es la Casa de todos los hijos de la Virgen y por eso estamos haciéndole este pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia, y que nos enseñe a trabajar por ser personas justas en la vida.Posiblemente este pedido, hecho aquí en Luján, haya surgido del corazón de tantos peregrinos después de haber sido recibidos y escuchados. Porque aquí en Luján, a cada peregrino se lo recibe y se lo escucha. Y ser recibidos y escuchados es un gran acto de justicia; y gracias a esto estamos en paz, rezando y nos brotan cosas muy sinceras en el corazón, en la oración con la Virgen. Y por eso surge esta necesidad de ser más hermanos, ocuparnos más y mejor unos de otros. Esto ya es ser justos. Aquí en Luján aprendemos a ser personas justas, porque con el corazón sereno y perdonado, nos llenamos del amor de Dios, por eso la mirada es mucho más profunda. Es mirar la vida desde Dios, es mirar la vida con Dios, que es El justo, el gran Justo.


Cuánto bien nos hace venir a Luján para aprender a ser buenos hijos, buenos hermanos, que se ocupan por el bien de los otros. Por eso aquí hacemos este pedido para todos nosotros, para toda nuestra Patria. Es el mejor lugar para hacerlo. Que aprendamos todos a trabajar por la justicia y para esto, que siempre tengamos el corazón abierto, el corazón grande que nos anime a hacer este pedido.

Que a nadie le falte esa actitud del corazón, la de tener que aprender cada día a ser más justos en la
vida. Que se nos enseñe dónde habrá que poner una mirada más abierta y disponible, menos egoísta o interesada, que se nos enseñe a que no hagamos la nuestra, a que no se diga de cada uno de nosotros: “Este hace la suya”, sino hacer una mirada, una gran mirada que nos haga hermanos, que nos preocupemos siempre por los demás.


.¿Y cómo puede ayudar la Virgen a trabajar por la justicia? Lo vamos a pensar juntos durante esta Misa y mirándola a Ella, en la puerta de la Basílica o mirando la Basílica. Ustedes vinieron en peregrinación ofreciendo sus vidas por los otros, rezando por tantas necesidades, las de ustedes o esas que les pidieron que “trajeran” en el corazón hasta aquí los amigos, los vecinos, los familiares… Ya que vas a Lujan, llevá una intención mía, pedile a la Virgen por esto… Al llegar al Santuario vivimos esto tan lindo de ser recibidos, y esto es lo que nos llena el corazón, nos da esperanza y así es como podemos continuar la vida: con la bendición de Jesús y de su Madre.


Y de esta manera, con Jesús y con su Madre, es como podemos trabajar por la justicia. Porque cuando nos reconocemos hijos y hermanos, es cuando en nuestro corazón nace esa actitud generosa por la vida y es cuando buscamos lo mejor y más grande para los otros. Jesús en la Cruz nos entrega su vida y le pide a la Virgen que nos cuide. Jesús llegó a la Cruz para que ese gesto fuera reconciliador, hablara de justicia a todos. ¡El nos hizo justos, El nos justificó con su vida, con su muerte y su resurrección…! ¡Y si hoy podemos tener la frente alta, la frente de ser bautizados, la frente de decir “somos hijos de Dios” es porque El nos justificó, El nos hizo justos, El no se miró así mismo sino que nos miró a nosotros!. Hagamos lo mismo: miremos a los demás y ayudémonos a crecer por la justicia.


A la Virgen le pedimos fuerza para trabajar por la justicia. Le pedimos serenidad cuando haya dificultades. Le pedimos que seamos hermanos para poder compartir el camino. Y le pedimos a ella, que es Madre, que no nos falte el silencio de la oración: no vamos a poder ser justos si no lo rezamos, que no vamos a poder ser justos si no lo pedimos. Por eso le pedimos que no nos falte el silencio de la oración y las ganas de peregrinar para ofrecer la vida por los otros. Que ella nos conceda ésta gracia.


Que así sea.


Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Luján, 7 de octubre de 2012



martes, 19 de marzo de 2013

Semana Santa 2013. Pascua es Cristo vivo


Autor: S.S. | Fuente: http://www.aica.org/

 
 
Carta pastoral del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, con ocasión de la próxima Semana Santa (25 de febrero de 2013)
  
A los párrocos y responsables de comunidades educativas:
Hace años que todos trabajamos por lograr que la iglesia esté en la calle tratando que se manifieste más la presencia de Jesús vivo. Es el esfuerzo de vivir aquello que rezamos tantas veces en la Misa “que todos los miembros de la Iglesia sepamos discernir los signos de los tiempos y crezcamos en la fidelidad al Evangelio; que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación” (1) En mayor o menor medida muchas comunidades aceptaron ese desafío. Aparecida confirmó el camino y nos mostró que, para que no sea un chispazo, necesitábamos una conversión pastoral. La necesitamos continuamente porque muchas veces tenemos la tentación de volver a las cebollitas de Egipto. Todos sabemos que la realidad de nuestras parroquias resulta acotada en relación a la cantidad de personas que hay y a las que no llegamos. La Iglesia que nos llama constantemente a una nueva evangelización nos pide poner gestos concretos que manifiesten la unción que hemos recibido. La permanencia en la unción se define en el caminar y en el hacer. Un hacer que no sólo son hechos sino un estilo que busca y desea poder participar del estilo de Jesús. El “hacerse todo a todos para ganar a algunos para Cristo” va por este lado. (2)


Salir, compartir y anunciar, sin lugar a dudas, exigen una ascesis de renuncia que es parte de la conversión pastoral. El miedo o el cansancio nos pueden jugar una mala pasada llevándonos a que nos quedemos con lo ya conocido que no ofrece dificultades, nos da una escenografía parcial de la realidad y nos deja tranquilos. Otras veces podemos caer en el encierro perfeccionista que nos aísla de los otros con excusas tales como: “Tengo mucho trabajo”, “no tengo gente”, “si hacemos esto o aquello ¿quién hace las cosas de la parroquia?”, etc.

Igual que en el año 2000 quisiera decirles: [/c]Los tiempos nos urgen. No tenemos derecho a quedarnos acariciándonos el alma. A quedarnos encerrados en nuestra cosita... chiquitita. No tenemos derecho a estar tranquilos y a querernos a nosotros mismos…Tenemos que salir a hablarle a esta gente de la ciudad a quien vimos en los balcones. Tenemos que salir de nuestra cáscara y decirles que Jesús vive, y que Jesús vive para él, para ella, y decírselo con alegría... aunque uno a veces parezca un poco loco.
Cuántos viejitos están con la vida aburrida, que no les alcanza, a veces, el dinero ni para comprar remedios. A cuántos nenes les están metiendo en la cabeza ideas que nosotros recogemos como gran novedad, cuando hace diez años las tiraron a la basura en Europa y en los Estados Unidos, y nosotros se las damos como gran progreso educativo.

Cuántos jóvenes pasan sus vidas aturdiéndose desde las drogas y el ruido, porque no tienen un sentido, porque nadie les contó que había algo grande. Cuántos nostálgicos, también los hay en nuestra ciudad, que necesitan un mostrador de estaño para ir saboreando grapa tras grapa y así ir olvidando.

Cuánta gente buena pero vanidosa que vive de la apariencia, y corre el peligro de caer en la soberbia y en el orgullo.
¿Y nosotros nos vamos a quedar en casa? ¿Nos vamos a quedar en la parroquia, encerrados? ¿Nos vamos a quedar en el chimenterío parroquial, o del colegio, en las internas eclesiales? ¡Cuando toda esta gente nos está esperando! ¡La gente de nuestra ciudad! Una ciudad que tiene reservas religiosas, que tiene reservas culturales, una ciudad preciosa, hermosa, pero que está muy tentada por Satanás. No podemos quedarnos nosotros solos, no podemos quedarnos aislados en la parroquia y en el colegio. [/c] (3)
La Semana Santa se nos presenta como una nueva oportunidad para desinstalar un modelo cerrado de experiencia evangelizadora que se reduce a “más de lo mismo” para instalar la Iglesia que es de “puertas abiertas” no porque sólo las abre para recibir sino que las tiene abiertas para salir y celebrar, ayudando a aquellos que no se acercan.


Con estos pensamientos miro la próxima celebración de Ramos, es la fiesta del andar de Jesús en medio de su pueblo siendo bendición para todos los que se encontraban a su paso. Les ruego que no privaticemos la fiesta que es para todos y no para algunos. La Arquidiócesis ha hecho la opción de celebrarla. misioneramente el sábado por la tarde desde las columnas y puestos misioneros en las distintas Vicarías. Sin embargo la adhesión es todavía muy pobre. Por eso les pido a los Párrocos y a los responsables de los Colegios que convoquen y movilicen sus comunidades para ese momento fuerte de fe y anuncio con la certeza de que la vida de nuestros fieles se renueva cuando experimentan la belleza y alegría de acercarse a los hermanos para compartir la fe: "es imposible que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia". (4)
Les agradezco desde ya todo lo que hagan en este sentido.
Con paternal afecto

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
25 de febrero de 2013.

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(1) P. E. V c
(2) Misa Crismal 2012
(3) EAC 2000
(4) Evangelii nuntiandi 24

 

viernes, 1 de marzo de 2013

pasión de Cristo

Actualizado 1 marzo 2013
Una sensacional fotografía de la pasión de Cristo




‘Si no lo veo, no lo creo…’

El refrán es bastante frecuente, o como admiración ante un hecho difícil de explicar, o como una postura de escepticismo ante cualquier cosa que va ‘contra corriente’. Muchas veces el antagonismo que se presenta entre fe y razón, o entre razón y fe, puede parecer que es una postura explicable; pero Dios es el ‘autor’ de la fe y de la ciencia, no puede haber contradicción entre ambas. Benedicto XVI ha dado claro empuje a esta idea.

Lozano Garrido en este artículo, escrito ya en 1955, plantea esa no contradicción entre fe y razón. El tema concreto de la sábana santa ha sido con posterioridad a esa fecha más y más estudiado. Pero la presentación del tema que hace Lozano Garrido y el modo de exponerlo con sencillez y a la vez con rigor, es una buena prueba de sus conocimientos y de ese subyacer de la ‘concordia’ entre la fe y la ciencia.

Una sensacional fotografía
de la pasión de Cristo 1

Así consideran la ciencia  y

la tradición al Santo Sudario de Turín

Manuel Lozano Garrido

Semanario Signo nº 795; 9 abril 1955


Dice San Lucas, y confirman los otros dos evangelistas sinópticos que “José de Arimatea, comprada una sábana (sindon), bajó a Jesús de la Cruz, lo envolvió en la sábana y le puso en un sepulcro abierto en una peña”. (Mac. 15,46)
Después de la memorable mañana de Resurrección, sobre el Santo Sudario pesa un silencio de doce siglos de difícil documentación. No obstante, la creencia de entonces estaba acorde en su existencia y autenticidad. En 1206 aparece ya claramente en el saqueo de Bizancio, de donde es salvada por Othon de la Roche. Esta vicisitud no es sino una de las múltiples a que se había de ver sometida. Su huella vuelve a asomar y perderse de nuevo en Besaçon. Luego sufre un nuevo extravío. En 1360 está en Troyes, y después, en San Hipólito, Chimay, la abadía de Lirey y Chambery, donde descansó. Precisamente es aquí donde atraviesa su mayor peligro de destrucción: un incendio que llegó a afectarle parcialmente y que las monjas que la custodiaban repararon con más voluntad que acierto. Finalmente, la casa de Saboya, propietaria del Sudario, lo llevó a Turín, donde descansa, y sólo cada treinta años es sacado a la veneración pública, circunstancia que se utiliza para las peregrinaciones y la experimentación de los estudiosos.

LA SÁBANA

Examinado someramente el lienzo, se ve que es una tira de finísimo lino amarillento, ligeramente uniforme, de 1,10 metros de ancho por 4,36 de longitud.
Dividiendo el paño idealmente en dos trozos, aparecen en su superficie sendas figuras de un cuerpo humano de patente perfección anatómica, estampadas por su parte anterior y posterior respectivamente, y colocadas en opuestas direcciones, o sea, próximas las imágenes de la cabeza y a la mayor distancia las de los pies. Esta orientación se aclara si tenemos en cuenta el modo de amortajar de los judíos. En efecto, ellos solían utilizar un lienzo estrecho, pero de doble longitud a la de una persona, y en una de sus mitades colocaban el cuerpo en decúbito supino, con los pies hacia el extremo y la cabeza al centro. Después, plegaban la tela por encima del cráneo y cubrían el resto del organismo por su parte anterior. Así se explican las dos direcciones y las imágenes distintas.
Aparentemente, la impresión es algo confusa, y en ella figuran manchas de dos tonalidades: las unas, que dan el contorno, más abundantes y uniformes, de un claro color sepia; las otras, más localizadas, de un tono malvarrosa o carmín malva, según Vignón, corresponden a la sangre.
El cuerpo tiene sobre el pubis las dos manos superpuestas y presenta señales de haber sido sometido a una intensa flagelación previa, así como a otros tormentos, tales como la de ceñirle cráneo y frente con un casco de púas agudísimas, la clásica crucifixión romana de pies y manos y una amplía hendidura en su costado superior derecho.
Todas estas circunstancias, de tan portentosas coincidencias con el drama del Calvario, unidas al asentimiento de la tradición, movieron a los fieles a identificar el sudario turinés con aquella otra síndone que citan los evangelistas en el relato de la trágica tarde del Viernes Santo. El año 1898 vino pronto a dar espaldarazo al presentimiento popular.

PRIMERA FOTO

Cuando en 1898 se celebró en Turín una Exposición de arte sa grado, la primavera quemaba en las piedras de la catedral la opulenta teoría de los oros latinos. Coincidiendo con la manifestación sacra se cumplía también el plazo marcado para la veneración de la Sábana Santa, y las gentes acudieron en esta ocasión con una nueva curiosidad.
Por primera vez coincidía la Exposición con el desarrollo de un reciente invento -la fotografía-, cuyas posibilidades de difusión se quería utilizar para la Sábana Santa.
Para alcanzar la altura del Sudario fue preciso utilizar un montaje especial, y por la tonalidad amarillenta del lienzo, que dificultaba una imagen nítida, hubo que utilizar también ciertas precauciones técnicas. Al fin, un fotógrafo especial tiró la primera placa, que hubo de repetir por la duda de su impresión. Todas estas operaciones se llevaron a cabo en medio de una gran emoción.
Sin embargo, la mayor sensación no se produjo en el templo, sino después, en el laboratorio de revelado.
Conocido es el proceso que en él se sigue para la obtención de la imagen. Bañada la placa original en una solución de carbonato, bromuro y otros compuestos se logra una figura opuesta, en la que lo que era blanco o negro en un principio aparece invertido. Esta transformación inicial acaba en lo que comúnmente llamamos “clisé” o estampa negativa, de la que después se extrae la imagen última. Pues bien; una vez desecado, al examinar el negativo del sudario se vió con sorpresa que lo revelado no era sino una clara y asombrosa imagen “directa” del divino Cristo crucificado, y en ella aparecían todas la huellas materiales consecuentes al suplicio del Gólgota. La lámina era tan impresionante que no daba lugar a dudas. Por otra parte, el resultado idéntico de otras placas solventaba todo conato de polémica. Las preguntas surgieron incontenibles: ¿Qué explicación se podía dar al fenómeno? ¿A qué obedecía la impresión negativa del lienzo?

LA CIENCIA ACLARA

Fue aquí donde por segunda vez tendió su mano la técnica. Su razonamiento era muy sencillo. Consecuencia de los tormentos, durante la Pasión se produjo en Jesucristo un proceso febril de copiosa sudoración, en la que naturalmente, abundaba la urea. En la fermentación posterior consiguiente, la urea desprendió sales amoniacales que, actuando sobre áloe en que se impregnaban los lienzos utilizados como sudarios, produjeron la coloración sepia que caracteriza a la Santa Sindone. La transformación, por lo tanto, no se realizaba por contacto, sino indirectamente, por la vaporización, y aquí radica la clave del fenómeno negativo.
Asimismo, como el lienzo, por la circunstancia de plegarse sobre la cabeza, estaba más próximo a la parte superior, se explica que la tonalidad sea más intensa en cráneo y tórax que, por ejemplo, en los píes, más holgados y de menos ligadura.
Lo curioso es que una permanencia fugaz del cadáver no podía matizar el lienzo y, por el contrario, cuando este contacto sobrepasaba los cuatro días, se ocasionaba una impregnación excesiva que reducía la figura a un manchón informe. Sólo en Jesucristo se dio está coyuntura. El Evangelio es bien explícito al caso: “Jesús habiendo resucitado de mañana, el primer día de la semana” (Mac. 16, 9).
Pero también el fenómeno químico dejaba de producirse si el cuerpo había sido untado o embalsamado previamente, características que no se dieron en el Redentor, que por la inminencia del sábado hubo de ser sepultado de un modo provisional, demorando la operación para el domingo, en que resucitó (Luc. 23, 56.)
Si la impresión del organismo sobre el paño se verifica, no al roce, sino por vaporización, el contacto de la tela con la sangre de las heridas, reblandecida por los vapores, dejaba una nueva mancha, ésta, sí, de estampación directa.
Existían, pues, dos fenómenos de grabación: negativo el uno (transpiración de sales amoniacales), positivo el otro (unión de sangre y tela), Cabalmente, en la reliquia sucede de las dos formas; el color sepia da la imagen negativa de Jesús; la colocación malvarrosa es la impresión positiva de la sangre. Así aparecen también en la versión fotográfica.

UN RACIONALISTA CERTIFICA

Posibles objeciones han caído por su base a la hora de verificarlas. Se habló, por ejemplo, de la posibilidad de que, fuera una pintura maestra. La hipótesis queda derogada por dos razones. Primera: Utilizada la lente, no aparecen rasgos de pinceladas y sí de manchas. Segunda: Supone un conocimiento prodigioso de la anatomía, más dificultado aún por su situación negativa. Los descubrimientos anatómicos se hicieron en el Renacimiento, y la existencia de la Síndone se remonta, cuando menos, al medievo, en que se ignoraba la especialidad.
Todas las aplicaciones que a ella se hacen de la ciencia moderna, no hacen sino sumarse a la autenticidad de la sagrada reliquia. Así, por ejemplo, la arqueología ha dictaminado que las huellas de la flagelación coinciden con las que dejaban los característicos flagelos romanos, y que el tejido del lienzo es contemporáneo al martirio de Jesús. El examen médico legal está de acuerdo en la propiedad anatómica y en que la impresión corresponde a un organismo que hubiera sido sometido a los mismos sufrimientos de Jesucristo. Sumemos la comprobación fotográfica, el examen químico y el dictado artístico y se ratificará la importancia del lienzo turinés.
Aún cabe esperar nuevas aplicaciones. Así, la radiactividad (el reloj para atrás), que puede fijar el año de procedencia; los rayos X, el espectroscopio, la luz ultravioleta. De todas formas, lo hasta ahora logrado es ya suficiente para que un científico como Ives Delage, racionalista afirme en una comunicación a la Academia de Ciencias de París: “Se trata de un retrato de hombre, y este hombre es Jesucristo”.

LA PASIÓN, EN LA SÁBANA

Es edificante hacer un recorrido de la Pasión a través del Santo Sudario.
La mayoría de los tratadistas están de acuerdo en que Cristo debería haber muerto en la flagelación: tan intenso fue el sufrimiento. Que lo superara, sólo cabe por su voluntad de padecer. Todo el cuerpo, desde el cuello hasta los pies, presenta los estigmas de un castigo sin precedentes. Por las huellas, se hace infinito el número de azotes, pues todos los desgarramientos llegan casi a unificarse en una tremenda úlcera. En cada uno de ellos se aprecian los impactos de dos huesos o bolitas de plomo en que terminaban los trozos de correas o azotes.
Las señales de la coronación demuestran también la terrible laceración de las púas, más aún cuando se ve que no se realizó como nos la presenta comúnmente la iconografía, sino como apuntan muchos exegetas, entre ellos Ricciotti, o sea en forma de casco, que afectaba a toda la superficie craneana.
Las revelaciones más interesantes son las de la crucifixión de manos y pies. En la única mano en que aparece distintamente la llaga, ya que la otra está parcialmente oculta por la superposición de la izquierda, se ve que el taladro no se hizo en las palmas de las manos, sino en su parte superior, o carpo, ya en la muñeca. Los experimentos que posteriormente se han hecho sobre cadáveres demuestran la poca consistencia de las palmas y su incapacidad para sostener todo el peso del organismo. El doctor Barbet, que ha llevado hasta sus últimas consecuencias la tarea, aporta la existencia de un hueco ideal en el carpo, el llamado espacio de Destot, que debían de conocer los verdugos. En él se hizo la perforación, respetando, a su vez, las palabras de las Escrituras: “No le quebraréis ni un hueso” (Juan, 19, 36), La situación especial de las extremidades inferiores, así como la distinta intensidad en el manchado, dan a entender que para la perforación de los pies fue utilizado un solo clavo, de acuerdo con el concepto tradicional.
La llaga del costado aparece en el lado derecho, entre la sexta costilla y el quinto espacio intercostal. El doctor Barbet experimentó que dirigiendo oblicuamente la lanzada hacía el corazón se llega a la aurícula derecha, que en los cadáveres, y Jesús lo estaba, está llena de sangre. Al mismo tiempo debe brotar con ella una serosidad que procede del pericardio y que cabalmente es el agua que vio San Juan. En el Sudario se aprecia el derrame, que se extiende por la parte atrás de la cintura.
También merece reseñarse la depresión existente sobre el epigastrio, que denuncia la rigidez de los músculos del tórax, síntoma de la probable y dolorosa muerte por asfixia que acarrea la tetania.
La idea que deja la contemplación de la fisonomía retratada es la de un cuerpo armonioso, bien musculado y de estatura más bien alta, 1,80 aproximadamente. Pero lo más impresionante es la visión del rostro, que en medio de la severidad consiguiente a un suplicio incalificable respira esa paz divina de la que Cristo dio ejemplo durante treinta y tres años; esa serenidad que prueba el cumplimiento de una voluntad superior aun en el momento más doloroso por que atravesara hombre alguno.
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[1] En fechas posteriores se publica este artículo con algunas variaciones, que le hacen más breve, en Diario Jaén, Cruzada, y Prensa asociada

 

 
 





 

jueves, 28 de febrero de 2013

En la Iglesia, oculto para el mundo


Benedicto XVI habla de su experiencia conciliar al clero de Roma y le asegura su continua presencia espiritual

En la Iglesia, oculto para el mundo

"Aunque ahora me retiro, estoy siempre cerca de todos vosotros en la oración, y estoy seguro de que también vosotros estaréis cercanos a mí, aunque para el mundo estaré oculto". Son palabras del todavía obispo de Roma a sus sacerdotes. Es la cercanía de Benedicto XVI con el clero diocesano en el tradicional encuentro de inicios de Cuaresma. Debía ser una pequeña charla sobre el Vaticano II, pero se transformó, de hecho, en un luminoso testimonio del que fue perito conciliar, Joseph Ratzinger. Durante 45 minutos, en el encuentro del 14 de febrero en el Aula Pablo VI del Vaticano, el Papa evocó con sencillez y sin reticencias el espíritu conciliar, un acontecimiento vivido con entusiasmo y esperanza, con la firme convicción de que de él brotaría una nueva era en la vida de la Iglesia.
Benedicto XVI desgranó los temas objeto del debate de los padres del Concilio: liturgia, eclesiología, Palabra de Dios, ecumenismo y diálogo con las religiones, relación entre Iglesia y mundo. Relanzando la invitación a vivir el Año de la fe -proclamado precisamente en el cincuentenario de la apertura del Vaticano II- como ocasión para que el Concilio, con toda su fuerza espiritual, que es la fuerza del Espíritu Santo, "se realice y la Iglesia se renueve realmente". Junto a la cual permanecerá, desde el retiro de la oración -a partir del próximo día 28-, como quiso asegurar a sus sacerdotes, agradeciendo su afecto.


(©L'Osservatore Romano - 24 de febrero de 2013)

jueves, 21 de febrero de 2013

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
ECCLESIA IN MEDIO ORIENTEDEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
A LOS PATRIARCAS, A LOS OBISPOS,
AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA IGLESIA EN ORIENTE MEDIO,
COMUNIÓN Y TESTIMONIO

1. La Iglesia en Oriente Medio, que desde los albores de la fe cristiana peregrina en esta tierra bendita, continúa hoy su testimonio con valentía, fruto de una vida de comunión con Dios y con el prójimo. Comunión y testimonio. En efecto, esta es la convicción que ha animado a la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio, reunida en torno al Sucesor de Pedro del 10 al 24 de octubre de 2010, sobre el tema: La Iglesia católica en Oriente Medio, comunión y testimonio. «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).
2. En los comienzos de este tercer milenio, deseo encomendar esta convicción, cuya fuerza se funda en Jesucristo, a la solicitud pastoral de todos los pastores de la Iglesia una, santa, católica y apostólica y, más en particular, a los Venerables Hermanos, los Patriarcas, Arzobispos y Obispos que, en unión con el Obispo de Roma, velan juntos sobre la Iglesia católica en Oriente Medio. En esta región hay fieles nativos pertenecientes a las venerables Iglesias orientales católicas sui iuris: la Iglesia patriarcal de Alejandría de los coptos, las tres Iglesias patriarcales de Antioquía de los greco-melquitas, de los sirios y de los maronitas, el Patriarcado de Babilonia de los caldeos y la de Cilicia de los armenios. Hay también obispos, sacerdotes y fieles que pertenecen a la Iglesia latina. Y, además, hay sacerdotes y fieles venidos de la India, de los Arzobispados mayores de Ernakulam-Angamaly de los sirio-malabares y de Trivandrum de los sirio-malankares, así como de otras iglesias orientales y latinas de Asia y Europa del Este, y muchos fieles de Etiopía y Eritrea. En su conjunto, dan testimonio de la unidad de la fe en la diversidad de sus tradiciones. También quiero encomendar esta convicción a todos los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles laicos de Oriente Medio, con la certeza de que ella animará el ministerio y apostolado de cada uno en su respectiva iglesia, según el carisma que el Espíritu le haya otorgado para la edificación de todos.
3. Por lo que respecta a la fe cristiana, la «comunión es la vida misma de Dios que se comunica en el Espíritu Santo, mediante Jesucristo»[1]. Es un don de Dios que interpela nuestra libertad y espera nuestra respuesta. Precisamente por su origen divino, la comunión tiene una dimensión universal. Aun cuando atañe de manera imperativa a los cristianos, en razón de su fe apostólica común, no deja de estar menos abierta para nuestros hermanos judíos y musulmanes, y para todos aquellos que, de diversas formas, están también ordenados al Pueblo de Dios. La Iglesia católica en Oriente Medio sabe que no puede manifestar plenamente esta comunión en el plano ecuménico e interreligioso si no la reaviva ante todo en ella misma, en el seno de cada una de sus Iglesias, entre todos sus miembros: patriarcas, obispos, sacerdotes, personas consagradas y laicos. La profundización de la vida de fe personal y de renovación espiritual interna de la Iglesia católica permitirá la plenitud de vida de gracia y la teosis (divinización)[2]. Así se dará credibilidad al testimonio.
4. El ejemplo de la primera comunidad de Jerusalén puede servir de modelo para la renovación de la comunidad cristiana actual, con el fin de crear un espacio de comunión para el testimonio. En efecto, los Hechos de los Apóstoles, ofrecen una primera descripción, simple y profunda, de aquella comunidad nacida el día de Pentecostés: un grupo de creyentes que tenía un solo corazón y una sola alma (cf. 4,32). Hay desde el comienzo un vínculo fundamental entre la fe en Jesús y la comunión eclesial, indicado por los dos términos intercambiables: un solo corazón y una sola alma. Así pues, la comunión no es el resultado de un artificio humano. Se obtiene ante todo por la fuerza del Espíritu Santo, que crea en nosotros la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5,6).
5. Según los Hechos, la unidad de los creyentes se reconocía porque «perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (2,42). La unidad de los creyentes se alimenta, pues, de la enseñanza de los Apóstoles (el anuncio de la Palabra de Dios) a la que ellos responden con una fe unánime, de la comunión fraterna (el servicio de la caridad), de la fracción del pan (la Eucaristía y el conjunto de los sacramentos) y de la oración personal y comunitaria. Estos son los cuatro pilares sobre los que se fundan la comunión y el testimonio en el seno de la primera comunidad de los creyentes. Que la Iglesia, presente sin interrupción en Oriente Medio desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días, encuentre en el ejemplo de esta comunidad los recursos necesarios para mantener viva en ella la memoria y el dinamismo apostólico de los orígenes.
6. Los participantes en la Asamblea sinodal han experimentado la unidad en el seno de la Iglesia católica, dentro de la gran variedad de factores geográficos, religiosos, culturales y sociopolíticos. La fe común se vive y se despliega de forma admirable en la diversidad de sus expresiones teológicas, espirituales, litúrgicas y canónicas. Al igual que mis predecesores en la Sede de Pedro, renuevo aquí mi voluntad de que «se conserven religiosamente y se promuevan los ritos de las Iglesias orientales, cual patrimonio de la Iglesia universal de Cristo, patrimonio en el que resplandece la tradición que proviene de los Apóstoles a través de los Padres y que afirma la unidad divina de la fe católica en la variedad»[3], asegurando a mis hermanos latinos mi afecto, atento a sus necesidades y requerimientos, según el mandamiento de la caridad que lo preside todo, y de acuerdo con las normas del derecho.
«En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros
y os tenemos presentes en nuestras oraciones
» (1 Ts 1,2)
7. Con esta acción de gracias de san Pablo, deseo saludar a los cristianos que viven en Oriente Medio, asegurándoles mi oración ferviente y constante. La Iglesia católica, y con ella toda la comunidad cristiana, no los olvida y reconoce con gratitud su noble y antigua contribución a la edificación del Cuerpo de Cristo. Les agradece su fidelidad y les renueva su afecto.
El contexto
8. Recuerdo con emoción mis viajes a Oriente Medio. Tierra elegida por Dios de una manera especial, fue hollada por los patriarcas y los profetas. Ella hizo de escriño para la encarnación del Mesías, vio alzarse la cruz del Salvador y fue testigo de la resurrección del Redentor y de la efusión del Espíritu Santo. La recorrieron los Apóstoles, los santos y muchos Padres de la Iglesia, siendo el crisol de las primeras formulaciones dogmáticas. Sin embargo, esta tierra bendita, y los pueblos que la habitan, experimenta de forma dramática las convulsiones humanas. ¡Cuántas muertes, cuántas vidas destrozadas por la ceguera humana, cuántos miedos y humillaciones! Parece como si, entre los hijos de Adán y Eva, creados a imagen de Dios (cf. Gn 1,27), el crimen de Caín no hubiera acabado (cf. Gn 4,6-10; 1 Jn 3,8-15). El pecado de Adán, consolidado por la culpa de Caín, no cesa de producir todavía hoy cardos y espinas (cf. Gn 3,18). ¡Qué triste es ver a esta tierra bendita sufrir en sus hijos, que se desgarran con saña y mueren! Los cristianos sabemos que sólo Jesús, habiendo pasado por la tribulación y la muerte para resucitar, puede traer la salvación y la paz a todos los habitantes de esta región del mundo (cf. Hch 2,23-24; 32-33). Y es a él sólo, a Cristo, el Hijo de Dios, a quien proclamamos. Arrepintámonos, pues, y convirtámonos «para que se borren nuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios» (Hch 3,19-20a).
9. Según las santas Escrituras, la paz no es sólo un pacto o un tratado que favorece una vida tranquila, y su definición no se puede reducir a la simple ausencia de guerra. Según su etimología hebrea, la paz comporta: ser completa, estar intacta, terminar algo para restablecer la integridad. Es el estado del hombre que vive en armonía con Dios, consigo mismo, con su prójimo y con la naturaleza. Antes de ser algo exterior, la paz es interior. Es una bendición. Es el deseo de una realidad. La paz es tan deseable que en Oriente Medio se ha convertido en un saludo (cf. Jn 20,19; 1 P 5,14). La paz es justicia (cf. Is 32,17), y Santiago añade en su carta: «El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz» (3,18). La lucha profética y la reflexión sapiencial eran un combate y un requisito con vistas a la paz escatológica. Esta es la paz auténtica en Dios, a la que Cristo nos lleva. Es la única puerta (cf. Jn 10,9). La única puerta que los cristianos quieren cruzar.
10. El hombre que busca el bien, sólo comenzando él mismo a convertirse a Dios, a vivir el perdón en su entorno y en la comunidad, puede responder a la invitación de Cristo a hacerse «hijo de Dios» (cf. Mt 5,9). Únicamente el humilde podrá gustar las delicias de una paz insondable (cf. Sal 37,11). Al inaugurar para nosotros la comunión con Dios, Jesús crea la verdadera hermandad, la fraternidad no desfigurada por el pecado[4]. «Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su carne el muro que los separaba: la hostilidad» (Ef 2,14). El cristiano sabe que la política terrena de la paz sólo será eficaz si la justicia en Dios y entre los hombres es su auténtica base, y si esta misma justicia lucha contra el pecado que está en el origen de la división. Por eso, la Iglesia quiere superar toda distinción de raza, sexo y nivel social (cf. Ga 3,28; Col 3,11), sabiendo que todos son uno en Cristo, que es todo en todos. Esta es también la razón por la que la Iglesia apoya y anima todo empeño por la paz en el mundo, y en Oriente Medio en particular. No escatima esfuerzo alguno para ayudar a los hombres a vivir en paz y favorece también el marco jurídico internacional que la consolida. Es sobradamente conocida la posición de la Santa Sede sobre los diversos conflictos que afligen dramáticamente a la región y sobre el status de Jerusalén y los santos lugares[5]. Pero la Iglesia no olvida que, por encima de todo, la paz es un fruto del Espíritu (Ga 5,22) que nunca debemos dejar de pedir a Dios (cf. Mt 7,78).
La vía cristiana y ecuménica
11. Dios ha permitido el desarrollo de su Iglesia en este contexto constrictivo, inestable y actualmente propenso a la violencia. Ella vive en él dentro de una notable multiplicidad. Junto con la Iglesia católica, en Oriente Medio están presentes numerosas y venerables Iglesias, a las que se añaden comunidades eclesiales de origen más reciente. Este mosaico requiere un esfuerzo importante y continuo por favorecer la unidad, dentro de las respectivas riquezas, con el fin de reforzar la credibilidad del anuncio del Evangelio y del testimonio cristiano[6]. La unidad es un don de Dios, que nace del Espíritu, y es preciso hacer crecer con perseverante paciencia (cf. 1 P 3,8-9). Sabemos que, cuando las divisiones nos contraponen, existe la tentación de recurrir sólo a criterios humanos, olvidando los sabios consejos de san Pablo (cf. 1 Co 6,7-8). Él nos exhorta: «Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,3). La fe es el centro y el fruto del verdadero ecumenismo[7]. Esto es lo que se ha de comenzar a profundizar. La unidad surge de la oración perseverante y la conversión, que hace vivir a cada uno según la verdad y en la caridad (cf. Ef 4,15-16). El Concilio Vaticano II ha alentado este «ecumenismo espiritual», que es el alma del auténtico ecumenismo[8]. La situación en Oriente Medio es en sí misma un llamamiento urgente a la santidad de vida. Los martirologios enseñan que los santos y los mártires, de cualquier pertenencia eclesial, han sido – y algunos lo son todavía – testigos vivos de esta unidad sin fronteras en Cristo glorioso, anticipando nuestro «estar reunidos» como pueblo finalmente reconciliado en él[9]. Por eso se ha de consolidar, aun dentro de la Iglesia católica, la comunión que da testimonio del amor de Cristo.
12. Basados en las indicaciones del Directorio ecuménico[10], los fieles católicos pueden promover el ecumenismo espiritual en las parroquias, monasterios y conventos, en las instituciones escolares y universitarias, y en los seminarios. Los pastores se cuidarán de acostumbrar a los fieles a ser testigos de la comunión en todos los ámbitos de su vida. Ciertamente, esta comunión no es una confusión. El testimonio auténtico comporta el reconocimiento y el respeto por el otro, la disposición para el diálogo en la verdad, la paciencia como una dimensión del amor, la sencillez y la humildad de quien se reconoce pecador ante Dios y el prójimo, la capacidad de perdón, de reconciliación y purificación de la memoria, tanto en el plano personal como comunitario.
13. Aliento el cometido de los teólogos que trabajan incansablemente por la unidad, y saludo las actividades de las comisiones ecuménicas locales que existen en los diferentes niveles, así como la actividad de las distintas comunidades que rezan y se esfuerzan en favor de la unidad tan deseada, promoviendo la amistad y la fraternidad. En fidelidad a los orígenes de la Iglesia y a sus tradiciones vivas, es importante también que se hable con una sola voz sobre las grandes cuestiones morales a propósito de la verdad humana, la familia, la sexualidad, la bioética, la libertad, la justicia y la paz.
14. Por otra parte, existe ya un «ecumenismo diaconal» en el campo de la caridad y la educación entre los cristianos de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales. Y el Consejo de las Iglesias de Oriente Medio, que agrupa a las Iglesias de diferentes tradiciones cristianas de la región, es un buen foro para que el diálogo pueda desenvolverse con amor y respeto recíproco.
15. El Concilio Vaticano II indica que, para ser eficaz, el camino ecuménico ha de recorrerse «principalmente con la oración, con el ejemplo de vida, con la escrupulosa fidelidad a las antiguas tradiciones orientales, con un mejor conocimiento mutuo, con la colaboración y estima fraterna de las cosas y de los espíritus»[11]. Sobre todo, será conveniente que todos se dirijan aún más hacia Cristo mismo. Jesús une a quienes creen en él y le aman, entregándoles el Espíritu de su Padre, así como el de María, su madre (cf. Jn 14,6; 16,7; 19,27). Este dúplice don, cada uno de diferente entidad, puede ayudar mucho y merece una mayor atención por parte de todos.
16. El amor común a Cristo «que no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca» (1 P 2,22) y el «vínculo estrechísimo»[12] que nos une a las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica, urgen al diálogo y a la unidad. En varios casos, los católicos están unidos a las Iglesias de Oriente que no están en plena comunión en virtud de los comunes orígenes religiosos. Para una renovada pastoral ecuménica, con vistas a un testimonio común, es útil entender bien la apertura conciliar hacia una cierta communicatio in sacris respecto a los sacramentos de la penitencia, la eucaristía y la unción de los enfermos[13], que no sólo es posible, sino que puede ser aconsejable en algunas circunstancias favorables, de acuerdo con normas precisas y la aprobación de las autoridades eclesiásticas[14]. Los matrimonios entre fieles católicos y ortodoxos son numerosos y requieren una atención ecuménica especial[15]. Aliento a los obispos y a los eparcas a aplicar, en la medida de lo posible, y allí donde los halla, los acuerdos pastorales para promover, poco a poco, una pastoral ecuménica de conjunto.
17. La unidad ecuménica no es la uniformidad de las tradiciones y las celebraciones. Pero estoy seguro de que, para empezar, y con la ayuda de Dios, se podría llegar a acuerdos para una traducción común de la Oración del Señor, el Padre Nuestro, en las lenguas vernáculas de la región, allí donde sea necesario[16]. Al orar juntos con las mismas palabras, los cristianos reconocerán sus raíces comunes en la única fe apostólica, en la que se funda la búsqueda de la plena comunión. Por otra parte, la profundización común del estudio de los Padres orientales y latinos, así como de las respectivas tradiciones espirituales, también podría ayudar mucho en la correcta aplicación de las normas canónicas que regulan esta materia.
18. Invito a los católicos de Oriente Medio a cultivar las relaciones con los fieles de las diferentes Comunidades eclesiales de la región. Hay diferentes iniciativas conjuntas posibles. Por ejemplo, el leer juntos la Biblia, así como difundirla, podría abrir este camino. Además, se podrían desarrollar e intensificar también colaboraciones particularmente fecundas en el campo de las actividades caritativas y de la promoción de los valores y de la vida humana, de la justicia y de la paz. Todo esto contribuirá a una mejor comprensión mutua y a la creación de un clima de estima, que son condiciones esenciales para promover la fraternidad.
El diálogo interreligioso
19. La naturaleza y la vocación universal de la Iglesia exige que esté en diálogo con los miembros de otras religiones. En Oriente Medio, este diálogo se funda en los lazos espirituales e históricos que unen los cristianos a judíos y musulmanes. Este diálogo, que no obedece principalmente a consideraciones pragmáticas de orden político o social, se basa ante todo en los fundamentos teológicos que interpelan la fe. Provienen de las santas Escrituras y están claramente definidos en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, y en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, Nostra Aetate [17]. Judíos, cristianos y musulmanes, creen en un Dios único, creador de todos los hombres. Que judíos, cristianos y musulmanes redescubran uno de los deseos divinos, el de la unidad y la armonía de la familia humana. Que judíos, cristianos y musulmanes descubran en el otro creyente a un hermano que se ha de respetar y amar, en primer lugar para dar en sus tierras el hermoso testimonio de la serenidad y la convivencia entre los hijos de Abraham. El reconocimiento de un Dios Uno, en vez de ser instrumentalizado en los reiterados e injustificables conflictos, para un verdadero creyente –si lo vive con un corazón puro– puede contribuir poderosamente a la paz en la región y a la cohabitación respetuosa de sus habitantes.
20. Son muchos y profundos los vínculos entre cristianos y judíos. Ambos están anclados en un precioso patrimonio espiritual común. Ciertamente, comparten la creencia en un Dios único, creador, que se revela y se alía con el hombre para siempre, y que por amor desea la redención. También tienen la Biblia, que en gran parte es común para judíos y cristianos. Para unos y para otros, es «Palabra de Dios». El común recurso a la Escritura nos acerca. Por otra parte, Jesús, un hijo del pueblo elegido, nació, vivió y murió como judío (cf. Rm 9,4-5). También María, su madre, nos invita a redescubrir las raíces judías del cristianismo. Estos estrechos lazos son un bien único, del que todos los cristianos se sienten orgullosos y deudores al pueblo elegido. Pero aunque el carácter judío del «Nazareno» permite a los cristianos saborear gozosos el mundo de la promesa y los introduce de manera decisiva en la fe del pueblo elegido uniéndolos a él, la persona y la identidad profunda de este mismo Jesús los separa, puesto que los cristianos reconocen en él al Mesías, el Hijo de Dios.
21. Conviene que los cristianos sean más conscientes de la profundidad del misterio de la encarnación, para amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza (cf. Dt 6,5). Cristo, el Hijo de Dios, se hizo carne en un pueblo, en una tradición de fe y en una cultura, cuyo conocimiento no puede sino enriquecer la comprensión de la fe cristiana. Los cristianos han acrecentado este conocimiento por la aportación específica dada por Cristo mismo con su muerte y resurrección (cf. Lc 24,26). Pero han de ser siempre conscientes y estar agradecidos de sus raíces. Pues, para que el injerto en el árbol antiguo pueda prosperar (cf. Rm 11,17-18), necesita la savia que viene de las raíces.
22. Las relaciones entre las dos comunidades creyentes han estado marcadas por la historia y por las pasiones humanas. Ha habido numerosas y reiteradas incomprensiones y desconfianzas recíprocas. Las persecuciones insidiosas o violentas del pasado son inexcusables y merecedoras de una neta condena. Sin embargo, a pesar de estas tristes situaciones, las aportaciones mutuas a través de los siglos han sido tan fecundas que han contribuido al nacimiento y florecimiento de una civilización y de una cultura conocida como judeo-cristiana. Es como si estos dos mundos, que se declaran diferentes y contrarios por diversos motivos, hubieran decidido unir sus fuerzas para ofrecer a la humanidad una aleación noble. Estos lazos, que unen y separan al mismo tiempo a judíos y cristianos, les deben abrir a una nueva responsabilidad de unos respecto a otros, de unos con otros[18]. Pues los dos pueblos han recibido la misma bendición, y las promesas de eternidad que permiten avanzar con confianza hacia la fraternidad.
23. La Iglesia católica, fiel a la enseñanza del Concilio Vaticano II, mira con estima a los musulmanes que ofrecen un culto a Dios, especialmente mediante la oración, la limosna y el ayuno; que veneran a Jesús como un profeta, aunque sin reconocer su divinidad, y que honran a María, su Madre virginal. Sabemos que el encuentro del islam y el cristianismo ha tomado a menudo la forma de controversia doctrinal. Lamentablemente, estas diferencias doctrinales han servido de pretexto a los unos y a los otros para justificar, en nombre de la religión, prácticas de intolerancia, discriminación, marginación e incluso de persecución[19].
24. A pesar de esta constatación, los cristianos comparten con los musulmanes la misma vida cotidiana en Oriente Medio, donde su presencia no es nueva ni accidental, sino histórica. Al formar parte integral de Oriente Medio, han desarrollado a lo largo de los siglos un tipo de relación con su entorno que puede servir de lección. Se han dejado interpelar por la religiosidad de los musulmanes, y han continuado, según sus medios y en la medida de lo posible, viviendo y promoviendo los valores del Evangelio en la cultura circunstante. El resultado es una simbiosis peculiar. Por tanto, es justo reconocer la aportación judía, cristiana y musulmana a la formación de una rica cultura, propia de Oriente Medio[20].
25. Los católicos de Oriente Medio, la mayoría de los cuales son ciudadanos nativos de su país, tienen el deber y el derecho de participar plenamente en la vida nacional, trabajando en la construcción de su patria. Han de gozar de la plena ciudadanía, y no ser tratados como ciudadanos o creyentes de segunda clase. Al igual que en el pasado, cuando, como pioneros del renacimiento árabe, eran parte integrante de la vida cultural, económica y científica de las distintas civilizaciones de la región, desean compartir hoy, como entonces y siempre, sus experiencias con los musulmanes, aportando su contribución específica. A causa de Jesús, los cristianos son sensibles a la dignidad de la persona humana y a la libertad religiosa que de ella se deriva. Por amor a Dios y a la humanidad, glorificando así la doble naturaleza de Cristo, y por el sentido de la vida eterna, los cristianos han construido escuelas, hospitales e instituciones de todo tipo, donde se acoge a todos sin discriminación alguna (cf. Mt 25,3ss). Por estas razones, los cristianos prestan una atención especial a los derechos fundamentales de la persona humana. No es justo, pues, afirmar que estos derechos son sólo derechos cristianos del hombre. Son simplemente derechos exigidos por la dignidad de toda persona humana y de todo ciudadano, cualquiera que sea su origen, convicción religiosa y opción política.
26. La libertad religiosa es la cima de todas las libertades. Es un derecho sagrado e inalienable. Abarca tanto la libertad individual como colectiva de seguir la propia conciencia en materia religiosa como la libertad de culto. Incluye la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia[21]. Ha de ser posible profesar y manifestar libremente la propia religión y sus símbolos, sin poner en peligro la vida y la libertad personal. La libertad religiosa hunde sus raíces en la dignidad de la persona; garantiza la libertad moral y favorece el respeto mutuo. Los judíos, que han sufrido desde hace mucho tiempo hostilidades, con frecuencia mortales, no pueden olvidar los beneficios de la libertad religiosa. Los musulmanes, por su parte, comparten con los cristianos la convicción de que no está permitida coacción alguna en materia religiosa, y menos aún con la fuerza. Esta coacción, que puede adoptar formas múltiples e insidiosas en el plano personal y social, cultural, administrativo y político, es contraria a la voluntad de Dios. Es una fuente de instrumentalización político-religiosa, de discriminación y violencia, que puede conducir a la muerte. Dios quiere la vida, no la muerte. Prohíbe el homicidio, e incluso dar muerte al asesino (cf. Gn 4,15-16; 9,5-6; Ex 20,13).
27. La tolerancia religiosa existe en numerosos países, pero no implica mucho, pues queda limitada en su campo de acción. Es preciso pasar de la tolerancia a la libertad religiosa. Este paso no es una puerta abierta al relativismo, como algunos sostienen. Y tampoco una medida que abre una fisura en el creer, sino una reconsideración de la relación antropológica con la religión y con Dios. No es un atentado contra las «verdades fundantes» del creer, porque, no obstante las divergencias humanas y religiosas, un destello de verdad ilumina a todos los hombres[22]. Bien sabemos que, fuera de Dios, la verdad no existe como un «en sí». Sería un ídolo. La verdad sólo puede desarrollarse en la relación con el otro que se abre a Dios, el cual quiere manifestar su propia alteridad en y a través de mis hermanos humanos. Por tanto, no conviene afirmar de manera excluyente «yo poseo la verdad». La verdad no es posesión de nadie, sino siempre un don que nos llama a un proceso que nos asimile cada vez más profundamente a la verdad. La verdad sólo puede ser conocida y vivida en la libertad; por eso, no podemos imponer la verdad al otro; la verdad se desvela únicamente en el encuentro de amor.
28. El mundo entero fija su atención en Oriente Medio, que busca su camino. Que esta región muestre cómo el vivir juntos no es una utopía, y que la desconfianza y el prejuicio no son algo ineluctable. Las religiones pueden unir sus esfuerzos para servir al bien común y contribuir al desarrollo de cada persona y a la construcción de la sociedad. Los cristianos mediorientales viven desde hace siglos el diálogo islámico-cristiano. Para ellos, éste es un diálogo que forma parte de la vida cotidiana. Ellos conocen su riqueza y sus limitaciones. Más recientemente, viven también el diálogo judeo-cristiano. Existe igualmente desde hace mucho tiempo un diálogo bilateral o trilateral de intelectuales o teólogos, judíos, cristianos y musulmanes. Es un laboratorio de encuentros y también de estudios diversos que se ha de promover. A ello contribuyen eficazmente también todos los diferentes institutos y centros católicos –de filosofía, teología u otras materias– que nacieron tiempo atrás en Oriente Medio, y que trabajan allí en condiciones a veces difíciles. Los saludo cordialmente y les animo a continuar su obra de paz, sabiendo que es preciso sostener todo aquello que combate la ignorancia fomentando el conocimiento. La conjunción feliz entre el diálogo de la vida cotidiana con el de los intelectuales o teólogos, contribuirá ciertamente, poco a poco, y con la ayuda de Dios, a mejorar la convivencia judeo-cristiana, judeo-islámica y cristiano-musulmana. Este es mi deseo y la intención por la que rezo.
Dos nuevas realidades
29. Al igual que en el resto del mundo, en Oriente Medio se perciben dos realidades opuestas: la laicidad, con sus formas a veces extremas, y el fundamentalismo violento, que pretende tener un origen religioso. Con gran suspicacia, algunos responsables políticos y religiosos de Oriente Medio, de todas las comunidades, consideran la laicidad como atea o inmoral. Es verdad que la laicidad puede afirmar a veces de modo reductivo que la religión concierne exclusivamente a la esfera privada, como si no fuera más que un culto individual y doméstico, ajeno a la vida, a la ética, a la relación con el otro. En su versión extrema e ideológica, la laicidad, convertida en laicismo, niega al ciudadano la expresión pública de su religión y pretende que únicamente el Estado legisle sobre su forma pública. Estas teorías son antiguas. No son solamente occidentales y no se pueden confundir con el cristianismo. La sana laicidad, por el contrario, significa liberar la religión del peso de la política y enriquecer la política con las aportaciones de la religión, manteniendo la distancia necesaria, la clara distinción y la colaboración indispensable entre las dos. Ninguna sociedad puede desarrollarse sanamente sin afirmar el respeto recíproco entre la política y la religión, evitando la tentación constante de mezclarlas u oponerlas. La relación apropiada se basa, ante todo, en la naturaleza del hombre, por tanto en una sana antropología, y en el respeto absoluto de sus derechos inalienables. La toma de conciencia de esta relación apropiada permite comprender que hay una especie de unidad-distinción que debe caracterizar la relación entre lo espiritual (religioso) y lo temporal (político), pues ambas dimensiones están llamadas, incluso con la necesaria distinción, a cooperar armónicamente en la búsqueda del bien común. Dicha sana laicidad garantiza que la política actúe sin instrumentalizar a la religión, y que se pueda vivir libremente la religión sin el peso de políticas dictadas por intereses, a veces poco conformes, y con frecuencia hasta contrarios a las creencias religiosas. Por consiguiente, la sana laicidad (unidad-distinción) es necesaria, más aún indispensable para las dos. El desafío que entraña la relación entre lo político y lo religioso puede afrontarse con paciencia y decisión mediante una adecuada formación humana y religiosa. Es preciso recordar continuamente el lugar de Dios en la vida personal, familiar y civil, y el justo lugar del hombre en el designio de Dios. Y, a este respecto, es preciso sobre todo rezar más.
30. La incertidumbre económica y política, la habilidad manipuladora de algunos y una deficiente comprensión de la religión, entre otros factores, son el caldo de cultivo del fundamentalismo religioso. Éste afecta a todas las comunidades religiosas y rechaza el vivir civilmente juntos. Quiere tomar, a veces con violencia, el poder sobre la conciencia de cada uno y sobre la religión por razones políticas. Hago un llamamiento apremiante a todos los líderes religiosos, judíos, cristianos y musulmanes de la región, para que traten de hacer todo lo posible, mediante su ejemplo y su enseñanza, por erradicar esta amenaza, que acecha de manera indiscriminada y mortal a los creyentes de todas las religiones. «Utilizar las palabras reveladas, las sagradas Escrituras o el nombre de Dios para justificar nuestros intereses, nuestras políticas tan fácilmente complacientes o nuestras violencias, es un delito muy grave»[23].
Los emigrantes
31. La realidad de Oriente Medio es rica por su diversidad, pero con demasiada frecuencia constrictiva e incluso violenta. Es una realidad que afecta al conjunto de los habitantes de la región y en todos los aspectos de su vida. Situados en una posición muchas veces delicada, los cristianos sienten de manera especial, y a veces con cansancio y escasa esperanza, las consecuencias negativas de estos conflictos e incertidumbres. A menudo se sienten humillados. Saben también por experiencia que son víctimas designadas cuando hay agitaciones. Después de haber participado activamente durante siglos en la construcción de sus respectivas naciones, y contribuido a la formación de su identidad y su prosperidad, numerosos cristianos buscan ambientes más favorables, lugares de paz donde ellos y sus familias puedan vivir con dignidad y seguridad, y espacios de libertad donde puedan expresar su fe sin estar sujetos a tantas restricciones[24]. Esta opción es desgarradora. Afecta gravemente a personas, familias e Iglesias. Mutila a las naciones y contribuye al empobrecimiento humano, cultural y religioso de Oriente Medio. Un Oriente Medio con pocos o sin cristianos ya no es Oriente Medio, pues los cristianos participan con otros creyentes en la identidad tan singular de la región. Los unos son responsables de los otros ante Dios. Por ello es importante que los líderes políticos y religiosos comprendan esta realidad y eviten una política o una estrategia que privilegie una sola comunidad y que tienda hacia un Oriente Medio monocolor, que de ninguna manera reflejaría su rica realidad humana e histórica.
32. Los Pastores de las Iglesias orientales católicas sui iuris constatan con preocupación y pena que el número de sus fieles se reduce en sus territorios tradicionalmente patriarcales y, desde hace algún tiempo, se ven obligados a desarrollar una pastoral de la emigración[25]. Estoy seguro de que hacen todo lo posible para exhortar a sus fieles a la esperanza, a permanecer en su país y a no vender sus bienes[26]. Les animo a seguir rodeando de afecto a sus sacerdotes y fieles de la diáspora, invitándolos a mantenerse en estrecho contacto con sus familias y sus Iglesias y, sobre todo, a perseverar fielmente en su fe en Dios, por su identidad religiosa edificada sobre venerables tradiciones espirituales[27]. Al conservar esta pertenencia a Dios y a sus respectivas Iglesias, y cultivando un amor profundo por sus hermanos y hermanas latinos, serán un gran beneficio para el conjunto de la Iglesia católica. Por otra parte, exhorto a los pastores de las circunscripciones eclesiásticas que acogen a los católicos orientales a recibirlos con caridad y estima, como hermanos, así como a favorecer los lazos de comunión entre los emigrantes y sus Iglesias de procedencia, y a darles la oportunidad de celebrar según sus propias tradiciones y desarrollar actividades pastorales y parroquiales allí donde sea posible[28].
33. La Iglesia latina en Oriente Medio, además de estar sufriendo una sangría de muchos de sus fieles, experimenta otra situación diferente, debiendo afrontar nuevos y numerosos retos pastorales. Sus pastores tienen que gestionar la afluencia masiva y la presencia en los países económicamente fuertes de la región de trabajadores de todo tipo, procedentes de África, el Extremo Oriente y el subcontinente indio. Estas poblaciones, compuestas a menudo de hombres y mujeres solos o de familias enteras, se enfrentan a una doble precariedad. Son extranjeros en la tierra donde trabajan, y muchas veces se encuentran en situaciones de discriminación e injusticia. El extranjero es objeto de la atención de Dios y, por tanto, merece respeto. En el juicio final se tendrá en cuenta cómo ha sido acogido (cf. Mt 25,35.43)[29] .
34. Explotadas y sin poder defenderse, con contrato de trabajo más o menos limitado o legal, estas personas son a veces víctimas de transgresiones de las leyes locales y las convenciones internacionales. Por otra parte, sufren fuertes presiones y graves restricciones religiosas. Necesitan una delicada atención de sus pastores. Animo a todos los fieles católicos y a todos los sacerdotes, cualquiera que sea su Iglesia de pertenencia, a la comunión sincera y a la cooperación pastoral con el obispo del lugar y, a éste, a una comprensión paterna respecto a los fieles orientales. Mediante el trabajo conjunto y, sobre todo, hablando con una sola voz, todos podrán vivir y celebrar su fe en esta situación particular, enriqueciéndose con la diversidad de las tradiciones espirituales, siempre manteniéndose en contacto con las comunidades cristianas de origen. Invito también a los gobiernos de los países que reciben a estas personas recién llegadas a respetar y defender sus derechos, a permitirles la libre expresión de su fe, favoreciendo la libertad religiosa y la edificación de lugares de culto. La libertad religiosa «podría ser objeto de diálogo entre los cristianos y los musulmanes, diálogo cuya urgencia y utilidad ha sido ratificada por los padres sinodales»[30].
35. Mientras algunos católicos nativos de Oriente Medio que, por necesidad, hastío o desesperación, toman la dramática decisión de abandonar la tierra de sus antepasados, de sus familias y de su comunidad de fe, otros, por el contrario, llenos de esperanza, optan por permanecer en su país y en su comunidad. Les animo a consolidar esta hermosa fidelidad y a continuar firmes en la fe. Otros católicos, en fin, tomando una decisión tan desgarradora como la de los cristianos de Oriente Medio que emigran, huyendo de la precariedad y con la esperanza de tener un porvenir mejor, escogen países de la región para trabajar y vivir.
36. Como Pastor de la Iglesia universal, me dirijo aquí a todos los fieles católicos de la región, a los nativos y a los recién llegados, cuya proporción se ha aproximado en los últimos años, porque para Dios, no hay más que un solo pueblo y, para los creyentes, una sola fe. Esforzaos por vivir respetuosamente unidos y en comunión fraterna unos con otros, en el amor y la estima mutua, para testimoniar de manera convincente vuestra fe en la muerte y resurrección de Cristo. Dios escuchará vuestra oración, bendecirá vuestro comportamiento y os dará su Espíritu para hacer frente a la carga de cada día. Porque «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17). San Pedro escribió a los creyentes que vivían situaciones similares unas palabras que os repito de buen grado como exhortación: «¿Quién os va a tratar mal si vuestro empeño es el bien? [...] No les tengáis miedo ni os amedrentéis. Más bien, glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 P 3,13-15).
«El grupo de los creyentes tenía un solo corazón
y una sola alma
» (Hch 4,32)
37. La dimensión visible de la comunidad cristiana naciente es descrita por las cualidades inmateriales que muestran la koinonia eclesial: un solo corazón y una sola alma, manifestando así el sentido profundo del testimonio. Es reflejo de una interioridad personal y comunitaria. Dejándose moldear en el interior por la gracia divina, toda Iglesia particular puede reencontrar la belleza de la primera comunidad de los creyentes, cimentada en una fe animada por la caridad, que caracteriza a los discípulos de Cristo ante los ojos de los hombres (cf. Jn 13,35). La koinonia da consistencia y coherencia al testimonio, y requiere una conversión permanente. Ésta perfecciona la comunión y consolida a su vez el testimonio. «Sin comunión no puede haber testimonio: el gran testimonio es precisamente la vida de comunión»[31]. La comunión es un don que debe ser plenamente aceptado por todos y una realidad que se ha de construir sin cesar. En este sentido, invito a todos los miembros de las Iglesias en Oriente Medio a reavivar la comunión, cada uno según su vocación, con humildad y con oración, para llegar a la unidad por la que oró Jesús (cf. Jn 17,21).
38. El concepto de Iglesia «católica» contempla la comunión entre lo universal y lo particular. Hay una relación de «mutua interioridad» entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, que identifica y concretiza la catolicidad de la Iglesia. La presencia «del todo en la parte» pone la parte en tensión hacia la universalidad, tensión que se manifiesta, por un lado, en el impulso misionero de cada una de las Iglesias y, por otro, en el aprecio sincero de la bondad de las «otras partes», que incluye el actuar en sintonía y en sinergia con ellas. La Iglesia universal es una realidad antecedente a las Iglesias particulares, que nacen en y por la Iglesia universal[32]. Esta verdad refleja fielmente la doctrina católica y, en particular, la del Concilio Vaticano II[33]. Ella nos introduce en la comprensión de la dimensión «jerárquica» de la comunión eclesial, y permite que la rica y legítima diversidad de las Iglesias particulares se articule siempre en la unidad, como lugar donde los dones particulares se convierten en una auténtica riqueza para la universalidad de la Iglesia. Una renovada y vivida toma de conciencia de estos puntos fundamentales de la eclesiología permitirá redescubrir la especificidad y la riqueza de la identidad «católica» en la tierra de Oriente.
Los patriarcas
39. «Padres y Guías» de las Iglesias sui iuris, los patriarcas son los signos visibles de referencia y los custodios vigilantes de la comunión. Por su identidad y su misión propia, son hombres de comunión que velan por la grey según Dios (cf. 1 P 5,1-4), y los servidores de la unidad de eclesial. Ejercen un ministerio que actúa por medio de la caridad, vivida realmente en todos los campos: entre los patriarcas mismos, entre el patriarca y los obispos, los sacerdotes, las personas consagradas y los fieles laicos bajo su jurisdicción.
40. Los patriarcas, cuya unión indefectible con el Obispo de Roma hunde sus raíces en la ecclesiastica communio, que han solicitado al Sumo Pontífice y recibido tras su elección canónica, hacen tangible por ese particular vínculo la universalidad y la unidad de la Iglesia[34]. Se preocuparán de todos los discípulos de Jesucristo que viven en el territorio patriarcal. Como signo de comunión para el testimonio, sabrán fortalecer la unidad y la solidaridad en el seno del Consejo de los Patriarcas católicos de Oriente y de los diversos sínodos patriarcales, privilegiando en ellos el acuerdo en cuestiones de gran importancia para la Iglesia, con vistas a una acción colegial y unitaria. Para la credibilidad de su testimonio, el patriarca perseguirá la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la perseverancia y la mansedumbre (cf. 1 Tm 6,11), buscando de todo corazón un estilo de vida sobrio, a imagen de Cristo, desprendido de todo para hacernos ricos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9). Asimismo, se esforzará en promover entre las circunscripciones eclesiásticas una solidaridad real en una sana gestión del personal y de los bienes eclesiásticos. Esto es lo que corresponde a sus deberes[35]. A imitación de Jesús, que recorría los pueblos y aldeas en cumplimiento de su misión (cf. Mt 9,35), los patriarcas realizarán con celo la visita pastoral a sus circunscripciones eclesiásticas[36]. No lo hará sólo por ejercer su derecho y su deber de vigilar, sino también para testimoniar concretamente su caridad fraterna y paterna para con los obispos, sacerdotes y fieles laicos, sobre todo con los pobres, los enfermos y los marginados, así como con los que sufren espiritualmente.
Los obispos
41. En virtud de su ordenación, el obispo queda instituido a la vez como miembro del Colegio episcopal y como pastor de una comunidad local mediante su ministerio de enseñar, santificar y gobernar. Con los patriarcas, los obispos son los signos visibles de la unidad en la diversidad de la Iglesia, como Cuerpo cuya cabeza es Cristo (cf. Ef 4,12-15). Ellos son los primeros elegidos gratuitamente y los enviados a todas las naciones para hacer discípulos, enseñándoles a observar todo lo prescrito por el Resucitado (cf. Mt 28,19-20)[37]. Es, pues, de vital importancia que escuchen y conserven en su corazón la Palabra de Dios. Han de anunciarla con valentía, y defender con firmeza la integridad y la unidad de la fe en situaciones difíciles, que por desgracia no faltan en Oriente Medio.
42. Para promover la vida de comunión y diakonía, es importante que los obispos se esfuercen siempre por su propia renovación personal. Esta atención del corazón pasa «ante todo por la vida de oración, de abnegación, de sacrificio y de escucha; después por la vida ejemplar de apóstoles y pastores, hecha de sencillez y humildad; y, finalmente, por su deseo constante de defender la verdad, la justicia, la moral y la causa de los débiles»[38]. Además, la tan deseada renovación de las comunidades pasa por el cuidado paternal que tengan por todos los bautizados, y en especial por sus colaboradores inmediatos, los presbíteros[39].
43. El primer fundamento de la comunión intereclesial es la comunión en el seno de cada iglesia local, que se alimenta siempre de la Palabra de Dios y de los sacramentos, así como de las diversas formas de oración. Por tanto, invito a los obispos a manifestar su solicitud por todos los fieles de su jurisdicción, sin discriminaciones por su condición, nacionalidad o proveniencia eclesial. Que apacienten el rebaño de Dios confiado a ellos, velando por él «no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 P 5,3). Que presten una atención especial a quienes no son constantes en la práctica religiosa y a los que, por diversas razones, la han abandonado[40]. Se cuidarán también de ser la presencia amorosa de Cristo entre los que no profesan la fe cristiana. Así promoverán la unidad entre los cristianos mismos y la solidaridad entre todos los hombres, creados a imagen de Dios (cf. Gn 1,27), pues todo viene del Padre, que es hacia quien nos dirigimos (cf. 1 Co 8,6).
44. Corresponde a los obispos asegurar una gestión sana, honesta y transparente de los bienes temporales de la Iglesia, de acuerdo con el Código de los cánones de las Iglesias orientales o el Código de Derecho Canónico de la Iglesia latina. Los Padres sinodales han creído necesario que se haga una auditoría seria de las finanzas y de los bienes, poniendo cuidado en evitar la confusión entre los bienes personales y los de la Iglesia[41]. El apóstol Pablo dice que el siervo de Dios es un administrador de los misterios de Dios. Ahora bien, «lo que se busca en los administradores es que sean fieles» (1 Co 4,2). El administrador gestiona bienes que no le pertenecen y que, según el apóstol, están destinados a un fin superior: los misterios de Dios (cf. Mt 19,28-30; 1 P 4,10). Esta gestión fiel y desinteresada, tan deseada por los monjes fundadores –verdaderas columnas de muchas Iglesias orientales– debe servir prioritariamente para la evangelización y la caridad. Los obispos se preocuparán de asegurar a sus presbíteros, sus primeros colaboradores, una adecuada subsistencia, para que no se pierdan en la búsqueda de lo temporal, y puedan consagrarse dignamente a las cosas de Dios y a su misión pastoral. Por lo demás, quien ayuda a un pobre gana el cielo. Santiago insiste en el respeto que se debe al pobre, en su grandeza y su verdadero puesto en la comunidad (cf. 1,9-11; 2,1-9). Por eso es necesario que la gestión de los bienes se convierta en un lugar de anuncio eficaz del mensaje liberador de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y, a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). El mayordomo fiel es aquel que se ha dado cuenta de que sólo el Señor es la perla fina (cf. Mt 13,45-46), y que sólo él es el verdadero tesoro (cf. Mt 6,19-21; 13,44). Que los obispos lo manifiesten de manera ejemplar a los sacerdotes, seminaristas y fieles. Por otra parte, la enajenación de bienes de la Iglesia debe atenerse estrictamente a las normas canónicas y a las disposiciones pontificias en vigor.
Los sacerdotes, los diáconos y los seminaristas
45. La ordenación sacerdotal configura al sacerdote con Cristo y le convierte en un estrecho colaborador del patriarca y del obispo, participando de su triple munus[42]. Precisamente por eso, es un servidor de la comunión; y el cumplimiento de esta tarea requiere una relación constante con Cristo y su celo en la caridad y en las obras de misericordia para con todos. Así podrá irradiar la santidad, a la que todos los bautizados están llamados. Educará al Pueblo de Dios a construir la civilización del amor evangélico y la unidad. Para eso, renovará y fortalecerá la vida de los fieles mediante la transmisión sabia de la Palabra de Dios, de la Tradición y de la doctrina de la Iglesia, así como por los sacramentos[43]. Las tradiciones orientales han tenido la intuición de la dirección espiritual. Que los sacerdotes, los diáconos y los consagrados la practiquen ellos mismos y abran con ella a los fieles los caminos de la eternidad.
46. El testimonio de comunión exige, además, una formación teológica y una sólida espiritualidad, que requiere una renovación intelectual y espiritual permanente. Corresponde a los obispos proporcionar a los sacerdotes y a los diáconos los medios necesarios que les permitan profundizar en su vida de fe, para el bien de los fieles, dándoles «la comida a su tiempo» (Sal 145,15). Por su parte, los fieles esperan de ellos el ejemplo de una conducta intachable (cf. Flp 2,14-16).
47. Os invito, queridos sacerdotes, a redescubrir cada día el sentido ontológico del orden sagrado, que haga vivir el sacerdocio como una fuente de santificación para los bautizados, y para la promoción de todos los hombres. «Pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo [...], no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa» (1 P 5,2). Os invito a apreciar también la vida en equipo –donde sea posible–, no obstante las dificultades que comporta (cf. 1 P 4,8-10), pues eso os ayudará a comprender y vivir mejor la comunión sacerdotal y pastoral, en el ámbito local y universal. Queridos diáconos, en comunión con vuestro obispo y los sacerdotes, servid al Pueblo de Dios según vuestro propio ministerio en las tareas específicas que se os confíen.
48. El celibato sacerdotal es un don inestimable de Dios a su Iglesia, que conviene recibir con gratitud, tanto en Oriente como en Occidente, pues representa un signo profético siempre actual. Recordamos, además, el ministerio de los sacerdotes casados, que son un elemento antiguo de las tradiciones orientales. Quisiera dirigir también mi aliento a estos presbíteros que, con sus familias, están llamados a la santidad en el ejercicio fiel de su ministerio y en sus condiciones de vida a veces difíciles. Reitero a todos que la belleza de vuestra vida sacerdotal[44] suscitará sin duda nuevas vocaciones, que tendréis la responsabilidad de atender.
49. La vocación del joven Samuel (cf. 1 S 3,1-19) nos enseña que los seres humanos necesitan guías expertos para ayudarles a discernir la voluntad del Señor y responder generosamente a su llamada. En este sentido, el florecimiento de las vocaciones debe ser favorecido por una pastoral apropiada. Y ésta ha de estar apoyada por la oración en la familia, las parroquias, los movimientos eclesiales y en el seno de los centros educativos. Quienes responden a la llamada del Señor necesitan crecer en lugares de formación específica y estar acompañados por formadores idóneos y ejemplares. Estos los educarán en la oración, la comunión, el testimonio y la conciencia misionera. Se abordarán con programas adecuados los aspectos de la vida humana, espiritual, intelectual y pastoral, teniendo en cuenta con perspicacia la diversidad del medio, los antecedentes, las pertenencias culturales y eclesiales[45].
50. Queridos seminaristas, así como el junco no puede crecer sin agua (cf. Jb 8,11), tampoco vosotros podréis ser verdaderos artesanos de comunión y auténticos testigos de la fe sin un enraizamiento profundo en Jesucristo, sin una conversión continua a su palabra, sin un amor por su Iglesia y sin una caridad desinteresada por el prójimo. Estáis llamados a vivir y perfeccionar hoy en día la comunión, con vistas a un testimonio valiente y sin ambigüedades. La firmeza de la fe del Pueblo de Dios dependerá también de la calidad de vuestro testimonio. Os invito a abriros más a la diversidad cultural de vuestras Iglesias, por ejemplo, aprendiendo otras lenguas y culturas diferentes a las vuestras, con vistas a vuestra futura misión. Estad también abiertos a la diversidad eclesial, ecuménica, y al diálogo interreligioso. Os ayudará mucho un estudio atento de mi Carta dirigida a los seminaristas[46].
La vida consagrada
51. El monacato, en sus diversas formas, ha nacido en Oriente Medio y es el origen de algunas de las iglesias de allí[47]. Que los monjes y monjas, que consagran su vida a la oración, santificando las horas del día y de la noche, encomendando en sus plegarias las preocupaciones y necesidades de la Iglesia y la humanidad, recuerden permanentemente a todos la importancia de la oración en la vida de la Iglesia y de todo creyente. Que los monasterios sean también lugares donde los fieles puedan dejarse guiar en la iniciación a la oración.
52. La vida consagrada, contemplativa y apostólica, es una profundización de la consagración bautismal. En efecto, los monjes y monjas buscan seguir a Cristo de manera más radical mediante la profesión de los consejos evangélicos de obediencia, castidad y pobreza[48]. La entrega sin reservas de sí mismos al Señor, y su amor desinteresado por todos los hombres, dan testimonio de Dios y son verdaderos signos de su amor por el mundo. Vivida como un don precioso del Espíritu Santo, la vida consagrada es un apoyo irremplazable para la vida y la pastoral de la Iglesia[49]. En este sentido, las comunidades religiosas serán signos proféticos de la comunión en sus iglesias y en el mundo entero en la medida en que estén realmente fundadas en la Palabra de Dios, la comunión fraterna y el testimonio de la diaconía (cf. Hch 2,42). En la vida cenobítica, la comunidad o el monasterio tienen por vocación el ser lugar privilegiado de la unión con Dios y la comunión con el prójimo. Es el lugar donde la persona consagrada aprende a caminar siempre desde Cristo[50], para ser fiel a su misión con la oración y el recogimiento, y ser para todos los fieles un signo de la vida eterna, que ya ha comenzado aquí (cf. 1 P 4,7).
53. Os invito a vosotros, que habéis sido llamados a la sequela Christi en la vida religiosa en Oriente Medio, a que os dejéis seducir siempre por la Palabra de Dios, como el profeta Jeremías, y la guardéis en vuestro corazón como un fuego ardiente (cf. Jr 20,7-9). Ella es la razón de ser, el fundamento y la referencia última y objetiva de vuestra consagración. La Palabra de Dios es verdad. Al obedecerla, santificáis vuestras almas para amaros sinceramente como hermanos y hermanas (cf. 1 P 1,22). Cualquiera que sea el estado canónico de vuestro Instituto religioso, mostraos disponibles para colaborar en espíritu de comunión con el obispo en la actividad pastoral y misionera. La vida religiosa es una adhesión personal a Cristo, Cabeza del Cuerpo (cf. Col 1,18; Ef 4,15), y refleja el vínculo indisoluble entre Cristo y su Iglesia. En este sentido, apoyad a las familias en su vocación cristiana y alentad a las parroquias para que se abran a las diversas vocaciones sacerdotales y religiosas. Esto contribuye a fortalecer la vida de comunión para el testimonio en el seno de la Iglesia particular[51]. No dejéis de responder a los interrogantes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, indicándoles la senda y el sentido profundo de la existencia humana.
54. Quisiera añadir una consideración adicional que va más allá de los consagrados y se dirige al conjunto de los miembros de las Iglesias orientales católicas. Se refiere a los consejos evangélicos, que caracterizan particularmente la vida monástica, a sabiendas de que esta misma vida religiosa ha sido determinante en el origen de numerosas Iglesias sui iuris, y sigue siéndolo en su vida actual. Me parece que se debería reflexionar con detenimiento y atención sobre los consejos evangélicos, obediencia, castidad y pobreza, para redescubrir hoy su belleza, la fuerza de su testimonio y su dimensión pastoral. No se puede regenerar interiormente a los fieles, a la comunidad creyente y a toda la Iglesia, si no hay un retorno decidido e inequívoco, cada uno según su vocación, al quaerere Deum, a la búsqueda de Dios, que ayuda a definir y vivir en verdad la relación con Dios, con el prójimo y consigo mismo. Ciertamente, esto concierne a las Iglesias sui iuris, pero también a la Iglesia latina.
Los laicos
55. Los laicos son plenamente miembros del Cuerpo de Cristo por el bautismo, y están asociados a la misión de la Iglesia universal[52]. Su participación en la vida y las actividades internas de la Iglesia es la fuente espiritual permanente que les permite ir más allá de los confines de las estructuras eclesiásticas. Como apóstoles en el mundo, ellos convierten en acción concreta el Evangelio, la enseñanza y la doctrina social de la Iglesia[53]. En efecto, «los cristianos, ciudadanos de pleno derecho, pueden y deben dar su contribución con el espíritu de las bienaventuranzas, convirtiéndose así en constructores de paz y en apóstoles de reconciliación para el bien de toda la sociedad»[54].
56. Como el ámbito de lo temporal es vuestro propio terreno[55], os animo, queridos fieles laicos, a fortalecer los lazos de hermandad y colaboración con las personas de buena voluntad en la búsqueda del bien común, de la sana gestión de los bienes públicos, de la libertad religiosa y del respeto de la dignidad de cada persona. Aun cuando la misión de la Iglesia se hace difícil en los ambientes donde el anuncio explícito del evangelio encuentra obstáculos o no es posible, que «vuestra conducta entre los gentiles sea buena, para que [...], fijándose en vuestras buenas obras, den gloria a Dios el día de su venida» (1 P 2,12). Preocuparos de dar razón de vuestra fe (cf. 1 P 3,15) mediante la coherencia de vuestra vida y vuestro obrar cotidiano[56]. Para que vuestro testimonio dé realmente fruto (cf. Mt 7,16.20), os exhorto a superar las divisiones y cualquier interpretación subjetivista de la vida cristiana. Poned cuidado en no separarla – con sus valores y exigencias – de la vida familiar o en la sociedad, en el trabajo, en la política y la cultura, pues todos los diferentes ámbitos de la vida del laico entran en el designio de Dios[57]. Os invito a ser audaces por amor a Cristo, seguros de que ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución os podrán separar de él (cf. Rm 8,35).
57. En Oriente Medio, los laicos están acostumbrados a tener relaciones fraternas y asiduas con fieles católicos de diferentes Iglesias patriarcales o latina, y a asistir a sus lugares de culto, especialmente si no hay otra alternativa. A esta admirable realidad, que demuestra una comunión auténticamente vivida, se añade el hecho de que las diversas jurisdicciones eclesiales se superponen de modo fecundo en el mismo territorio. En este punto particular, la Iglesia en Oriente Medio es un ejemplo para otras Iglesias particulares del resto del mundo. Así, Oriente Medio es de alguna manera un laboratorio que hace ya presente hoy el porvenir de la situación eclesial. Este ejemplo, que requiere ser perfeccionado y purificado continuamente, abarca también la experiencia adquirida localmente en el campo ecuménico.
La familia
58. Institución divina fundada en el matrimonio, tal y como lo ha querido el Creador mismo (cf. Gn 2,18-24; Mt 19,5), la familia está actualmente expuesta a muchos peligros. La familia cristiana, en particular, se ve más que nunca frente a la cuestión de su identidad profunda. En efecto, las características esenciales del matrimonio sacramental –la unidad y la indisolubilidad (cf. Mt 19,6)–, y el modelo cristiano de familia, de la sexualidad y del amor, se ven hoy en día, si no rechazados, al menos incomprendidos por algunos fieles. Acecha la tentación de adoptar modelos contrarios al evangelio, difundidos por una cierta cultura contemporánea diseminada por todo el mundo. El amor conyugal se inserta en la alianza definitiva entre Dios y su pueblo, sellada plenamente en el sacrificio de la cruz. Su carácter de mutua entrega de sí al otro hasta el martirio, se manifiesta en algunas Iglesias orientales, donde cada uno de los contrayentes recibe al otro como «corona» durante la ceremonia nupcial, llamada con razón «oficio de coronación». El amor conyugal no se construye en un momento, sino que es el proyecto paciente de toda una vida. Llamada a vivir cotidianamente el amor en Cristo, la familia cristiana es un instrumento privilegiado de la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo. En este sentido, necesita ser acompañada pastoralmente[58] y sostenida en sus problemas y dificultades, sobre todo allí donde las referencias sociales, familiares y religiosas tienden a debilitarse o perderse[59].
59. Familias cristianas en Oriente Medio, os invito a renovaros siempre con la fuerza de la Palabra de Dios y los sacramentos, para ser aún más iglesia doméstica que educa en la fe y la oración, semillero de vocaciones, escuela natural de las virtudes y los valores éticos, y primera célula viva de la sociedad. Contemplad siempre a la Familia de Nazaret[60], que tuvo el gozo de acoger la vida y expresar su piedad observando la Ley y las prácticas religiosas de su tiempo (cf. Lc 2,22-24.41). Mirad a esta familia, que vivió también la prueba de la pérdida del niño Jesús, el dolor de la persecución, la emigración y el duro trabajo cotidiano (cf. Mt 2,13ss; Lc 2,41ss). Ayudad a vuestros hijos a crecer en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres (cf. Lc 2,52); enseñadles a confiar en el Padre, a imitar a Cristo y a dejarse guiar por el Espíritu Santo.
60. Después de estas reflexiones sobre la común dignidad y la vocación del hombre y la mujer en el matrimonio, pienso especialmente en las mujeres en Oriente Medio. El primer relato de la creación muestra la igualdad ontológica entre el hombre y la mujer (cf. Gn 1,27-29). Esta igualdad quedó dañada a consecuencia del pecado (cf. Gn 3,16; Mt 19,4). Superar este legado, fruto del pecado, es un deber de todo ser humano, hombre o mujer[61]. Quisiera asegurar a todas las mujeres que la Iglesia católica, fiel al designio divino, promueve la dignidad personal de la mujer y su igualdad con los hombres, frente a las más variadas formas de discriminación a las que está sometida por el simple hecho de ser mujer[62]. Estas prácticas dañan la vida de comunión y testimonio. Ofenden gravemente, no sólo a la mujer, sino también y sobre todo a Dios, el Creador. Reconociendo su sensibilidad innata para el amor y la protección de la vida humana, y honorándolas por su aportación específica en la educación, la salud, el trabajo humanitario y la vida apostólica, estimo que las mujeres deben comprometerse y estar más implicadas en la vida pública y eclesial[63]. De este modo, darán su aportación peculiar en la edificación de una sociedad más fraterna y de una Iglesia que se embellece por la verdadera comunión entre los bautizados.
61. Además, en el caso de controversias jurídicas, que lamentablemente pueden oponer al hombre y a la mujer, especialmente en cuestiones de orden matrimonial, la voz de la mujer debe ser escuchada y tomada en consideración con respeto, al igual que la del hombre, para que cesen ciertas injusticias. En este sentido, se ha de fomentar una aplicación más sana y justa del derecho de la Iglesia. La justicia de la Iglesia debe ser ejemplar en todos sus grados y en todos los campos de su competencia. Es absolutamente necesario velar para que los conflictos jurídicos relacionados con cuestiones matrimoniales no conduzcan a la apostasía. Por lo demás, los cristianos de la región deben tener la posibilidad de aplicar en el campo matrimonial, como en otros campos, su derecho propio sin restricciones.
Los jóvenes y los niños
62. Saludo con paternal solicitud a todos los niños y jóvenes de la Iglesia en Oriente Medio. Pienso en los jóvenes que buscan un sentido humano y cristiano duradero de su vida, sin olvidar a aquellos cuya juventud coincide con un alejamiento progresivo de la Iglesia, que se traduce en el abandono de la práctica religiosa.
63. Queridos jóvenes, os invito a cultivar de forma continua la amistad verdadera con Jesús (cf. Jn 15,13-15) por medio del poder de la oración. Cuanto más sólida sea, más os servirá de faro y os protegerá de los extravíos de la juventud (cf. Sal 25,7). La oración personal se hará más fuerte acudiendo regularmente a los sacramentos, que permiten un verdadero encuentro con Dios y con los hermanos en la Iglesia. No tengáis miedo ni reparo en testimoniar la amistad con Jesús en el ámbito familiar y público. Pero hacedlo respetando a los otros creyentes, judíos y musulmanes, con quienes compartís la creencia en Dios, creador del cielo y de la tierra, así como grandes ideales humanos y espirituales. No tengáis miedo ni vergüenza de ser cristianos. La relación con Jesús os hará disponibles para colaborar sin reservas con vuestros conciudadanos, con independencia de su afiliación religiosa, para construir el futuro de vuestro país sobre la dignidad humana, fuente y fundamento de la libertad, la igualdad y la paz en la justicia. Al amar a Cristo y a su Iglesia, podréis discernir sabiamente en la modernidad los valores útiles para vuestra plena realización y los males que envenenan lentamente vuestra vida. Tratad de no dejaos seducir por el materialismo y por ciertas redes sociales cuyo uso indiscriminado podría mutilar la verdadera naturaleza de las relaciones humanas. La Iglesia en Oriente Medio cuenta mucho con vuestra oración, vuestro entusiasmo, creatividad y habilidad, así como con vuestro pleno compromiso de servir a Cristo, a la Iglesia y a la sociedad, en especial a los otros jóvenes de vuestra edad[64]. No dudéis en sumaros a toda iniciativa que os ayude a fortalecer la fe y a responder a la llamada específica que el Señor os haga. Y tampoco dudéis en seguir la llamada de Cristo a optar por la vida sacerdotal, religiosa o misionera.
64. ¿He de recordaros, queridos niños, a los que me dirijo ahora, que en vuestro camino con el Señor debéis honrar en especial a vuestros padres (cf. Ex 20,12; Dt 5,16)? Ellos son vuestros educadores en la fe. Dios os ha confiado a ellos como un don inaudito para el mundo, con el fin de que ellos cuiden de vuestra salud, de vuestra educación humana y cristiana, y de vuestra formación intelectual. Y, por su parte, los padres, los educadores y formadores, las instituciones públicas, tienen el deber de respetar el derecho de los niños desde el momento de la concepción[65]. En cuanto a vosotros, queridos niños, aprended desde ahora la obediencia a Dios, siendo obedientes a vuestros padres, como el Niño Jesús (cf. Lc 2,51). Aprended también a vivir cristianamente en la familia, en la escuela, y en todas partes. El Señor no os olvida (cf. Is 49,15). Él está siempre a vuestro lado, y quiere que caminéis con él con sabiduría, valor y amabilidad (cf. Tb 6,2). Bendecid al Señor Dios en todo momento, pedidle que os guíe y lleve a buen término vuestras sendas y proyectos; recordad siempre sus mandamientos y no dejéis que se borren de vuestro corazón (cf. Tb 4,19).
65. Deseo insistir de nuevo en la formación de los niños y jóvenes, que tiene especial importancia. La familia cristiana es el lugar natural para el desarrollo de la fe de los niños y los jóvenes, su primera escuela de catequesis. En estos tiempos turbulentos, educar a un niño o a un joven es difícil. Esta insustituible tarea se hace más complicada aún debido a las particulares circunstancias religiosas y sociopolíticas de la región. Por ello quiero asegurar a los padres mi apoyo y mis oraciones. Es importante que el niño crezca en una familia unida, que vive su fe con sencillez y convicción. Y que los niños y jóvenes vean a sus padres rezar. Que los acompañen a la iglesia y que vean y comprendan que sus padres aman a Dios y desean conocerlo mejor. Y es igualmente importante que el niño y el joven vean la caridad de sus padres para con aquellos que tienen realmente necesidad. Así, comprenderán que es bueno y bello amar a Dios, les gustará estar en la iglesia y se sentirán orgullosos, pues habrán captado en su interior y experimentado quién es la verdadera roca sobre la cual construir su vida (cf. Mt 7,24-27; Lc 6,48). A los niños y jóvenes que no tienen esta oportunidad, les deseo que encuentren en su camino auténticos testigos que les ayuden a encontrar a Cristo y a descubrir la alegría de ser sus seguidores.
«Nosotros predicamos a Cristo crucificado…
que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios
» (1 Co 1,23-24)
66. El testimonio cristiano, primera forma de la misión, es parte de la vocación original de la Iglesia, que se desarrolla en fidelidad al mandato recibido del Señor Jesús: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta el confín de la tierra» (Hch 1,8). Cuando proclama a Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2,23-24), la Iglesia se convierte cada vez más en lo que ya es por naturaleza y vocación: sacramento de comunión y reconciliación con Dios y entre los hombres[66] Comunión y testimonio de Cristo son, por tanto, dos aspectos de una misma realidad, pues ambos beben de la misma fuente, la santísima Trinidad, y se apoyan sobre los mismos fundamentos: la Palabra de Dios y los sacramentos.
67. Estos dos aspectos alimentan y dan autenticidad a los demás actos del culto divino así como a las prácticas de piedad popular. La consolidación de la vida espiritual acrecienta la caridad y lleva naturalmente al testimonio. El cristiano es ante todo un testigo. Y el testimonio no sólo requiere una formación cristiana adecuada para hacer inteligibles las verdades de fe, sino también la coherencia de una vida conforme a esa misma fe, para poder responder a las exigencias de nuestros contemporáneos.
La palabra de Dios, alma y fuente de la comunión y del testimonio
68. «Y perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles» (Hch 2,42). Con esta afirmación, san Lucas hace de la primera comunidad el prototipo de la Iglesia apostólica, es decir, fundada sobre los Apóstoles elegidos por Cristo y sobre sus enseñanzas. La misión principal de la Iglesia, recibida de Cristo mismo, es la de custodiar intacto el depósito de la fe apostólica (cf. 1 Tm 6,20), fundamento de su unidad, proclamando esta fe al mundo entero. La enseñanza de los Apóstoles ha explicitado la relación de la Iglesia con las Escrituras de la primera Alianza, que llegan a su cumplimiento en la persona de Jesucristo (cf. Lc 24,44-53).
69. La meditación del misterio de la Iglesia como comunión y testimonio a la luz de las Escrituras, este gran «libro de la Alianza» entre Dios y su pueblo (cf. Ex 24,7), lleva al conocimiento de Dios, «luz en mi sendero» (Sal 119,105), para que mi pie no tropiece (cf. Sal 121,3).[67] Que los fieles, herederos de esta Alianza, busquen siempre la verdad en toda la Escritura inspirada por Dios (cf. 2 Tm 3,16-17). Esta no es un objeto de curiosidad histórica, sino la «obra del Espíritu Santo, en la cual podemos escuchar la voz misma del Señor y conocer su presencia en la historia»[68], en nuestra historia humana.
70. Las escuelas exegéticas de Alejandría, Antioquía, Edesa o Nisibis, contribuyeron en gran medida a la inteligencia y a la formulación dogmática del misterio cristiano en los siglos IV y V.[69] Toda la Iglesia les está agradecida. Los partidarios de diversas corrientes de interpretación de los textos coincidían sobre algunos principios tradicionales en exégesis, comúnmente admitidos por las Iglesias de Oriente y Occidente. El más importante es el creer que Jesucristo encarna la unidad intrínseca de los dos Testamentos y, por consiguiente, la unidad del designio salvífico de Dios en la historia (cf. Mt 5,17). Los discípulos comenzaron a comprender esta unidad sólo a partir de la Resurrección, cuando Jesús fue glorificado (cf. Jn 12,16). A continuación viene la fidelidad a una lectura tipológica de la Biblia, de acuerdo con la cual algunos hechos del Antiguo Testamento son una prefiguración (tipo y figura) de las realidades de la Nueva Alianza en Jesucristo, clave de lectura de toda la Biblia (cf. 1 Co 15,22. 45-47; Hb 8,6-7). Los textos litúrgicos y espirituales de la Iglesia testimonian la permanencia de estos dos principios de interpretación que estructuran la celebración eclesial de la Palabra de Dios e inspiran el testimonio cristiano. En este sentido, el Concilio Vaticano II precisó ulteriormente que, para descubrir el sentido exacto de los textos sagrados, hay que prestar atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe[70]. En la perspectiva de un acercamiento eclesial a la Biblia, será de gran ayuda una lectura individual y en grupo de la Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini.
71. La presencia cristiana en los países bíblicos de Oriente Medio va mucho más allá de una pertenencia sociológica o de un simple logro económico y cultural. La presencia cristiana tomará un nuevo impulso si recupera la savia de los orígenes, siguiendo a los primeros discípulos elegidos por Jesús para ser sus compañeros y para enviarlos a predicar (cf. Mc 3,14). Para que la Palabra de Dios sea el alma y el fundamento de la vida cristiana, la difusión de la Biblia en las familias favorecerá la lectura y la meditación cotidiana de la Palabra de Dios (lectio divina). Así se pone en práctica de manera apropiada una auténtica pastoral bíblica.
72. Los medios de comunicación modernos pueden ser un instrumento apto para el anuncio de la Palabra, y favorecer su lectura y meditación. Con una explicación sencilla y accesible de la Biblia, se contribuirá a despejar muchos prejuicios o ideas erróneas sobre ella, de las cuales provienen controversias inútiles y humillantes[71]. En este sentido, sería oportuno que incluyera las distinciones necesarias entre inspiración y revelación, puesto que la ambigüedad de estos dos conceptos en el espíritu de muchos falsea su modo de entender los textos sagrados, lo que no deja de tener consecuencias para el futuro del diálogo interreligioso. Estos medios pueden ayudar también a la difusión del magisterio de la Iglesia.
73. Para alcanzar estos objetivos, conviene sostener los medios de comunicación ya existentes y favorecer el desarrollo de nuevas estructuras apropiadas. La formación de un personal especializado en este sector neurálgico, no sólo desde el punto de vista técnico, sino también doctrinal y ético, es una urgencia cada vez mayor, de modo especial con vistas a la evangelización.
74. Pero, independientemente del puesto que se les asigne, el uso de los medios de comunicación social no podrá sustituir a la meditación de la Palabra de Dios, su interiorización y su aplicación para responder a las cuestiones de los fieles. Nacerá así en ellos una familiaridad con las Escrituras, una búsqueda y una profundización de la espiritualidad, y un compromiso en el apostolado y en la misión[72]. Teniendo en cuenta las condiciones pastorales de cada país de la región, se podría proclamar eventualmente un Año bíblico, seguido, si se considera oportuno, de una Semana anual de la Biblia[73].
La liturgia y la vida sacramental
75. A lo largo de toda la historia, la liturgia ha sido para los fieles de Oriente Medio un elemento esencial de unidad espiritual y de comunión. En efecto, la liturgia refleja de modo privilegiado la tradición de los Apóstoles, continuada y desarrollada en las tradiciones particulares de las Iglesias de Oriente y Occidente. Una renovación de los textos y celebraciones litúrgicas, allí donde fuera necesaria, permitiría a los fieles asimilar mejor la tradición y la riqueza bíblica y patrística, teológica y espiritual[74] de las liturgias, en la experiencia del misterio al que introducen. Una empresa semejante se debe llevar a cabo, en la medida de lo posible, colaborando con las Iglesias que no están en plena comunión, pero que también son depositarias de las mismas tradiciones litúrgicas. La deseada renovación litúrgica debe estar fundada sobre la Palabra de Dios, la tradición propia de cada Iglesia y las nuevas aportaciones teológicas y antropológicas cristianas. Dará fruto si los cristianos adquieren la convicción de que la vida sacramental los introduce profundamente en la vida nueva en Cristo (cf. Rm 6,1-6; 2 Co 5,17), fuente de comunión y testimonio.
76. Existe un vínculo vital entre la liturgia, fuente y culmen de la vida de la Iglesia, que funda la unidad del episcopado y de la Iglesia universal, y el ministerio de Pedro, que mantiene esta unidad. La liturgia expresa esta realidad, especialmente en la celebración eucarística, que se hace en unión no sólo con el obispo, sino ante todo con el Papa, con el orden episcopal, con el clero y con todo el Pueblo de Dios.
77. Por el sacramento del bautismo, conferido en el nombre de la Santísima Trinidad, entramos en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y somos configurados con Cristo para llevar una vida nueva (cf. Rm 6,11-14; Col 2,12), una vida de fe y de conversión (cf. Mc 16,15-16; Hch 2,38). El bautismo nos incorpora también al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, germen y anticipación de la humanidad reconciliada en Cristo (cf. 2 Co 5,19). En comunión con Dios, los bautizados están llamados a vivir aquí y ahora en comunión fraterna entre sí, desarrollando una solidaridad real con los demás miembros de la familia humana, sin discriminaciones basadas en motivos de raza y religión, por ejemplo. En este contexto, hay que vigilar para que la preparación sacramental de los jóvenes y los adultos se lleve a cabo con la mayor profundidad y durante un periodo que no sea demasiado breve.
78. La Iglesia católica considera el bautismo válidamente conferido como «el vínculo sacramental de unidad entre todos los que con él se han regenerado»[75]. Que no tarde en llegar el día en que veamos un acuerdo ecuménico entre la Iglesia católica y las Iglesias con las que mantiene un diálogo teológico sobre el reconocimiento mutuo del bautismo, con vistas a restaurar después la plena comunión en la fe apostólica. De ello depende en parte la credibilidad del mensaje y del testimonio cristiano en Oriente Medio.
79. La Eucaristía, con la cual la Iglesia celebra el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo para la salvación de muchos, funda la comunión eclesial y la lleva a su plenitud. San Pablo ha erigido esto admirablemente en un principio eclesiológico con estas palabras: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Iglesia de Cristo, sufriendo en su misión el drama de las divisiones y separaciones, y no deseando que sus miembros se reúnan para su propia condenación (cf. 1 Co 11,17-34), espera ardientemente que se acerque el día en que todos los cristianos puedan finalmente comulgar juntos de un mismo pan en la unidad de un solo cuerpo.
80. En la celebración de la Eucaristía, la Iglesia experimenta cotidianamente también la comunión de sus miembros con vistas al testimonio diario en la sociedad, que es una dimensión esencial de la esperanza cristiana. Así, la Iglesia toma conciencia de la unidad intrínseca de la esperanza escatológica y del compromiso en el mundo cuando hace memoria de toda la economía de la salvación: desde la encarnación hasta la parusía. Esta noción se podría profundizar más en una época en que la dimensión escatológica de la fe se ha debilitado, y en la que el sentido cristiano de la historia, como camino hacia su cumplimiento en Dios, se desvanece en favor de proyectos limitados únicamente al horizonte humano. Peregrinos en camino hacia Dios, siguiendo a innumerables ermitaños y monjes, buscadores del Absoluto, los cristianos que viven en Oriente Medio sabrán encontrar en la Eucaristía la fuerza y la luz necesarias para testimoniar el evangelio, a menudo contra corriente y a pesar de innumerables limitaciones. Se apoyarán en la intercesión de los justos, santos, mártires y confesores, y de todos los que han agradado al Señor, como se canta en nuestras liturgias de Oriente y Occidente.
81. El sacramento del perdón y de la reconciliación, del que junto con los Padres sinodales deseo una renovación en su comprensión y en su práctica entre los fieles, es una invitación a la conversión del corazón[76]. En efecto, Cristo pide claramente: Cuando vayas a «presentar tu ofrenda sobre el altar…, vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24). La conversión sacramental es un don que requiere ser mejor acogido y practicado. El sacramento del perdón y de la reconciliación perdona ciertamente los pecados, pero también cura. Recibirlo con mayor frecuencia favorece la formación de la conciencia y la reconciliación, ayudando a superar los diferentes miedos y a luchar contra la violencia. Pues sólo Dios da la paz auténtica (cf. Jn 14,27). En este sentido, exhorto a los pastores, así como a los fieles que están a su cuidado, a purificar incesantemente la memoria individual y colectiva, liberando de prejuicios los espíritus a través de la aceptación mutua y la colaboración con las personas de buena voluntad. Exhorto también a promover toda iniciativa de paz y reconciliación, incluso en medio de las persecuciones, para ser de verdad discípulos de Cristo según el espíritu de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12). Es necesario que la «buena conducta» de los cristianos (cf. 1 P 3,16) se convierta por su ejemplaridad en levadura en la masa humana (cf. Lc 13,20-21), pues se funda en Cristo, que invita a la perfección (cf. Mt 5,48; St 1,4; 1 P 1,16).
La oración y las peregrinaciones
82. La Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio ha subrayado con vigor la necesidad de la oración en la vida de la Iglesia, para dejarse transformar por su Señor y para que cada fiel permita que Cristo viva en él (cf. Ga 2,20). En efecto, como el mismo Jesús nos muestra retirándose a orar en los momentos decisivos de su vida, la eficacia de la misión evangelizadora, y por tanto del testimonio, tiene su fuente en la oración. Con su oración personal y comunitaria, el creyente, abriéndose a la acción del Espíritu de Dios, hace penetrar en el mundo la riqueza del amor y la luz de la esperanza que hay en él (cf. Rm 5,5). Que el deseo de rezar crezca entre los pastores del Pueblo de Dios y entre los fieles, para que la contemplación del rostro de Cristo inspire cada vez más su testimonio y su acción. Jesús recomendó a sus discípulos orar sin cesar y sin desfallecer (cf. Lc 18,1). Las situaciones humanas dolorosas causadas por el egoísmo, la iniquidad o la voluntad de poder, pueden provocar cansancio y desánimo. Por eso, Jesús recomienda la oración continua. Ella es la verdadera «tienda del encuentro» (cf. Ex 40,34), el lugar privilegiado de la comunión con Dios y con los hombres. Recordemos el significado del nombre del Niño cuyo nacimiento fue anunciado por Isaías y que trae la salvación: Emmanuel, «Dios con nosotros» (cf. Is 7,14; Mt 1,23). Jesús es nuestro Emmanuel, verdadero Dios con nosotros. Invoquémoslo con fervor.
83. Oriente Medio, tierra de la revelación bíblica, ha sido desde muy pronto una meta privilegiada de peregrinación para muchos cristianos, venidos de todo el mundo para fortalecer su fe y vivir una experiencia profundamente espiritual. Se trataba entonces de un gesto penitencial que respondía a una auténtica sed de Dios. La peregrinación bíblica actual debe volver a esta intuición inicial. Inspirada en la penitencia para la conversión y en la búsqueda de Dios, y poniendo sus pasos sobre los pasos terrenos de Cristo y de los apóstoles, la peregrinación a los lugares santos y apostólicos, vivida con fe y hondura, puede ser una auténtica sequela Christi. En un segundo momento, permite también que los fieles se impregnen más de la riqueza visual de la historia bíblica, que les recordará los grandes momentos de la economía de la salvación. Conviene igualmente que se asocie la peregrinación bíblica a la peregrinación a los santuarios de los mártires y los santos, en los que la Iglesia venera a Cristo, fuente de su martirio y de su santidad.
84. Ciertamente, la Iglesia vive en la espera vigilante y confiada de la llegada final del Esposo (cf. Mt 25,1-13). Recuerda, siguiendo a su Maestro, que la verdadera adoración es en espíritu y verdad, y no está limitada a un lugar santo, por importante que sea en la conciencia de los creyentes por su simbolismo y religiosidad (cf. Jn 4,21.23). La Iglesia, y en ella todo bautizado, siente sin embargo la necesidad legítima de un retorno a las fuentes. En los lugares donde se produjeron los acontecimientos de la salvación, todo peregrino podrá comprometerse en un camino de conversión a su Señor y encontrar un nuevo impulso. Deseo que los fieles de Oriente Medio puedan hacerse ellos mismos peregrinos en estos lugares santificados por el Señor y tener acceso libre sin restricción a los mismos. Por otra parte, las peregrinaciones a estos lugares ayudarán a los cristianos no orientales a descubrir la riqueza litúrgica y espiritual de las Iglesias orientales. Contribuirán asimismo a sostener y animar las comunidades cristianas a permanecer fiel y valerosamente en estas tierras benditas.
La evangelización y la caridad: misión de la Iglesia
85. La transmisión de la fe cristiana es una misión esencial para la Iglesia. Para poder responder mejor a los desafíos del mundo actual, invito a todos los fieles de la Iglesia a una nueva evangelización. Para que ésta dé sus frutos, debe permanecer fiel a la fe en Jesucristo. «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16), exclamaba san Pablo. En la inestable situación actual, esta nueva evangelización quiere lograr que los fieles tomen conciencia de que su testimonio de vida[77] da fuerza a su palabra cuando se atreven a hablar de Dios abierta y valientemente para anunciar la Buena Nueva de la salvación. También toda la Iglesia católica presente en Oriente Medio está invitada, con la Iglesia universal, a comprometerse en esta evangelización, teniendo en cuenta con discernimiento el contexto cultural y social actual, sabiendo reconocer sus expectativas y sus límites. Es, ante todo, una llamada a dejarse evangelizar de nuevo para reencontrarse con Cristo, una llamada que se dirige a toda comunidad eclesial y a cada uno de sus miembros. Pues, como recordaba el Papa Pablo VI: «El que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia»[78].
86. Profundizar en el sentido teológico y pastoral de esta evangelización es una tarea importante para «compartir el don inestimable que Dios ha querido darnos, haciéndonos partícipes de su propia vida»[79]. Dicha reflexión deberá abrirse a las dos dimensiones, la ecuménica y la interreligiosa, inherentes a la vocación y a la misión propia de la Iglesia católica en Oriente Medio.
87. Desde hace bastantes años, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades están presentes en Oriente Medio. Son un don del Espíritu a nuestra época. No se debe apagar el Espíritu (cf. 1 Ts 5,19); sin embargo, corresponde a cada uno y a cada comunidad poner su carisma al servicio del bien común (cf. 1 Co 12,7). La Iglesia católica en Oriente Medio se alegra del testimonio de fe y de comunión fraterna de estas comunidades, donde se reúnen cristianos de varias Iglesias, sin confusión ni proselitismo. Animo a los miembros de estos movimientos y comunidades a ser artífices de comunión y testigos de la paz que viene de Dios, en unión con el obispo del lugar y según sus directrices pastorales, teniendo en cuenta la historia, la liturgia, la espiritualidad y la cultura de la Iglesia local[80]. Así demostrarán su adhesión generosa y su deseo de servir a la Iglesia particular y a la Iglesia universal. Por último, su buena integración manifestará la comunión en la diversidad y ayudará a la nueva evangelización.
88. Cada una de las Iglesias católicas presentes en Oriente Medio, herederas de un impulso apostólico que ha llevado la Buena Nueva a tierras lejanas, están invitadas también a renovar su espíritu misionero por la formación y el envío de hombres y mujeres orgullosos de su fe en Cristo, muerto y resucitado, y capaces de anunciar con valor el Evangelio, tanto en su región como en los territorios de la diáspora, o incluso en otros países del mundo[81]. El Año de la Fe, que se sitúa en el contexto de la nueva evangelización, si se vive con una convicción intensa, será un excelente estímulo para promover una evangelización interna de las Iglesias de la región, y para consolidar el testimonio cristiano. Dar a conocer al Hijo de Dios muerto y resucitado, el único Salvador de todos, es un deber constitutivo de la Iglesia y una responsabilidad imperativa para todo bautizado. Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4). Frente a esta misión urgente y exigente, y en un contexto multicultural y religiosamente plural, la Iglesia goza de la asistencia del Espíritu Santo, don del Señor resucitado, que sigue sosteniendo a los suyos, y del tesoro de las grandes tradiciones espirituales que ayudan a buscar a Dios. Animo a las circunscripciones eclesiásticas, a los Institutos religiosos y a los movimientos a desarrollar un auténtico espíritu misionero, que será para ellos prenda de renovación espiritual. Para esta misión, la Iglesia católica en Oriente Medio puede contar con el apoyo de la Iglesia universal.
89. La Iglesia católica en Oriente Medio trabaja desde hace mucho tiempo a través de una red de instituciones educativas, sociales y caritativas. Hace suya la exhortación de Jesús: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Acompaña el anuncio del evangelio con obras de caridad, de acuerdo con la naturaleza misma de la caridad cristiana, respondiendo a las necesidades inmediatas de todos, cualquiera que sea su religión, independientemente de partidos e ideologías, con la única finalidad de vivir en la tierra el amor de Dios por los seres humanos[82]. A través del testimonio de la caridad, la Iglesia aporta su contribución a la vida de la sociedad y desea contribuir a la paz que la región necesita.
90. Jesucristo se acerca a los más débiles. La Iglesia, guiada por su ejemplo, trabaja en el servicio de acogida de los niños en las guarderías y orfanatos, en el de los pobres, de las personas discapacitadas, de los enfermos y de toda persona necesitada para que se integre cada vez más en la comunidad humana. La Iglesia cree en la dignidad inalienable de toda persona humana y adora a Dios, creador y padre, sirviendo a sus criaturas tanto en sus necesidades materiales como espirituales. Es por Jesús, Dios y hombre verdadero, por quien la Iglesia realiza su ministerio de consolación que sólo busca reflejar la caridad de Dios por la humanidad. Quisiera manifestar aquí mi admiración y mi agradecimiento a todas las personas que consagran su vida a este noble ideal, y asegurarles la bendición de Dios.
91. Los centros educativos, las escuelas, los institutos superiores y las universidades católicas de Oriente Medio son numerosos. Los religiosos, las religiosas y los laicos que trabajan en ellos realizan una labor impresionante que aprecio y animo. Sin hacer proselitismo, esas instituciones educativas católicas acogen a alumnos o estudiantes de otras Iglesias y de otras religiones[83]. Siendo inestimables instrumentos de cultura para formar a los jóvenes en el conocimiento, demuestran de manera palpable que en Oriente Medio es posible vivir en el respeto y la colaboración, mediante una educación en la tolerancia y una búsqueda continua de calidad humana. Asimismo, están atentas a las culturas locales, que desean promover subrayando los elementos positivos que contienen. Una gran solidaridad entre los padres, los estudiantes, las universidades y las eparquías y diócesis, sostenida por la ayuda de cajas de mutualidad, permitirá garantizar a todos el acceso a la educación, sobre todo a aquellos que no tienen los recursos necesarios. La Iglesia pide también a los distintos responsables políticos que sostengan a estas instituciones que, por su actividad, contribuyen real y eficazmente al bien común, a la construcción y al futuro de las distintas naciones[84].
La catequesis y la formación cristiana
92. San Pedro recuerda en su primera carta: «Debéis estar siempre dispuestos para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto» (3,15-16). Los bautizados han recibido el don de la fe. Ella inspira toda su vida y los lleva a dar razón con delicadeza y respeto de las personas, pero también con franqueza y valentía (cf. Hch 4,29ss). También han de ser iniciados de manera adecuada en la celebración de los santos misterios, introducidos en el conocimiento de la doctrina revelada e invitados a la coherencia de vida y del obrar cotidiano. Esta formación de los fieles se asegura ante todo por la catequesis, cuando sea posible en una fraterna colaboración entre las distintas Iglesias.
93. La liturgia, y en primer lugar la celebración de la Eucaristía, es una escuela de fe que conduce al testimonio. La Palabra de Dios anunciada de manera adecuada debe llevar a los fieles a descubrir su presencia y su eficacia en su vida y en la de los hombres de hoy. El Catecismo de la Iglesia Católica es una base necesaria. Como ya he indicado, se debe alentar su lectura y su enseñanza, como también una iniciación concreta a la Doctrina social de la Iglesia, expresada de modo especial en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, así como en los grandes documentos del Magisterio pontificio[85]. La realidad de la vida eclesial en Oriente Medio y la ayuda mutua en la diaconía de la caridad permiten que esta formación tenga una dimensión ecuménica, según la especificidad de los lugares y de acuerdo con las autoridades eclesiales respectivas.
94. Por otra parte, el compromiso de los cristianos en la Iglesia y en las instituciones civiles se reforzará mediante una sólida formación espiritual. Parece necesario facilitar a los fieles, sobre todo a aquellos que viven en las tradiciones orientales y a causa de la historia de sus Iglesias, el acceso a los tesoros de los Padres de la Iglesia y de los maestros espirituales. Invito a los Sínodos y a los demás organismos episcopales a reflexionar seriamente en la realización progresiva de este anhelo y en la actualización necesaria de la enseñanza patrística, que completará la formación bíblica. Esto implica en primer lugar que los sacerdotes, los consagrados y los seminaristas o novicios aprovechen estos tesoros para profundizar su vida personal de fe, para que después puedan compartirlos con seguridad. Las enseñanzas de los maestros espirituales de Oriente y de Occidente, y las de los santos y santas, ayudarán a quienes buscan verdaderamente a Dios.
95. «No temas, pequeño rebaño» (Lc 12,32). Con estas palabras de Cristo, quisiera alentar a todos los pastores y fieles cristianos de Oriente Medio a mantener viva con valentía la llama del amor divino en la Iglesia y en sus ambientes de vida y de actividades. De este modo conservarán íntegras la esencia y la misión de la Iglesia, tal como Cristo las ha querido. Y, también así, las particularidades legítimas e históricas enriquecerán la comunión entre los bautizados, con el Padre y con su Hijo Jesucristo, cuya sangre purifica todo pecado (cf. 1 Jn 1,3.6-7). Al alba del cristianismo, san Pedro, apóstol de Jesucristo, escribió su Primera carta a algunas comunidades creyentes de Asia Menor en dificultad. En los comienzos de este nuevo milenio, ha sido oportuno que se reuniesen en Sínodo, junto al Sucesor de Pedro, los pastores y los fieles de Oriente Medio, y también de otros lugares, para rezar y reflexionar juntos. La exigencia apostólica y la complejidad del momento invitan a la oración y al dinamismo pastoral. La urgencia de la hora presente y la injusticia de tantas situaciones dramáticas, releyendo la Primera carta de san Pedro, llaman a unirse para testimoniar juntos a Cristo muerto y resucitado. Este estar juntos, esta comunión querida por nuestro Señor y Dios, es más necesaria que nunca. Dejemos de lado todo lo que parece ser causa de insatisfacción, aunque sea legítimo, para concentrarnos con un solo corazón en lo único necesario: unir en el Hijo único a todos los hombres y todo el universo (cf. Rm 8,29; Ef 1,5.10).
96. Cristo confió a Pedro la misión específica de apacentar sus ovejas (cf. Jn 21,15-17) y sobre él edificó su Iglesia (cf. Mt 16,18). Como Sucesor de Pedro, no olvido las tribulaciones y los sufrimientos de los fieles de Cristo y, sobre todo, de quienes viven en Oriente Medio. El Papa está unido espiritualmente a ellos de modo particular. Por eso, en nombre de Dios, pido a los responsables políticos y religiosos de estas sociedades no sólo que alivien esos sufrimientos, sino que eliminen las causas que los producen. Les pido que hagan todo lo posible para que por fin reine la paz.
97. El Papa nunca olvida que la Iglesia –la ciudad santa, la Jerusalén celestial–, de la que Cristo es la piedra angular (cf. 1 P 2,4.7) y del que él mismo ha recibido la misión de cuidar en esta tierra, está construida sobre cimientos hechos de diferentes piedras preciosas de muchos colores (cf. Ap 21,14.19-20). Las venerables Iglesias orientales y la Iglesia de rito latino son esas joyas espléndidas, que se postran en adoración ante «el río de agua de vida, reluciente como el cristal, que brota del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22,1).
98. Para permitir a los hombres ver el rostro de Dios y su nombre escrito en sus frentes (cf. Ap 22,4) por la bendición de Dios, invito a todos los fieles católicos a dejarse guiar por el Espíritu de Dios para consolidar más la comunión entre ellos, y a vivir en una fraternidad sencilla y gozosa. Sé que ciertas circunstancias pueden llevar a veces a ceder a componendas que amenazan con romper la comunión humana y cristiana. Por desgracia, se llega a eso con demasiada frecuencia, y esta tibieza disgusta a Dios (cf. Ap 3,15-19). La luz de Cristo (cf. Jn 12,46) quiere llegar a todos los rincones de la tierra y del hombre, incluso a los más sombríos (cf. 1 P 2,9). Para ser lámpara portadora de la única Luz (cf. Lc 11,33-36) y poder dar testimonio por doquier (cf. Mc 16,15-18), hay que elegir el camino que conduce a la vida (cf. Mt 7,14), dejando atrás las obras estériles de las tinieblas (cf. Ef 5,9-14) y rechazándolas con determinación (cf. Rm 13,12ss).
99. Que la fraternidad de los cristianos, por su testimonio, se convierta en levadura en la masa humana (cf. Mt 13,33). Que los cristianos de Oriente Medio, católicos y otros, den con valentía en unidad este testimonio nada fácil, pero apasionante a causa de Cristo, a fin de recibir la corona de la vida (cf. Ap 2,10b). El conjunto de la comunidad cristiana los anima y los sostiene. Que la prueba que viven algunos de nuestros hermanos y hermanas (cf. Sal 66,10; Is 48,10; 1 P 1,7), fortalezca la fidelidad y la fe de todos. «A vosotros, gracia y paz abundantes… Paz a todos vosotros, los que vivís en Cristo» (1 P 1,2b; 5,14b).
100. El corazón de María, Théotokos y Madre de la Iglesia, fue traspasado (cf. Lc 2,34-35) a causa de la «contradicción» que ha traído su divino Hijo, es decir, por la oposición y la hostilidad a la misión de luz que Cristo afrontó, y que la Iglesia, su Cuerpo místico, sigue viviendo. María, a la que toda la Iglesia venera con ternura, tanto en Oriente como en Occidente, nos asistirá maternalmente. María, la Toda Santa, que caminó entre nosotros, sabrá presentar nuevamente nuestras necesidades a su divino Hijo. Ella nos ofrece a su Hijo. Escuchémosla, porque nos abre a la esperanza: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).
Beirut, Líbano, 14 de septiembre de 2012, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, octavo año de mi Pontificado.
BENEDICTUS PP. XVI

[1] Homilía en la apertura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (10 octubre 2010): AAS 102 (2010), 805.
[2] Cf. Propositio 4.
[3] Código de los cánones de las Iglesias orientales, c. 39; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 1; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Una esperanza nueva para el Líbano (10 mayo 1997), 40: AAS 89 (1997), 346-347, donde se desarrolla el tema de la unidad entre la Tradición apostólica común y las tradiciones eclesiales nacidas de ella en Oriente.
[4] Cf. Homilía en la Misa de Nochebuena en la Solemnidad de la Natividad del Señor (24 diciembre 2010): AAS 103 (2011), 17-21.
[5] Cf. Propositio 9.
[6] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 1.
[7] Cf. A los participantes en la plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (27 enero 2012), AAS 104 (2012), 109.
[8] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 8.
[9] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 83-84: AAS 87 (1995), 971-972.
[10] Cf. Consejo pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993): AAS 85 (1993), 1039-1119.
[11] Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 24.
[12] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 15.
[13] Cf. Id., Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 26-27.
[14] Cf. Id., Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 15; Consejo pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 122-128: AAS 85 (1993), 1086-1088.
[15] Cf. Consejo pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 145: AAS 85 (1993), 1092.
[16] Cf. Propositio 28, en que se proponen algunas iniciativas que son de competencia pastoral local y otras que afectan al conjunto de la Iglesia católica, que se estudiarán de acuerdo con la Sede de Pedro.
[17] Cf. Propositio 40.
[18] Cf. Discurso en la visita de cortesía a los dos grandes rabinos de Jerusalén, Jerusalén (12 mayo 2009), AAS 101 (2009), 522-523; Propositio 41.
[19] Cf. Propositio 5.
[20] Cf. Propositio 42.
[21] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2-8; Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2011: AAS 103 (2011), 46-58; Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10 enero 2011): AAS 103 (2011), 100-107.
[22] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra Aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
[23] Discurso en el Encuentro con los miembros del Gobierno, los representantes de las Instituciones de la República, el Cuerpo Diplomático y los representantes de las principales religiones (Cotonou, 19 noviembre 2011): AAS 103 (2011), 820.
[24] Cf. Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2006 (18 octubre 2005): AAS 97 (2005), 981-983; Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2008 (18 octubre 2007): AAS 99 (2007) 1065-1068; Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2012 (21 septiembre 2011): AAS 103 (2011), 763-766.
[25] Cf. Propositio 11.
[26] Cf. Propositiones 6; 10.
[27] Cf. Propositio 12.
[28] Cf. Propositio 15.
[29] Cf. Propositio 14.
[30] Homilía en la Misa de clausura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (24 octubre 2010): AAS 102 (2010), 815.
[31] Cf. Homilía en la apertura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (10 octubre 2010): AAS 102 (2010), 805.
[32] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28 mayo 1992), 9: AAS 85 (1993), 843-844; sobre todo el primer parágrafo, donde se dice: «“La Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”. No es el resultado de la comunión de las Iglesias, sino que, en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular».
[33] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
[34] Cf. Código de los cánones de las Iglesias orientales, cann. 76,1-2; 92,1-2.
[35] Cf. ibíd., can. 97.
[36] Cf. ibíd., can. 83,1.
[37] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores gregis (16 octubre 2003), 26: AAS 96 (2004), 859-860.
[38] Id, Exhort. ap. postsinodal Una esperanza nueva para el Líbano (10 mayo 1997), 60: AAS 89 (1997), 364.
[39] Cf. Propositio 22.
[40] Cf. Código de los cánones de las Iglesias orientales, can. 192,1.
[41] Cf. Propositio 7.
[42] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, 4-6.
[43] Cf. Mensaje final (22 octubre 2010), 4, 3.
[44] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, 11.
[45] Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis Institutionis sacerdotalis (19 marzo 1985), 5-10.
[46] Cf. Carta a los seminaristas (18 octubre 2010): AAS 102 (2010), 793-798.
[47] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Orientale Lumen (2 mayo 1995): AAS 87 (1995), 745-774.
[48] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 44; Id., Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 5; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), 14, 30: AAS 88 (1996), 387-388; 403-404.
[49] Cf. Propositio 26.
[50] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Instruc. Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio (19 mayo 2002): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (26-28 junio 2002), 5-14.
[51] Cf. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y Congregación para los Obispos, Criterios sobre las relaciones entre Obispos y Religiosos en la Iglesia, Mutuae relationes (14 mayo 1978), 52-65: AAS 70 (1978), 500-505. Sobre el papel de los monjes en las Iglesias orientales católicas, cf. Código de los cánones de las Iglesias orientales, cann., 410-572.
[52] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 30-38; Id., Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988): AAS 81 (1989), 393-521.
[53] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Una esperanza nueva para el Líbano (10 mayo 1997), 45.103: AAS 89 (1997), 350-352. 400; Propositio 24.
[54] Homilía en la Misa de clausura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (24 octubre 2010): AAS 102 (2010), 814.
[55] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
[56] Cf. Propositio 30.
[57] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre1988), 57-63: AAS 81 (1989), 506-518.
[58] Cf. Id., Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981): AAS 74 (1982), 81-191; Santa Sede, Carta de los derechos de la familia (22 octubre 1983): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (27 noviembre 1983), 9-10; Juan Pablo II, Carta a las familias (2 febrero 1994): AAS 86 (1994), 868-925; Consejo Pontificio de la Justicia y de la Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 209-254.
[59] Cf. Propositio 35.
[60] Cf. Homilía en la Misa en el Monte del Precipicio, Nazaret (14 mayo 2009): AAS 101 (2009), 478-482.
[61] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 10: AAS 80 (1988), 1676-1677.
[62] Cf. Id., Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 49: AAS 81 (1989), 486-487.
[63] Cf. Id., Exhort. ap. postsinodal Una nueva esperanza para el Líbano (10 mayo 1997), n. 50: AAS 89 (1997), 354-355; Mensaje final (22 octubre 2010), 4,4; Propositio 27.
[64] Cf. Propositio 36.
[65] Cf. Propositio 27.
[66] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.
[67] Cf. Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 24: AAS 102 (2010), 704.
[68] Ibíd., 19: AAS 102 (2010), 701.
[69] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 14.
[70] Cf. Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 12.
[71] Cf. Propositio 2.
[72] Cf. ibíd.
[73] Cf. Propositio 3.
[74] Cf. Propositio 39.
[75] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 22.
[76] Cf. Propositio 37.
[77] Cf. Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 97: AAS 102 (2010), 767-768.
[78] Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 24: AAS 68 (1976), 21.
[79] Carta ap. en forma de Motu proprio, Ubicumque et semper (21 septiembre 2010): AAS 102 (2010), 791.
[80] Cf. Propositio 17.
[81] Cf. Propositio 34.
[82] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 31: AAS 98 (2006), 243-245.
[83] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (3 diciembre 2007), 12, nota 49, que trata del proselitismo: AAS 100 (2008), 502.
[84] Cf. Propositio 32.
[85] Cf. Propositio 30.
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