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viernes, 13 de febrero de 2015

50 Sombras de Grey Conoce la Verdad sobre esta película


 Fuente: 
¿Cómo terminaría 50 sombras de Grey en la vida real? ¿En refugio femenino lleno de amor o un cementerio?

(ACI/EWTN Noticias).- El 14 de febrero, día de San Valentín, no suele ser una fecha para “celebrar” la violencia en las relaciones de pareja. Sin embargo, miles de personas ya están comprando sus entradas para el estreno mundial de la película “50 Sombras de Grey”, basada en una trilogía de libros pornográficos sobre la relación sadomasoquista de un joven adinerado con una muchacha que acepta ser usada con la esperanza de que él se enamore de ella.

La película está basada en las novelas de la británica E.L. James. La primera novela vendió más de 100 millones de copias en todo el mundo (más ejemplares que todos los libros del también best seller Harry Potter). En el libro, el adinerado Christian Grey realiza sus fantasías sexuales con una ingenua Anastasia, de 21 años de edad.
Diversas organizaciones, especialmente en Estados Unidos, están protestando contra esta cinta, porque intenta presentar la violencia contra las mujeres como una relación romántica.

Por su parte, Tanisha Martin, coach de mujeres en Colorado comentó que “he visto a mucha gente emocionada de ver la película y leer los libros y pienso que no están viendo la parte de abuso en ellos”.

Para Martin, la historia de Anastasia y Christian se parece a la suya. Su exesposo era abusivo de varias maneras. Ella, como Anastasia, se convenció de que podía amar a su marido pese a sus abusos. 

“Ese es un concepto peligroso que busca ser glorificado. Pero esa no es la realidad para muchas víctimas y tampoco para mí. Ya es confuso ser víctima porque buena parte del tiempo no te das cuenta de que lo eres. Incluso cuando ves los signos, sigues pensando que es distinto contigo… que no es un gran problema”, relató a ACI Prensa.

Una cultura “pornificada”

Dines lamenta que existan “ahora medios que celebran esta violencia contra las mujeres. Ningún grupo habría celebrado ser golpeado y torturado así. Sería un escándalo. Para cualquier grupo minoritario, si se hubiese erotizado y luego violado a alguien, la gente estaría arrasando con los cines en las calles. ¿Y qué tenemos? A los medios promoviendo esto masivamente”.

Dines, profesora de sociología del Wheelock College en Boston, cree que el éxito de 50 Sombras de Grey se debe a que en la cultura actual la pornografía es considerada aceptable.

“Si se quiere entender su popularidad, se tiene que ver a la forma en la que la pornografía literalmente ha secuestrado la forma en la que la forma piensa respecto al sexo y la sexualidad”, recalcó.

Como socióloga, Dines ha hecho diversos estudios sobre los efectos de la pornografía en el cerebro de los hombres. Mientras más joven la persona se hace adicta, más difícil es sacarla de la adicción. Esto, explica, está cambiando la forma del cerebro masculino.

“Tenemos 40 años de investigación en psicología experimental que nos dice que mientras más pornografía vean los muchachos, más creen en ella”, añade.

Campaña por las mujeres

La doctora Dines y otras organizaciones se han reunido para lanzar la campaña #50dollarsnot50shades para intentar boicotear la película haciendo lo siguiente: en vez de ir al cine y gastar 50 dólares en entradas y palomitas de maíz para dos personas; donar ese dinero a algún hogar o refugio para víctimas de la violencia doméstica. 

“Esta es una protesta que busca además dar dinero a las mujeres en refugios, porque allí es donde Anastasia va a terminar. Ella no va a terminar una bella casa en un lago con un chico que la adora. Si tiene suerte acabará en un refugio, y si no tiene suerte terminará en un cementerio”, concluye Dines.

Toma Acción cristiana

1.- Cuida tu vida emocional y espiritual y NO vayas a ver esta película.
2.- Promueve este artículo por todos los medios que puedas.
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jueves, 25 de septiembre de 2014



CATOLICISMO TIBIO
(Por el Padre  William   Casey)
Fuente: Revista de Rosario Viviente

“<Conozco bien tus obras, que ni eres frío ni caliente; ¡ojala fueras frío, o caliente! Mas por cuanto eres tibio, y no frio, ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca, porque estás diciendo: Yo soy rico, y hacendado, y de nada tengo falta, y no conoces que eres un desdichado, y miserable, y pobre, y ciego, y desnudo. Aconséjote que compres de mí el oro  afinado en el fuego, con que te hagas rico, y te vistas de ropas blancas, y no se descubra la vergüenza de tu desnudez, y unge tus ojos con colirio para que veas. Yo a los que amo, los reprendo y castigo. Arde, pues, en celo, y haz penitencia.” > Libro del Apocalipsis 3L14

Antes de comenzar, déjenme decirles esto. Hoy con la ayuda de la Gracia de Dios voy a tratar de hablar con completa honestidad. A veces, puedo ser un poco doloroso y brutalmente franco. A algunos de ustedes quizá no les guste lo que tengo que decir: ¡NO IMPORTA!  Tiempos duros exigen plática dura y amor duro. Si ofendo a alguien, me disculpo con anticipación, pero hay ciertas cosas que creo deben decirse, cosas que por demasiado tiempo se han callado. A estas alturas siento como que nosotros los sacerdotes no tenemos nada que perder. San Pablo escribió: “Conque por deciros la verdad, ¿me he hecho enemigo vuestro?” (Ga. 4:16)

Yo creo que hay un sentido de urgencia que debe prevalecer entre hombres y mujeres de fe si la Iglesia en este país ha de continuar de una manera efectiva. Si vamos a dar un reverso a este mal, una cosa es de seguro, no va a ser fácil. A menos que hayan estado viviendo en otro planeta este último año, saben que la Iglesia en América ha sido gravemente herida por escándalo. El Arzobispo Fulton Sheen solía comparar la Iglesia al Arca de Noé:
LEVANDO EL REMANENENTE DE LOS FIELES
A LA SALVACION A TRAVES DE LAS
TEMPESTADES DE LA VIDA Y LA CRECIENTE
MAREA DEL MAL EN EL MUNDO.

Con todos esos animales en el Arca de Noé por todo ese tiempo, pueden apostar que a veces el olor estaba fétido. Así es con la Iglesia, las cosas están oliendo muy mal ahorita con la clase de escándalos que apestan. Apenas hay platica de evangelización porque todos están hablando del escándalo. Estos escándalos de la clase más indignante y abominable son perpetrados por almas consagradas que increíblemente los llevaron a cabo con el conocimiento completo de las autoridades de la Iglesia que simplemente escogieron no hacer nada para detenerlo. ¡Dios tenga misericordia de sus almas! La nueva evangelización es parada en seco. Está atascada en el fango de corrupción. En vez de una primavera en la Iglesia, tenemos un frío invierno de incredulidad.

San Pablo dice: “¿Quién cae en pecado que yo no requeme?” Es necesario hacer algo al respecto. Estoy horrorizado por todo, pero no azorado ni sorprendido. Cualquiera que haya sabido algo de lo que ha estado pasando en la Iglesia y los seminarios durante los últimos 30 años pudieron haber visto hace mucho la llegada de este día. ¡Era enteramente predecible! Se me está acabando la paciencia con aquellos que minimizan y trivializan la gravedad, la enormidad y los efectos devastadores de estos escándalos sobre la Iglesia. Algunos responden de una manera negligente diciendo. “Siempre habrá escándalos, oh, bueno, no te preocupes, todo saldrá bien. Todo pasara pronto, Dios lo arreglara. No es gran cosa, seguir como siempre.”

La idea de que no necesitamos hacer nada para corregir esta situación ahorita es abominable. Por favor no me digan que escándalo, corrupción, moral, disidencia y depravación, tienen que seguir como siempre en la Iglesia, la  “Norma” para nosotros los católicos. Si no vamos a hacer nada y aceptamos esto, ¡hay algo mal con nosotros! Permítanme usar esta analogía. Supongan que un día están en el hogar con su familia y de repente los niños entran corriendo a la sala gritando que la casa se está incendiando. ¿Qué harían? ¿Cómo reaccionarían? Se sentaran calmadamente y dirán: “Oh, bueno, siempre ha habido incendios, no se preocupen, alguien lo extinguirá, Dios lo extinguirá a la larga Él solo se extinguirá.”  Es eso lo que dirían? ¿Cuántos de ustedes reaccionarían de esa manera si su casa se estuviera quemando? ¡Amigos la Iglesia es nuestro Hogar espiritual y nuestra Hogar está en peligro! Si Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra Su Iglesia pero Él no prometió que sobrevivirá aquí. Piensen en todos los países por todo el mundo, todas estas naciones que una vez fueron católicos y ahora, la Verdadera Fe está muerta. Piensen en África del Norte y todos los lugares en Asia Menor donde San Pablo predico; piensen en Escandinavia, piensen en Inglaterra, Escocia, Holanda, Alemania del Norte. No piensen que no puede pasar aquí.  Yo les digo que el Escándalo causa la perdida de almas. Esto es lo peor que puede pasar en el orden de la creación. Nada de los que puedan nombrar en el orden de la creación de Dios puede ser peor que la perdida de almas.



E  destruye la fe de almas débiles,

S    destruye la imagen pública
C    la Iglesia y de los Sacerdotes en particular

A     hace la obra de evangelización
N    muy, muy difícil y, en
D      muchos casos, imposible

L       es como una bomba de neutro
O       nes que explota en la Iglesia   


Con edificios pueden permanecer en pie, las paredes aun erectas, pero hay una contaminación fatal adentro. Por esta razón es que los Santos y Doctores de la Iglesia estaban de total acuerdo que escándalo que envuelve sacerdotes impuros es lo peor que puede pasar en la Iglesia. ¿Qué haría Cristo? El Evangelio nos muestra que nuestro Señor tomo una posición muy, muy dura contra el escándalo. Unas de sus palabras más severas en el Evangelio fueron dirigidas a aquellos que causan escándalo Cristo tomo una posición dura y nosotros también debemos. “Mas quienes escandalizare a uno de estos parvulillos, que creen en Mí, mejor le sería que le colgasen del cuello uno de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en el profundo del mar. ¡Ay del mundo por razón de los escándalos! Porque si bien es forzoso que haya escándalos; sin embargo, ¡ay de aquel hombre que causa el escándalo! Si tu mano a tu pie te es ocasión de escándalo o pecado, córtatelos y arrójalos lejos de ti: pues más te vale entrar en la vida manco o cojo, que con dos manos o pies ser precipitado al fuego eterno. Y si tu ojo es para ti ocasión de escándalo, sácalo y arrójalo lejos de ti: mejor te es entrar en la vida con un solo ojo, que tener dos ojos y ser arrojado al fuego del infierno.” (Mt. 18:6-9)


Santo Tomás Aquino enseño que los fieles laicos tienen el derecho, el derecho absoluto de esperar y exigir, no solo doctrina solida, sino buen ejemplo de parte del clero y líderes del la Iglesia. Y si no los reciben, también tienen el derecho de ejercer presión para reforma y la remoción de elementos corruptos. Si no hacemos esto, recibimos lo que merecemos.  Dios castigara a los hombres que hacen mal y a los buenos que no hacen nada para detener el mal. Los escándalos, la corrupción la inexorable cobertura en los medios de comunicación y la desgracia pública de la Iglesia, llevan a una purificación. Es un fuego purificador que si Dios quiere, traerá bien pero es mucho más que solo una purificación. Es también un juicio. No es menos que la Mano de Dios sobre la Iglesia en esta parte del mundo por 40 años de infidelidad, corrupción, desobediencia, disidencia, opulencia y, puedo agregar, arrogancia. ¡40 años de catolicismo tibio! Vamos a tener que ser muy cuidadosos, a menos que Dios nos vomite de Su boca. Dios mediante, el daño hecho por los escándalos purificara al clero, los seminarios y las universidades de cierta cantidad de corrupción. La revuelta protestante, la Reforma, tuvo ese tipo de afecto. Los historiadores están de total acuerdo que la primera causa del cisma protestante fue la corrupción del clero católico. El movimiento protestante finalmente forzó al clero católico a reformarse a sí mismos, pero aun así el daño fue hecho. Vivimos con los terribles efectos de la Reforma cada día de nuestras vidas. S. Roberto Bellarmine en el siglo XVI dijo, “La revuelta protestante es un castigo de Dios por los pecados de los sacerdotes”. San Juan Eudes, apóstol de la Sagrada Eucaristía, dijo, “La señal más segura de que Dios está completamente encolerizado con Su pueblo, es cuando le permite caer en las manos de un clero corrupto.”

Mis hermanos y hermanas en Cristo, deben de saber que los sacerdotes que cometen estas abominaciones, y hacen cosas que harían sonrojar a las prostitutas, son hombres que hace mucho tiempo rechazaron el Verdadero Catolicismo. Hace mucho, aceptaron la mentalidad de  la revolución sexual. Faltaron en apegarse a la enseñanza eterna de la Iglesia de la santidad del matrimonio, vida humana y sexualidad. Con el rechazo del 6to y 9no Mandamientos, el rechazo de la castidad, viene la mentalidad de que uno puede simplemente seguir su propia conciencia. Actividad animal es aceptada como normal. La enseñanza eterna de la Iglesia contra el aborto es desechada. Auto satisfacción toma precedente sobre la Ley de Dios, ¡sobre la vida misma! ¿Cuánto hace que oyeron un buen sermón sobre la moral sexual? Muchos obispos y sacerdotes ya no creen en el pecado sexual. La gente está harta del catolicismo tibio diluido. Está cansada del predicar católico superficial, enfadoso, evasivo. Está cansada de ser alimentada doctrina falsa, o ninguna doctrina. Está cansada de la falta de catequesis solida para nuestra juventud. Han tenido bastante de los podridos programas de educación sexual que no hacen nada sino instigar a la juventud a la curiosidad natural y tentarlos a esclarecerlo por experiencia propia.  Esta harta de la falta de enseñanza acerca del pecado, virtud y vicio, los Mandamientos, Confesión, vida de familia y santidad. Está cansada de líderes que no hacen juicios morales públicamente y no levantan y defienden la fe como están obligados por Cristo a hacerlo, que parecen temer el juicio de todo mundo ¡menos de Dios! La autoridad moral es como tejido muscular. El tejido muscular, si nunca se usa, se atrofia y muere. Esta es nuestra condición presente. ¡Nuestra gente está cansada de pastores que parecen proteger a los lobos en vez de las abejas! ¡Han tenido bastante de la papilla modernista! La insensatez de la nueva era les ha sido forzada en lugar de la verdadera Fe. La gente está harta de la superficialidad espiritual de mariposas, estandartes y globos. Han tenido suficiente de los abusos litúrgicos e irreverencia en la Santa Misa.


El Concilio de Trento declara, “Donde hay irreverencia, habrá corrupción.” El escándalo sigue a la corrupción como la noche sigue al día. No hay, ni jamás ha habido, una Nueva Iglesia Americana. Es una farsa y una mentira. ¡Si no le ponemos un fin, Dios lo hará, tarde o temprano, de un modo o de otro! Llámenle como quieran. Viene en muchas formas diferentes, muchos nombres diferentes, en muchos disfraces.

-----------Catolicismo Tibio,
-----------Catolicismo de Cafetería
------------Modernismo Teológico,
------------Catolicismo Liberal Americano,
-------------Racionalismo o Relativismo,

Lo que escojan llamarle, es una enfermedad mortal. ¡Es un Asesino! Finalmente, lleva a la parálisis de fe y a la ruina de almas.

Catolicismo tibio, en todas sus varias formas, puede estar arraigado en muchas cosas: fe débil, perdida de fe, relajamiento moral, pecado habitual, falta de oración, soberbia, prosperidad material, pereza espiritual, absoluta flojera, mundanería, lo que sea, pero su mentalidad parece haber impregnado dondequiera y casi todo en la vida católica de hoy, en un grado u otro. Se ha deslizado en las escuelas católicas, estudios de Biblia, programas de Rica, programas de educación religiosa, Cancillerías y predicación litúrgica. Si reconocen las señales de Catolicismo Tibio, si ven algunos de los síntomas en ustedes mismos o en sus hogares en su familia o en su parroquia, dondequiera que lo vean, por favor, mis hermanos y hermanas en Cristo, ¡la hora ha llegado de a hacer algo al respecto! Hagan cambios en su vida. Reconstruyan su castillo interior con los siete hábitos de santidad. Es un trabajo de por vida  y requiere nuestro esfuerzo determinado y cooperación con la Gracia Santificadora de Dios a través de los Sacramentos. Si hemos de tener salud espiritual robusta. Debemos desarrollar diario estos siete hábitos. El Ofrecimiento Matutino, Lectura Espiritual, El Rosario, Sagrada Comunión, Oración Mental, El Ángelus y Examen de Conciencia diario. Estos siete hábitos deben tomar prioridad en nuestras vidas porque son más importantes que comidas, dormir, trabajo o recreo.


La Iglesia esta mortalmente herida en este país. Amigos, no lo aplacen. No cuenten con otros para hacerlo por ustedes. Nuestro tiempo puede muy bien ser corto. El Obispo Sheen solía decir que antes de que la Mano de Dios baje sobre el mundo, siempre baja sobre la Iglesia. Seguramente, la Mano de Dios está hoy sobre la Iglesia. Lo que le va a pasar al mundo, solo Dios sabe. Me temo que no será bonito. ¿Qué está mal con la Iglesia? Tomemos un espejo y miremos. Cuando lo examinan, nosotros somos lo que está mal con la Iglesia.., Ustedes son los que están mal con la Iglesia. Fracasamos en tomar seriamente el llamado de Dios a santidad de vida. Y, ahora, todos tenemos que encender nuestras velas y dejar de maldecir la obscuridad y debemos tratar de retroceder el mal a nuestro alrededor.  La situación es crítica!  Solo miren a su alrededor. ¿Necesitan más indicio o prueba para convencerlos de que Dios es, en realidad, una prioridad baja en las vidas de la gente, en sus propias vidas y en su familia?

1. Es tu vida diaria caracterizada por pereza espiritual, TV, IPod, computador, adicción a aparatos técnicos, tiempo perdido, tolerancia de pecado habitual?
2. ¿Hay en tu vida una falta de devoción, compromiso con el mundo, silencio en la luz del pecado, error y mal?
3. ¿Hay falta de caridad, lenguaje obsceno y chisme en tu hogar?
4. ¿Tu guardarropa refleja la norma de modestia dada por la Iglesia?
5. ¿Lo mejor de tu tiempo, talentos y energía parecen expandirse siempre en pos de mas dinero, mas posesiones materiales, honores, y reconocimiento?

“Deportes” es uno de los grandes ídolos de los tiempos modernos. En el Antiguo Testamento, Dios castigo a los Israelitas cuando volvieron a los ídolos. Adoraron  a Baal, hoy adoramos al Dios de la Pelota; ¡Beisbol, Futbol, Basquetball, etc…!

Es hora de reconstruir la Iglesia. Que todo hombre y mujer que ama la Iglesia haga todo en el poder para reencender el fuego del Espíritu Santo donde ha sido apagado por el catolicismo tibio. Cristo dijo: “Vine a poner fuego en la tierra, y que he de querer sino que arda.”

¿Van a prender ese fuego? Comiencen por hacer a Cristo una vez más Rey de su hogar. Enseguida, comiencen por restaurar reverencia en nuestras iglesias. ¡Puede Hacerse! No digas que no hay nada que pueden hacer. ¡Pueden aun rezar! Si los sacerdotes no los escuchan, recen, recen, y recen mas ¡para que Dios cambie sus corazones o los quite!  ¡Funciona!!

Si no creemos en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, más vale que cerremos nuestras iglesias y rentemos el espacio. Mucho del experimento litúrgico ha fracasado. No somos más piadosos, no estamos más centrados en Cristo, es más, estamos afrontando una generación de gente joven que grandemente ha perdido su fe porque no les hemos dado el precioso don que es la esencia del catolicismo: la Presencia Real de Cristo en el Santísimo Sacramento.

La Santa Misa se ha convertido simplemente un drama, un vehículo para cualquier agenda corrientemente popular. El edificio de la iglesia ya no es un lugar para encontrarnos con Dios, sino un centro social, no un lugar de oración, más bien un lugar de charla. Hemos perdido el sentido de lo sagrado que siempre ha sido el sello distintivo del culto católico. El comportamiento de muchos en la Iglesia es indignante. Cando la Misa termina es imposible pasar tiempo en oración. El nivel de ruido alcanza un tono que uno esperaría en un evento deportivo. Cristo es olvidado en el Altar, si de verdad, El todavía reside allí. Les estamos enseñando a nuestros hijos, por lo que hacemos y de la manera que nos estamos comportando, que no hay nada especial acerca de la Sagrada Hostia. El  destronamiento del Santísimo Sacramento ha resultado en la entronización del clero. La Misa se ha vuelto centrada en el clero centrada en la gente.

Yo he vivido con catolicismo tibio toda mi vida. Cuando estaba creciendo, no puedo recordar haber oído nunca en Misa o desde el pulpito, algo que me hiciera estar en fuego por mi Fe Católica. No había nada que me hiciera querer amar mas, saber más y rezar más. Me parecía muerta, no obstante era tan rica, tan increíblemente sublime y bella. Muchos de nosotros jamás supimos eso. Siento que fuimos defraudados de la belleza, majestad, la verdad eterna de nuestra Fe y la gloria de nuestro Culto Sagrado. No debemos de repetir los errores del pasado. Ahora es el tiempo de corregirlo.

Dios le dijo al Profeta Jeremías, “Malditos aquellos que ejecutan la obra del Señor desganadamente”. Si dicen que aman a la Iglesia y no se pueden enardecer. Hay algo mal. Quiero pedirles a todos ustedes que hagan todo lo que está en su poder para defenderla.
Levántense, Hablen, Rebélense Contra El Catolicismo Tibio~

San Padre Pio decía, “Se firme en tu resolución, permanece en el barco en el que Cristo te ha puesto. Deja que la tormenta y el huracán vengan. ¡Viva Cristo! No perecerás. ¿Qué hay que temer? Que el mundo se ponga de cabeza. Que todo este en tinieblas, humo y ruido., ¡Dios está con Nosotros!”


“La oración mueve los corazones mucho mejor que las Palabras.  Lo sé por experiencia. ¡La oración es un Arma Invencible!” Santa Teresita, la Florecita

viernes, 5 de julio de 2013

El Desconocimiento nos hace irreverentes con Dios



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Porque existe tanta confusión en el Pueblo de Dios llegando a la irreverencia con Dios, presento una síntesis de  los libros II, III y IV del nuevo Código de Derecho Canónico.

Se están cometiendo muchos errores e irreverencia por no saber. Por favor leer con cuidado para educarse correctamente.   

 



   http://www.dioceseoftrenton.org/document.doc?id=291

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Exponer el Santísimo Sacramento para la adoración de los creyentes;
Esto lo hará solamente cuando el sacerdote, el diácono o el acolitado no puedan atender.
 
El Ministro Extraordinario:
1. Hace una genuflexión ante el Santísimo o Sagrado Sacramento que se expondrá para la adoración pública.
2. Abre las puertas del tabernáculo y puede colocar el copón en el altar o colocar la hostia en la custodia
3. Al final del periodo de adoración, él/ella no da la bendición o da incienso al Santísimo o Sagrado Sacramento pero si lo devuelve al tabernáculo.
 
  Fuente: http://es.catholic.net/laicos/275/2256/articulo.php?id=4468


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Para la constitución de este ministerio se requiere la existencia de una necesidad dentro de la Iglesia. ¿Cuál es esa necesidad? El documento pontificio Immensae caritatis del 23 de enero establece específicamente los casos en que la Iglesia considera que existe esa necesidad y son los siguientes:


 a) Que no haya sacerdote, diácono o acólito que pueda repartir la comunión.
 
b) Que habiéndolos, no puedan administrar la comunión por impedírselo otro ministerio pastoral, o la falta de salud o la edad avanzada.
 
c) Que sean tantos fieles los que pidan la comunión que sería preciso alargar demasiado la Misa o la distribución de la comunión fuera de ella.

 
http://home.catholicweb.com/dosp_ofw/files/guidelines/extraordinary_ministers_of_communion_-_spanish_08_14_06.pdf

Normas del Ministro extraordinario de la communion
 

LITURGIA EN EL NUEVO CÓDIGO
DE DERECHO CANÓNICO NDL


SUMARIO: I. El pueblo de Dios: 1. Los fieles: a) Los fieles en general, b) Los laicos, c) Los clérigos; 2. La constitución jerárquica de la iglesia: a) Los obispos, b) Los párrocos, c) Otras personas eclesiásticas; 3. Los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica: a) Los institutos religiosos, b) Los institutos seculares y las sociedades de vida apostólica - II. El poder de la iglesia de enseñar - III. El poder de la iglesia de santificar: 1. Los cánones introductorios; 2. Los sacramentos: a) Bautismo, b) Confirmación, c) Eucaristía (celebración: ministro, participación, ritos y ceremonias, tiempo y lugar; custodia y veneración), d) Penitencia, e) Unción de los enfermos, f) Orden, g) Matrimonio; 3. Otros actos del culto divino: a) Sacramentales en general, b) Liturgia de las Horas, c) Exequias; 4. Los lugares y tiempos sagrados: a) Los lugares sagrados, b) Los tiempos sagrados.


El Código de Derecho Canónico (CDC) de 1983 no establece por lo general nada sobre los ritos que han de ejecutarse en la celebración de las acciones litúrgicas; por ello siguen siendo válidas las leyes litúrgicas vigentes en el momento de la promulgación del código mismo, a menos que alguna de ellas sea contraria a sus cánones: así lo leemos en el can. 2 del nuevo CDC, que recoge sustancialmente el can. 2 del precedente CDC, de 1917.

A pesar de esto, la -> liturgia ocupa un puesto notable en el nuevo CDC: no tanto por lo que se refiere a las normas estrictamente litúrgicas, es decir, directamente relacionadas con la ejecución de los ritos de las diversas celebraciones, cuanto más bien por lo que se refiere a otras disposiciones, que sólo de forma indirecta se relacionan con dichos ritos [-> Derecho litúrgico].

Esto sucede dentro del pleno respeto a los principios establecidos por el Vat. II, sobre todo a los que se contienen en la constitución Sacrosanctum concilium sobre la liturgia,

en los diferentes documentos aplicativos de la misma y en los nuevos -> libros litúrgicos. A menudo se recogen, a la letra o sustancialmente, textos contenidos en tales fuentes. Merecen una particular atención los textos que son expresión de la teología del Vat. II en su multiforme dimensión dogmática, ascética y pastoral.

El examen detallado de todos los puntos del CDC que tratan de liturgia en la forma indicada requeriría un tratamiento muy amplio, sobre todo si se quisiera indicar sus fuentes y esbozar un comentario, por sencillo que fuese. Nos limitamos, por tanto, a una sencilla visión de conjunto que permita un primer conocimiento del asunto. Nos interesa sobre todo el examen de los libros II, III y IV del nuevo CDC. Los describiremos ateniéndonos al orden que se sigue en ellos.


I. El pueblo de Dios

El libro II del CDC (cáns. 204-746) trata de la iglesia considerada como pueblo de Dios.

1. Los FIELES. Se habla de ellos en la parte primera del libro II (cáns. 204-329).

a) Los fieles en general. En el título I (cáns. 208-223), que trata en general de los fieles, se destaca su derecho a dar culto a Dios según las prescripciones de su propio rito aprobado por los legítimos pastores de la iglesia (can. 214).

b) Los laicos. En el título II (cáns. 224-231), que trata de las obligaciones y de los derechos de los laicos, merecen particular atención los cánones que tratan de los ministerios de lector y acólito, a los que pueden ser promovidos establemente los laicos varones por medio del rito litúrgico prescrito; de los oficios de lector, comentarista, cantor y de otros oficios, para los que puede delegarse temporalmente a los laicos; de la posibilidad que tienen los laicos, cuando faltan los ministros y en caso de necesidad, de ejercer el ministerio de la palabra, de presidir la oración litúrgica, de conferir el bautismo y de distribuir la comunión (can. 230). Para el recto cumplimiento de todos estos distintos oficios se requiere que los laicos tengan una preparación conveniente (can. 231, § 1).

c) Los clérigos. El título III (cáns. 232-293) trata de los ministros sagrados, es decir, de los clérigos. Es interesante lo que se dice de la formación clerical, subrayando las normas contenidas en la Instrucción de la Congregación para la educación católica (3-6-1979) sobre la formación litúrgica en los seminarios. Por lo que se refiere a la vida litúrgica de los seminaristas, se habla de la celebración eucarística diaria, que debe considerarse el centro de toda la vida del seminario; de la formación para la celebración de la liturgia de las Horas, que es la acción litúrgica con la que los ministros oran a Dios, en nombre de la iglesia, por el pueblo que tienen encomendado, más aún, por todo el mundo; del culto mariano; de la frecuencia en el sacramento de la penitencia (can. 246). Por lo que se refiere a la enseñanza de la liturgia a los seminaristas, se hace una alusión a las clases de liturgia en el plan de estudios (can. 252, § 3). Estas han de ser impartidas por profesores titulados con el grado de doctor o licenciado, distintos de los profesores de las demás disciplinas teológicas (can. 253). Como objeto particular de la enseñanza se indica todo lo que se refiere al sagrado ministerio, especialmente al ejercicio del culto divino y a la celebración de los sacramentos (can. 256, § 1).

Al tratarse luego de las obligaciones de los clérigos, se dice que deben alimentar su vida espiritual en la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la eucaristía; se dirige a los sacerdotes la invitación de celebrar cada día la eucaristía, y a los diáconos la de participar en ella igualmente cada día; para los sacerdotes y los diáconos aspirantes al sacerdocio se afirma la obligación de celebrar cada día la liturgia de las Horas, y para los diáconos permanentes la obligación de celebrarla en la medida que haya sido establecida por las conferencias episcopales (can. 276, § 2, 2.°, 3.°).

2. LA CONSTITUCIÓN JERÁRQUICA DE LA IGLESIA. Se habla de ella en la parte segunda del libro II (cáns. 330-572).

a) Los obispos. Los puntos más importantes relativos a nuestra materia son aquellos en que se habla de los obispos (cáns. 375-411). Es bella la definición que se da de ellos. Entre otras cosas se dice que los obispos, en virtud de la misma consagración episcopal, son maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros del gobierno de la iglesia (can. 375). Se les recomienda que la toma de posesión de la diócesis tenga lugar, con el acto litúrgico prescrito, en la iglesia catedral, en presencia del clero y del pueblo (can. 382, § 4). Entre las obligaciones del obispo se señalan las siguientes: como principal dispensador de los misterios divinos, debe procurar que los fieles encomendados a sus cuidados crezcan en la gracia mediante la celebración de los sacramentos, conozcan y vivan el misterio pascual (can. 387); debe presidir frecuentemente la celebración eucarística en la iglesia catedral y en otras iglesias de la diócesis, especialmente en las fiestas de precepto y en otras solemnidades (can. 389); debe vigilar para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, especialmente en lo que se refiere al ministerio de la palabra, la celebración de los sacramentos y de los sacramentales, el culto a Dios y a los santos (can. 392, § 2).

b) Los párrocos. Después de los obispos, se reserva a los párrocos un puesto especial en el ejercicio de la liturgia (cáns. 515-552). Se insiste en los siguientes puntos: el párroco tiene la obligación de proveer a que se anuncie en su integridad la palabra de Dios, entre otras cosas mediante la homilía que debe tenerse los domingos y las fiestas de precepto; debe procurar que la eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial; debe lograr que los fieles se alimenten mediante la devota celebración de los sacramentos y se acerquen, en particular, frecuentemente a los sacramentos de la eucaristía y de la penitencia; debe procurar que los fieles cultiven la oración también en sus familias y participen activamente en la liturgia; debe regular el ejercicio de la liturgia en la parroquia y vigilar para que no se introduzcan abusos; debe preocuparse de los enfermos, sobre todo de los moribundos, confortándolos solícitamente con los sacramentós y recomendando sus almas a Dios (can. 528; can. 529, § 1). Se da también la lista de las funciones que quedan encomendadas de forma especial al párroco (can. 530) y se confirma la obligación de la misa "por el pueblo" (can. 534).

c) Otras personas eclesiásticas. Se habla también de las obligaciones y de los derechos de otras personas eclesiásticas: de los capítulos de los canónigos de las iglesias catedrales o de las colegiatas: les corresponde realizar las funciones litúrgicas más solemnes (can. 503); de los vicarios foráneos o arciprestes: deben proveer a que las funciones religiosas se celebren según las prescripciones litúrgicas y se observe cuidadosamente todo lo que se refiere al decoro y esplendor de las iglesias y de los objetos y ornamentos sagrados [-> Objetos litúrgicos/ Vestiduras], sobre todo en la celebración eucarística y en la custodia del santísimo sacramento (can. 555, § 1, 3.°); de los rectores de las iglesias: ellos también deben proveer a la digna celebración de las funciones sagradas y a la conservación y el decoro de los objetos y ornamentos sagrados y de los lugares sagrados (can. 562); de los capellanes: en atención a los fieles que tienen encomendados les corresponde oír confesiones, predicar la palabra de Dios, administrar a los que están en peligro de muerte el viático y la unción de los enfermos, y también la confirmación, en caso de que no la hubieran recibido todavía (can. 566, § 1), así como celebrar y regular las funciones litúrgicas (can. 567, § 2).

3. Los INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA. Se trata de ellos en la parte tercera del libro II (cáns. 573-746).

a) Los institutos religiosos. Se refiere a ellos la mayor parte de las indicaciones litúrgicas contenidas en la parte tercera. Donde se habla de la vida religiosa en general, se dice que el religioso vive plenamente su donación como un sacrificio ofrecido a Dios, lo cual le permite hacer de toda la propia existencia un continuo acto de culto a Dios celebrado en el amor (can. 607, § 1). En cuanto a las casas religiosas, se dice que deben tener al menos el oratorio en donde se celebre y se conserve la eucaristía de modo que sea el centro de la comunidad (can. 608). Otros puntos determinados: a los religiosos en general se les reconoce el derecho a realizar los ministerios sagrados en sus iglesias y oratorios (can. 611, 3.°); a los superiores se les recuerda el deber de alimentar frecuentemente a los hermanos con el pan de la palabra de Dios y de inducirlos a la celebración de la liturgia (can. 619); de los novicios se dice que deben ser formados en la contemplación del misterio de la salvación y en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura y preparados para dar culto a Dios en la liturgia (can. 652, § 2); también de los religiosos se dice: sus deberes principales y especiales son la contemplación de las realidades divinas y la asidua unión con Dios en la oración; cada día deben participar en el sacrificio eucarístico, recibir el cuerpo del Señor y adorar al mismo Señor presente en el sacramento; deben celebrar dignamente la liturgia de las Horas conforme a las prescripciones del propio derecho (salvo la obligación impuesta por derecho común a los clérigos), realizar todos los demás ejercicios de piedad y honrar con un culto especial a la Virgen santísima (can. 663, §§ 1-4); están sometidos al poder jurisdiccional de los obispos, entre otras cosas, en todo lo que se refiere al ejercicio bíblico del culto divino (can. 678, § 1).

b) Los institutos seculares y las sociedades de vida apostólica. De los primeros se dice que sus miembros deben participar, si es posible, cada día en la celebración eucarística y que deben también acercarse frecuentemente al sacramento de la penitencia (can. 719, § 2-3); de las segundas, en cambio, se dice que sus miembros están sometidos al obispo diocesano en todo lo que se refiere, entre otras cosas, al culto público (can. 738, § 2).


II. El poder de la iglesia de enseñar

Trata de este poder de la iglesia el libro III del CDC (cáns. 747-833). También en este sector se encuentran algunas indicaciones que interesan a la liturgia. Se la llama una de las fuentes en que debe surtirse el ministerio de la palabra (can. 760). Se da un relieve particular a la homilía: ésta destaca entre las diferentes formas de predicación; es parte de la liturgia; está reservada al sacerdote o al diácono; en ella se deben presentar en el curso del año litúrgico, partiendo del texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana; se dan también normas particulares sobre los días en que es obligatoria la homilía (domingos y fiestas de precepto) y sobre los días en que se recomienda (can. 767, §§ 1-3). Donde se habla de la enseñanza catequética se insiste en que los párrocos aseguren una conveniente catequesis sacramental (can. 777, 1.°, 3.°). Donde se habla de la acción misionera de la iglesia se recomienda a los catequistas que organicen, entre otras cosas, la actividad litúrgica (can. 785, § 1), y se dan normas sobre el ordenamiento litúrgico del catecumenado (can. 788). Prescripciones particulares se refieren a la publicación de los libros litúrgicos, de sus versiones y de los libros de oración (can. 826).


III. El poder de la iglesia de santificar

Se trata de él en el libro IV del CDC (cáns. 834-1253). Aquí es, naturalmente, donde abundan las indicaciones de carácter litúrgico, estando el poder de santificar de la iglesia en estrecha relación con el ejercicio de la liturgia. El libro IV, después de algunos cánones introductorios (cáns. 834-839), trata en tres partes distintas de los sacramentos (cáns. 840-1165), de los demás actos del culto divino (cáns. 1166-1204), de los lugares y tiempos sagrados (cáns. 1205-1253).

1. LOS CÁNONES INTRODUCTORIOS son particularmente importantes. En el primero (can. 834) ante todo se lee que la iglesia ejerce su poder de santificación de modo especial por medio de la liturgia; luego se recoge la definición conciliar de liturgia (cf SC 7) como ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo, mediante la cual se significa con signos sensibles y se realiza, del modo que le es propio a cada uno de ellos, la santificación de los hombres, y el cuerpo místico de Cristo, es decir, la cabeza y los miembros, ejerce el culto público íntegro; se precisa, en fin, que se debe considerar público el culto ejercido en nombre de la iglesia por personas legítimamente delegadas y con actos aprobados por la autoridad eclesiástica.

El can. 835 trata de los sujetos del poder de santificación. Los obispos son los grandes sacerdotes, principales dispensadores de los misterios de Dios, moderadores, promotores y custodios de toda la vida litúrgica de las iglesias que tienen encomendadas (§ 1). Los presbíteros son partícipes del sacerdocio de Cristo y ministros suyos bajo la autoridad del obispo, y son consagrados para celebrar el culto divino y para santificar al pueblo (§ 2). Los diáconos actúan en la celebración del culto según las disposiciones del derecho (§ 3). Los demás fieles tienen una parte propia en el ejercicio del poder de santificación, participando activamente, a su modo, en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la celebración eucarística (§ 4).

Los demás cánones introductorios: el can. 836 examina la relación entre el culto cristiano, en el que se ejerce el sacerdocio común de los fieles, y la fe: el culto procede de la fe y se funda en ella; el can. 837 da la noción de acción litúrgica, insistiendo en la dimensión comunitaria y en la participación activa de los fieles en ella; el can. 838 habla de aquellos a quienes corresponde el ordenamiento de la liturgia (sede apostólica, obispos diocesanos, conferencias episcopales), determinando algunas de sus competencias; el can. 839 trata de las oraciones y de las demás prácticas piadosas (de penitencia y de caridad): son otros tantos medios para el ejercicio del poder de santificación.

2. Los SACRAMENTOS. Se trata de ellos en la parte I del libro IV, la más larga del libro. Antes del tratamiento de cada uno de los sacramentos, se encuentran algunos cánones preliminares (cáns. 840-848). Es fundamental el can. 840, que da la noción de los sacramentos. Interesa también lo que se dice inmediatamente después: sobre la autoridad competente en la disciplina sacramental (can. 841); sobre la íntima unión existente entre los tres sacramentos de la I iniciación cristiana (can. 842, § 2); sobre la necesidad de la debida preparación de los fieles para los sacramentos (can. 843, § 2); sobre la posibilidad para los fieles católicos de recibir, en ciertos casos y con ciertas condiciones, los sacramentos de la penitencia, de la eucaristía y de la unción de los enfermos de manos de ministros no católicos, y sobre la análoga posibilidad para los fieles pertenecientes a iglesias que no están en comunión con la iglesia católica de recibir los sacramentos mencionados de manos de ministros católicos (can. 844) [I Ecumenismo]; sobre la observancia de los libros litúrgicos en la celebración de los sacramentos (can. 846); sobre los sagrados óleos requeridos [-> Elementos naturales] para la administración de ciertos sacramentos (can. 847).

Luego se pasa revista, en siete títulos distintos, a cada uno de los sacramentos. Para cada sacramento se procede por lo general con el siguiente orden: celebración del sacramento, ministro, los que reciben el sacramento (y padrinos), normas de otra índole (inscripción en el registro, etc.). De cada sacramento subrayamos las normas que nos parecen más interesantes.

a) Bautismo. Debe administrarse según el rito establecido en los libros litúrgicos aprobados, salvo si se trata de necesidad urgente (can. 850); su celebración debe ser oportunamente preparada: mediante las diversas etapas del catecumenado, si se trata de adultos, o mediante la conveniente instrucción de los padres y de los padrinos, si se trata de niños (can. 851); lo que los cánones dicen del bautismo de adultos vale también para todos los que, habiendo salido de la infancia, han alcanzado el uso de razón (can. 852, § 1); fuera del caso de necesidad, el agua que se use para el bautismo debe bendecirse según las prescripciones de los libros litúrgicos (can. 853); el bautismo debe conferirse por inmersión o por infusión (can. 854); se puede celebrar cualquier día; se recomienda, sin embargo, celebrarlo ordinariamente en domingo o, si es posible, durante la vigilia pascual (can. 856); se dan normas particulares respecto al lugar de la celebración y a la fuente bautismal (cáns. 857-860); también es ministro ordinario, además del obispo y del presbítero, el diácono (can. 861, § 1); a la celebración del bautismo de adultos le sigue inmediatamente la celebración de la confirmación y de la eucaristía (can. 866); los niños, fuera del peligro de muerte, deben bautizarse dentro de las primeras semanas a partir del nacimiento (can. 867).

b) Confirmación. Se confiere mediante la unción del crisma sobre la frente, hecha con la imposición de la mano y con la fórmula prescrita en los libros aprobados (can. 880, § 1); el crisma debe ser consagrado por el obispo, aunque el sacramento sea administrado por un presbítero (can. 880, § 2); conviene administrar la confirmación durante la misa (can. 881); su ministro ordinario es el obispo; puede administrarla válidamente también un presbítero autorizado en virtud del derecho común o por una concesión especial (cáns. 882-883); por causa grave y en casos particulares al obispo y al presbítero autorizado pueden asociarse otros sacerdotes en la administración del sacramento (can. 884, § 2); la confirmación se ha de administrar a los fieles en torno a la edad de la discreción, a no ser que la conferencia episcopal determine otra edad, o haya peligro de muerte, o a juicio del ministro, una causa grave aconseje obrar de otra forma (can. 891).

c) Eucaristía. Son particularmente interesantes los dos cánones preliminares. El can. 897 es una síntesis teológica sobre la eucaristía. Se presenta la eucaristía en primer lugar como sacramento augustísimo, en el que se contiene, ofrece y recibe al mismo Cristo Señor, y del que continuamente vive y crece la iglesia; luego, como sacrificio eucarístico —memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el que se perpetúa a lo largo de los siglos el sacrificio de la cruz , que es cumbre y fuente de todo el culto y de la vida cristiana: es signo eficaz de la unidad del pueblo de Dios y medio con el que se realiza la edificación del cuerpo de Cristo; los demás sacramentos y todas las obras apostólicas de la iglesia están vinculados con la eucaristía y se ordenan a ella. El can. 898 recomienda que los fieles tributen la máxima veneración a la eucaristía, participen activamente en su celebración, la reciban con la máxima devoción y frecuentemente, y la veneren con suma adoración. Estos principios se desarrollan en los dos capítulos siguientes, que tratan expresamente de la celebración de la eucaristía y de su custodia y veneración.

Celebración de la eucaristía. También el canon preliminar a este tema (can. 899) es particularmente rico en doctrina: la celebración eucarística es acción del mismo Cristo y de la iglesia; en esta acción Cristo, presente sustancialmente bajo las especies del pan y del vino, a través del ministerio del sacerdote se ofrece a sí mismo al Padre y se da como alimento espiritual a los fieles que asocia a la propia ofrenda; en la sinaxis eucarística se convoca al pueblo de Dios [-> Asamblea] bajo la presidencia del obispo o del presbítero dependiente de él, que personifican a Cristo; todos los fieles que asisten, clérigos y laicos, participan en la celebración cada uno a su modo según la diversidad de los órdenes y de los oficios litúrgicos; la celebración debe disponerse de tal modo que todos los participantes perciban frutos abundantes, para cuya consecución instituyó Cristo el sacrificio eucarístico.

La reflexión sobre la celebración se desarrolla en torno a cuatro temas: ministro de la eucaristía, participación en ella, ritos y ceremonias, tiempo y lugar.

Ministro. Los sacerdotes pueden concelebrar [-> Concelebración eucarística], a no ser que la utilidad de los fieles requiera o aconseje otra cosa, quedando siempre a salvo la libertad de cada sacerdote de celebrar individualmente, pero no al mismo tiempo en que se está concelebrando en la iglesia u oratorio (can. 902); se invita a los sacerdotes a celebrar frecuentemente; más aún, cada día, aunque no pueda tenerse con la asistencia de fieles, porque la celebración eucarística es siempre acto de Cristo y de la iglesia y, al realizarla, los sacerdotes cumplen su principal ministerio (can. 904); se puede celebrar una sola vez al día, exceptuados los casos en que según las disposiciones del derecho es lícito celebrar o concelebrar varias veces el mismo día (can. 905, § 1); el ordinario del lugar puede conceder, con determinadas condiciones, la facultad de binar cada día y, por necesidad pastoral, de celebrar tres misas los domingos y fiestas de precepto (can. 905, § 2); sin causa justa y razonable, no celebre el sacerdote el sacrificio sin la participación de algún fiel (can. 906); los diáconos y los laicos no pueden decir las oraciones, especialmente la -> plegaria eucarística, ni realizar las acciones que son propias del sacerdote celebrante (can. 907); se prohíbe a los sacerdotes católicos concelebrar con los sacerdotes o ministros de las iglesias que no están en plena comunión con la iglesia católica (can. 908); no dejen los sacerdotes de prepararse debidamente con la oración para la celebración y de dar gracias a Dios al terminar (can. 909); son ministros ordinarios de la comunión el obispo, el presbítero y el diácono; ministro extraordinario es el acólito u otro fiel legítimamente delegado (can. 910).

Participación. Procúrese que los niños que han alcanzado el uso de razón estén debidamente preparados para recibir la eucaristía y recíbanla luego cuanto antes, si están suficientemente dispuestos, previa confesión sacramental (can. 914); quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave debe acudir a confesarse antes de comulgar, a no ser que haya una razón grave para comulgar y no haya oportunidad de confesarse; en tal caso es preciso hacer antes un acto de perfecta contrición, el incluye el propósito de confesarse lo antes posible (can. 916); quien ya ha recibido la comunión puede recibirla de nuevo el mismo día durante la celebración eucarística en que participa (can. 917); se recomienda que los fieles reciban la comunión durante la celebración eucarística; por justa causa pueden también recibirla fuera de la misa (can. 918); la comunión ha de ir precedida del ayuno eucarístico de una hora, es decir, hay que abstenerse durante ese tiempo de cualquier alimento y bebida, a excepción del agua y de las medicinas (can. 919, § 1); el sacerdote que bina o celebra tres misas puede tomar algo antes de la segunda o de la tercera misa, aunque no medie una hora antes de la siguiente comunión (can. 919, § 2); las personas de edad avanzada, los enfermos y los dedicados a atenderles pueden recibir la comunión aunque hayan tomado algo durante la hora anterior (can. 919, § 3); los fieles, una vez que han recibido la eucaristía, están obligados a comulgar por lo menos una vez al año en el tiempo pascual, pero por justa causa pueden hacerlo en otro tiempo dentro del año (can. 920); los fieles pueden participar en el sacrificio eucarístico celebrado según cualquier rito católico; lo mismo vale para la recepción de la comunión (can. 923).

Ritos y ceremonias. Adminístrese la comunión bajo la especie del pan solamente o, de acuerdo con las leyes litúrgicas, bajo las dos especies; en caso de necesidad, también bajo la especie del vino solamente (can. 925); durante la celebración de la eucaristía y la distribución de la comunión los sacerdotes y los diáconos deben llevar los ornamentos sagrados [->Objetos litúrgicos/ Vestiduras] prescritos (can. 929); los sacerdotes enfermos o de edad avanzada, si no pueden estar de pie, pueden celebrar la eucaristía sentados, observando para lo demás las leyes litúrgicas; para poder hacerlo ante el pueblo deben tener la licencia del ordinario del lugar (can. 930, § 1); los sacerdotes ciegos o enfermos pueden celebrar la eucaristía usando un formulario cualquiera de misa aprobado; les pueden asistir, si el caso lo requiere, un sacerdote, un diácono o un laico debidamente instruido (can. 930, § 2).

Tiempo y lugar. La eucaristía puede celebrarse y distribuirse en cualquier día y hora, exceptuados los excluidos por las normas litúrgicas (can. 931); debe celebrarse en un lugar sagrado, a no ser que una necesidad particular exija otra cosa: en tal caso celébrese en un lugar conveniente (can. 932, § 1); debe celebrarse en un altar dedicado o bendecido; pero fuera de los lugares sagrados puede celebrarse en una mesa apropiada, usando el mantel y el corporal (can. 932, § 2).

Reserva y veneración de la eucaristía. Los cánones relativos a la reserva vienen detrás de los que tratan de la celebración, para poner de relieve el vínculo existente entre la conservación y veneración de la eucaristía y su celebración. En los lugares en que se reserva la eucaristía debe haber siempre alguien a su cuidado y, en la medida de lo posible, en tales lugares se celebrará la misa al menos dos veces al mes (can. 934, § 2); no está permitido conservar en la propia casa o llevar consigo en los viajes la eucaristía, excepto en caso de una urgente necesidad pastoral: en tal caso, obsérvense las prescripciones del obispo diocesano (can. 935); las iglesias en que se conserva la eucaristía estén abiertas a los fieles todos los días al menos durante algunas horas, para que aquéllos puedan dedicarse a la oración ante el sacramento eucarístico (can. 937); habitualmente, la eucaristía debe conservarse en un solo sagrario de las iglesias u oratorios; por causa grave, sobre todo de noche, puede conservarse en un lugar más seguro, con tal que sea decoroso; el sagrario de estar colocado en una parte de la iglesia u oratorio destacada, visible, decorosa, adornada y apropiada para la oración; debe ser inamovible, hecho con material sólido no transparente y cerrado de manera que se evite al máximo todo peligro de profanación; quien cuida de la iglesia u oratorio ha de proveer a que se guarde con la máxima diligencia la llave del sagrario; ante el sagrario ha de lucir siempre una lámpara especial para indicar y honrar la presencia de Cristo (cáns. 938; 940); en las iglesias y oratorios en que se conserva la eucaristía se puede hacer la exposición eucarística, tanto con el copón como con la custodia, pero no en el mismo local en que se esté celebrando en esos momentos la eucaristía; se recomienda una exposición anual solemne prolongada durante cierto tiempo, aunque no sea continuo (cáns. 941-942); ministro de la exposición y bendición eucarística es el sacerdote o el diácono; en casos especiales pueden exponer y luego hacer la reserva de la eucaristía, pero sin impartir la bendición, el acólito, el ministro extraordinario de la comunión u otro fiel delegado por el ordinario del lugar (can. 943); a juicio del obispo diocesano y ateniéndose a sus órdenes, se pueden hacer las procesiones eucarísticas por las calles públicas, especialmente en la solemnidad del cuerpo y sangre del Señor (can. 944).

d) Penitencia. La confesión individual e íntegra, con la absolución, constituye el único modo ordinario con que el fiel consciente de estar en pecado grave se reconcilia con Dios y con la iglesia (can. 960); en ciertos casos especiales se puede dar la absolución general a varios penitentes sin que preceda la confesión individual (cáns. 961-963); el lugar propio para celebrar el sacramento es la iglesia o el oratorio; las confesiones se oyen en el confesonario, a no ser que por justa causa se deba obrar de otro modo; las normas prácticas relativas al confesonario han de fijarlas las conferencias episcopales; provéase, no obstante, a que haya siempre en lugar visible confesonarios provistos de rejilla fija entre el penitente y el confesor, a los que puedan acceder libremente los fieles que lo deseen (can. 964); los que tienen la facultad de oír confesiones habitualmente, tanto por razón del oficio como por razón de la concesión del ordinario del lugar en que tienen el domicilio, pueden ejercer tal facultad en cualquier parte, a no ser que el ordinario del lugar, en un caso particular, lo haya prohibido (can. 967, § 2); los fieles, una vez llegados al .uso de razón, tienen la obligación de confesar los pecados graves al menos una vez al año (can. 989); los fieles pueden confesarse también con un confesor de otro rito, legítimamente aprobado (can. 991).

e) Unción de los enfermos. En caso de necesidad, cualquier presbítero puede bendecir durante la celebración del sacramento el óleo que se emplea para la unción (can. 999); se puede hacer la celebración común del sacramento para varios enfermos, ateniéndose a las prescripciones del obispo diocesano (can. 1002); todo sacerdote puede llevar consigo el óleo bendito para poder administrar el sacramento en caso de necesidad (can. 1003, § 3); el sacramento se administra a aquellos fieles que, tras haber alcanzado el uso de razón, comienzan a estar en peligro a causa de enfermedad o de vejez (can. 1004, § 1); la celebración del sacramento puede repetirse si el enfermo, una vez recobrada la salud, contrae nuevamente una enfermedad grave o si, durante la misma enfermedad, el peligro se hace más grave (can. 1004, § 2).

f) Orden. Son tres los grados del sacramento del orden: episcopado, presbiterado y diaconado (can. 1009, § 1); las órdenes se confieren mediante la imposición de manos y la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado (can. 1009, § 2); la ordenación se celebra durante la misa, en domingos o en fiestas de precepto, pero por razones pastorales también otros días (can. 1010); generalmente se hace en las iglesias catedrales, pero por razones pastorales también en otras iglesias u oratorios (can. 1011, § 1); fuera del caso de dispensa por parte de la sede apostólica, en la consagración episcopal el obispo consagrante principal asocia a sí al menos a dos obispos consagrantes; pero es muy conveniente que junto con ellos consagren al elegido todos los obispos presentes (can. 1014); para los aspirantes al diaconado y al presbiterado se requiere el rito litúrgico previo de la admisión entre los candidatos a tales órdenes; no están obligados a esto los que, habiendo emitido los votos religiosos, forman parte de un instituto clerical (can. 1034).

g) Matrimonio. Entre los distintos medios con que la comunidad cristiana debe ofrecer una conveniente asistencia a los fieles en orden al estado matrimonial se indica también la fructuosa celebración litúrgica del sacramento del matrimonio: ésta debe poner de manifiesto que los esposos se constituyen, participando de él, en signo del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la iglesia (can. 1063, 3.°); los católicos que no han recibido todavía la confirmación, deben recibirla antes de ser admitidos al matrimonio, si esto es posible sin dificultad grave (can. 1065, § 1); para que los esposos puedan recibir con fruto el sacramento, se les recomienda encarecidamente que se acerquen a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía (can. 1065, § 2); el matrimonio se celebra en la parroquia de uno de los contrayentes; para que se pueda celebrar en otra parte se requiere la licencia del ordinario del lugar o del párroco (can. 1115); el matrimonio entre católicos o entre un católico y un no católico bautizado debe celebrarse en la iglesia parroquial; con la licencia del ordinario del lugar o del párroco se puede celebrar en otra iglesia u oratorio; el ordinario del lugar puede también permitir que se celebre en otro lugar conveniente (can. 1118, §§ 1-2); el matrimonio entre católicos y no bautizados se podrá celebrar en la iglesia o en otro lugar conveniente (can. 1118, § 3); fuera del caso de necesidad, en la celebración del matrimonio se deben observar los ritos prescritos en los libros litúrgicos aprobados por la iglesia o introducidos por legítima costumbre (can. 1119); las conferencias episcopales pueden elaborar ritos propios del matrimonio que respondan a los usos de los lugares y de los pueblos, adaptados al espíritu cristiano; estos ritos deben someterse a la revisión de la sede apostólica (can. 1120).

3. OTROS ACTOS DEL CULTO DIVINO. Terminado el tratamiento de los sacramentos, el CDC, en la parte II del libro IV, se ocupa de los demás actos del culto divino. Damos algunas indicaciones sobre los sacramentales en general, y luego sobre los sacramentales especiales de la liturgia de las Horas y de las exequias.

a) Sacramentales en general. En la administración de los sacramentales se deben observar cuidadosamente los ritos y las fórmulas aprobados por la autoridad de la iglesia (can. 1167, § 2); el ministro de los sacramentales es el clérigo provisto de la debida potestad; algunos sacramentales, sin embargo, según lo establecido en los libros litúrgicos y a juicio del ordinario del lugar, pueden administrarlos también laicos dotados de las debidas cualidades (can. 1168); las consagraciones y dedicaciones pueden realizarlas los obispos o los presbíteros a quienes esté permitido por el derecho o por concesión legítima; puede impartir las bendiciones cualquier presbítero, a excepción de las reservadas al romano pontífice o a los obispos; el diácono puede impartir sólo las bendiciones que el derecho le permite expresamente (can. 1169); las bendiciones se han de impartir sobre todo a los católicos; se pueden impartir también a los catecúmenos y, si la iglesia no lo prohibe, a los no católicos (can. 1170); los exorcismos sobre los posesos sólo puede realizarlos quien tenga licencia especial y expresa del ordinario del lugar (can. 1172).

b) Liturgia de las Horas. Además de aludir a la obligación de celebrarla a que están sujetas determinadas personas (can. 1174, § 1), se invita encarecidamente a los demás fieles a que participen en la liturgia de las Horas, por ser acción de la iglesia (can. 1174, § 2); en la celebración de la liturgia de las Horas obsérvese, en la medida de lo posible, el tiempo propio de cada hora (can. 1175).

c) Exequias. Se han de celebrar según las leyes litúrgicas (can. 1176, § 2), generalmente en la iglesia parroquial del difunto (can. 1177, § 1).

4. Los LUGARES Y LOS TIEMPOS SAGRADOS. Se habla de ellos en la parte III del libro IV.

a) Los lugares sagrados. Son lugares que se destinan al culto divino o a la sepultura de los fieles mediante la dedicación o bendición prescrita por los libros litúrgicos (can. 1205); la dedicación de los lugares sagrados le corresponde al obispo diocesano y a aquellos que se le equiparan por el derecho; éstos pueden dar el encargo de realizar la dedicación en el territorio propio a cualquier obispo y, en casos excepcionales, a un presbítero (can. 1206); corresponde al ordinario la bendición de los lugares sagrados; sin embargo, queda reservada al obispo diocesano la bendición de las iglesias; ambos pueden delegar a otro sacerdote (can. 1207); en los lugares sagrados profanados no es lícito celebrar el culto antes de haberse reparado la injuria con un rito penitencial a tenor de los libros litúrgicos (can. 1211); en la edificación y restauración de las iglesias se deben observar los principios y normas de la liturgia y del arte sacro (can. 1216); las nuevas iglesias se deben dedicar o al menos bendecir según las leyes litúrgicas (can. 1217, § 1); las iglesias catedrales y parroquias se deben dedicar (can. 1217, § 2); en las iglesias legítimamente dedicadas o bendecidas se pueden realizar todos los actos del culto divino, quedando a salvo los derechos parroquiales (can. 1219); en los oratorios legítimamente constituidos se pueden realizar todas las celebraciones sagradas, a excepción de las exceptuadas por el derecho o por el ordinario del lugar (can. 1225); conviene que los oratorios y las capillas privadas se bendigan conel rito prescrito en los libros litúrgicos (can. 1229); en los santuarios se debe favorecer oportunamente la vida litúrgica, especialmente mediante la celebración de la eucaristía y de la penitencia, y se deben cuidar las formas de piedad popular aprobadas (can. 1234, § 1); los altares fijos se deben dedicar, y los móviles, dedicar o bendecir, según los ritos prescritos en los libros litúrgicos (can. 1237); se deben bendecir los cementerios eclesiásticos o los sectores destinados a los fieles difuntos en los cementerios civiles; a falta de tales lugares se ha de bendecir individualmente cada sepultura (can. 1240).

b) Los tiempos sagrados. El domingo, día en que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica ha de observarse en toda la iglesia como fiesta primordial de precepto (can. 1246); se cumple el precepto de participar en la misa tomando parte en ella en cualquier parte donde se celebre con rito católico, el mismo día festivo o bien el día anterior por la tarde (can. 1248, § 1); si es imposible participar en la celebración eucarística por falta del ministro sagrado o por otra causa grave, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra celebrada en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado según las prescripciones del obispo diocesano, o que permanezcan en oración durante un tiempo conveniente personalmente, en familia o, si es oportuno, en asambleas familiares (can. 1248, § 2).

La larga serie de temas enumerados, considerada en su generalidad, puede dar la impresión de que se trata de un conjunto de normas de carácter puramente técnico jurídico. Para superar esta impresión hay que tener en cuenta el espíritu totalmente nuevo que impregna todas las normas arriba expuestas. Es el espíritu que corresponde a la sensibilidad eclesial de hoy, determinada por la reforma litúrgica, y en primer lugar por la índole pastoral-espiritual del Vat. II, que la quiso.

Para poder comprender de verdad las normas litúrgico jurídicas del nuevo CDC, hay que leerlas prestando atención precisamente al espíritu que las anima y las vivifica, así como parando mientes en su texto y contexto. La frecuente alusión contenida en ellas a los libros litúrgicos recuerda la necesidad de un conocimiento adecuado de los mismos, sobre todo de sus preciosas introducciones teológico-litúrgicas, pastorales y espirituales.

La liturgia aparecerá entonces como la gran realidad que, profundamente anclada en la fe y alimentada por la palabra de Dios (cf can. 836), encuentra su más genuina expresión en la celebración de los sacramentos, fuente principal de la vida y de la comunión de la iglesia (cf can. 840). Y alrededor de la estructura sacramental, fundamental para la iglesia, se desarrollarán orgánicamente las demás estructuras, las cultuales y las que no lo son, en las que se realiza la iglesia misma.

Las mismas normas litúrgicas, observadas y vividas según su espíritu, serán fuente de fidelidad a aquella renovación a que se ve continuamente llamada la iglesia, y de la que ha sido particular signo providencial el Vat. II.

A. Cuva


BIBLIOGRAFÍA: Manzanares J., Principios informadores del nuevo derecho sacramental, en VV.AA., 18 Semana Española de Derecho Canónico, Universidad P. de Salamanca, Salamanca 1984, 235-252; Universidad P. de Sala-manca (Facultad de Derecho Canónico), Código de Derecho Canónico. Edición bilingüe comentada, BAC 442, Madrid 1983; Universidad de Navarra (Instituto Martín Azplicueta), Código de Derecho Canónico. Edición anotada, EUNSA, Pamplona 1983; Variaciones que se han de introducir en las ediciones de los libros litúrgicos para ajustarlos al nuevo Código de Derecho Canónico, en "Phase" 138 (1983) 497-510; Comentario: ib, 510-515; VV.AA., Nuevo Código: Comentarios a los cánones sobre liturgia, en "Phase" 141 (1984) 181-282; 142 (1984) 285-359.

 
Desde la Soledad del Sagrario