viernes, 15 de enero de 2016

El grito de tantos casados… “Ya no te amo”…


Nada más triste que la ceguera causada por el pecado. Nada más preocupante, que ver a un alma tomar decisiones que a la larga o corto plazo, vera sumergirse en el pantano de la tragedia y la desesperación futura.  

Cuantos matrimonios heridos mortalmente por causa del pecado. Pecado que se presenta como solución a sus problemas, o solución a las ilusiones o sueños que se tiene, aunque estos sean a espaldas de Dios.

Cuantos niños deprimidos, solitarios, encerrados en el mundo de la tecnología moderna, buscando un escape a tanto dolor, frustración, traición y olvido causado por las decisiones erróneas de sus padres. Cuantos niños que caen en la rebeldía por caminos de destrucción buscando escapar a una verdad inminente la traición del desamor de sus padres.

No se busca ayuda. No se quiere ayuda. Se corre hacia el precipicio del error con un entusiasmo, con una ceguera absoluta.  Cuantos matrimonios disueltos por puro engaño del demonio que habilidosamente, ha ido seduciendo a las almas, sin que estas se percataran.  Un disgusto por aquí, una molestia por alla, un mirar distorsionado los acontecimientos simples del diario vivir, aderezando la intolerancia con los miembros allegados a la familia, desanimando. Embruteciendo con densas tinieblas la inteligencia.

 El demonio se acerca poco a poco susurrando al oído, proporcionando ilusiones falsas y sueños falsos, donde las almas creen ciegamente que su verdadera felicidad, anda por ese camino que los va alejando poco a poco de Dios,  hasta ir endureciendo el corazón y debilitando la voluntad, la razón se oscurece.  Cuando abren sus ojos encontrándose con la realidad de sus erróneas   decisiones, ya es muy tarde… Han perdido lo verdadero, lo puro, por las bagatelas y podredumbre del pecado.  El lodo e inmundicias del pecado los ha arropado, los ha cobijado, los ha alimentado, los ha cegado para toda luz de la verdad. Han abierto la puerta de la mentira y han entrado a ese mundo falso donde el amor no existe y solo las pasiones desordenas, la diversión desenfrenada existen. 

Un mundo falso, un mundo de dolor, de engaño, de traiciones, de divisiones, de falsedad… un mundo oscuro, porque Dios no está en el alma, porque ya no se vive con Dios en sabrosa amistad.
Y esto sucede en tantos matrimonios… matrimonio jóvenes, matrimonios mayores… el demonio no escatima, vive para destruir los hogares atacando sin piedad. Una verdad vivida con dolor,  la va manipulando hasta convertirla en razón de destrucción. NO se habla, no se busca ayuda, porque el oído esta puesto en la voz del demonio que ciega, confunde, y seduce hacia su camino de desdicha.

¿Qué queda? Solo queda regresar contrito y humillado ante Dios. Solo queda una verdadera reconciliación con Dios, esperando pacientemente  el obrar de Dios en su vida.

 ¿Los hijos? Llevan la peor parte… víctimas inocentes que no saben cómo lidiar con la situación, afectándose sus vidas, tomando el camino de la rebeldía muchas veces… a menos que un familiar, sin perder tiempo, sabiamente esté dispuesto a ayudarles, tomándolos de la mano y llevándolos por el camino de la aceptación, de la conquista desde la oración valiente y perseverante, de la amistad con Dios, esperándolo todo de Dios, porque Dios tiene poder y voluntad para ayudarnos. Porque Dios de las ruinas, de las cenizas puede sacar obras hermosas a sus ojos divinos.

 Cuantos hogares no se han salvado por esos pequeños que se han vueltos a Dios, buscando de Dios la ayuda necesaria para salvar la Iglesia Domestica, que era verdaderamente fuente de felicidad para todos sus miembros.
Cuando Dios se vuelve una segunda opción en la vida de la familia se inicia el camino de la desdicha y destrucción. Cuando Dios no es el centro y  vida para la familia, se inicia el camino de la tragedia familiar terminando en divorcio.

Oremos por tantos matrimonios, que un día se juraron amor y fidelidad en las buenas y en las malas,  para, de la noche a la mañana, encontrarse que su felicidad personal no es vivir la alianza de amor, en el esplendor de una familia que vive centradas en Dios y para Dios, sino retomar sus vidas de soltero  para gozar de la vida, porque hoy, tienen derecho a ser felices a su forma… Cuanta ceguera espiritual. Cuanta ignorancia y necedad. Cuanto disgusto y lágrimas derramadas en aquellos que reciben la noticia de “ya no te amo”, “no sé si te amo”, “estoy confundido, necesito mi espacio”,  porque la “felicidad”, ha abierto otra puerta donde exige entrar,   sin detenerse a mirar, que la verdadera felicidad no reside en destruir el amor conyugal, que ha sido elevado al sacramento del matrimonio.

Oremos…oremos…oremos… por tantos hijos, amigos, conocidos o sin conocer, pasando por el calvario de un divorcio, de la destrucción de la vida conyugal, bendecida por Dios y seducida por el demonio. Quienes en Dios se refugian se verán consolados y salvados…

Desde la Soledad del Sagrario






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